6. Lo correcto #3
Las calles estaban vacías. Era pasada la medianoche.
A lo lejos, se oía el rumor de las protestas en la plaza.
De vez en cuando se cruzaban con algún vecino que se iluminaba con un farolillo de camino a la calle principal.
Por lo demás, Argéntea estaba tranquila.
Los centinelas se habrían congregado alrededor del Bastión Corona para apaciguar a las masas.
Eso les favorecía: las puertas y la muralla estarían menos vigiladas y nadie les daría el alto.
Serían tres sombras alejándose, nada más.
En un momento dado, Miren se giró hacia Finn.
—¿Eres consciente de lo que vas a hacer? —le preguntó.
—¿A qué te refieres?
—Arión me lo contó antes de que llegaras.
Eres un soldado raso, casi un aprendiz, aún no te han dado tu yelmo.
Si descubren que has huido de la ciudad, podrían considerarte un desertor.
No solo te echarían de la Milicia, podrían desterrarte.
Aún estás a tiempo. —Miren parecía sincera—.
Antes he dicho lo que pensaba: nos esperan peligros y sé que nos serás de utilidad, pero el mago y yo podemos hacer esto solos. Es nuestra misión, no la tuya.
Finn sintió un nudo en el estómago. Las palabras de Miren le sentaron como piedras lanzadas a un lago. Quizá tuviera que cargar con ellas mucho tiempo, pero ya había tomado una decisión.
—Que se queden mi yelmo, si quieren. No puedo sentarme a esperar sin más a que otros decidan por mí.
—Finn miró a los ojos bicolores de Miren—.
Y además, aún no me fío de ti del todo… No puedo dejar que Arión vaya solo a la Cordillera de las Bestias.
Y tampoco desentenderme ahora que sé que la amenaza existe.
La bruja le aguantó la mirada un instante y asintió.
Se sacó la capucha de la capa y se cubrió la melena pelirroja con ella.
Ya casi habían llegado a casa de Finn. Necesitaba coger sus cosas antes de partir.
Mientras sus compañeros de viaje se ocultaban en un callejón, se aproximó sigiloso hasta su portal.
Antes siquiera de tocar el picaporte, se abrió la puerta.
Laia estaba al otro lado con un dedo en los labios.
—No hagas ruido —susurró—. Tus padres y mi madre aún no han vuelto, pero Doras sigue dormido. Da gracias por eso. Si no, no sé cómo lo habrías hecho. Toma.
Su prima sacó de detrás de la puerta un zurrón con provisiones, cantimplora, ropa interior…
—¡Por las arrugas de la Archivista! —maldijo Finn entre dientes.
—¡No blasfemes! Y habla más bajo. Pasa, te ayudaré a ponerte la armadura, pero no puedes hacer ruido. Como despertemos a tu hermano…
Finn estaba sin habla.
—¿Cómo has…? —le preguntó mientras ella le ajustaba el peto por un costado.
—No sé qué te traes entre manos, pero sospechaba que te ibas a marchar.
Lo soñé la otra noche… Soñé con ramas espinosas, fuego verde, viento azul y rayos plateados.
Los rumores son ciertos y mi madre se equivoca, ¿verdad?
Algo pasa en el Reino y aquí no podemos hacer gran cosa, pero tú…
—Finn acababa de ajustarse las botas de viaje y de unir el cinto de la espada familiar a la armadura.
Laia lo miraba con los ojos inflamados—.
Tú eres un soldado y debes cumplir tu cometido.
No te preocupes por nosotros, yo se lo explicaré a tus padres y a Doras. Estaremos bien. Así que ve.
Finn se quedó boquiabierto. Nunca había oído a Laia hablar tanto de corrido. ¿Que había soñado con qué? Arión lo chistó desde el callejón. No había tiempo que perder. Finn abrazó a su prima y le dio las gracias.
—Diles que traigan de la granja todo lo que puedan y que permanezcan dentro de la muralla —le dijo mientras cogía el zurrón—. Pronto cerrarán las puertas y los centinelas solo protegerán a quienes queden dentro de la ciudad. No dejéis Argéntea, pase lo que pase.
—Tened cuidado… —Laia titubeó—. Porque Arión va contigo, ¿verdad? Prométeme que cuidarás de él.
—Pero… ¡yo no he dicho que venga conmigo!
—¡¿Y crees que a mí me puedes engañar?! —replicó ella—. Vamos, marchaos antes de que vuelvan nuestros padres. ¡Y cuidad el uno del otro! Pero tú un poco más de él, ya sabes cómo es…
«De verdad, a veces leen la mente…».
Finn salió de su casa y enfiló la calle para reencontrarse con Miren y Arión.
Al cabo de un minuto llegaron a la Puerta Sur.
Tal y como había imaginado, había pocos vigías en la muralla, y todos miraban atónitos hacia la plaza y el Bastión, cuyas paredes y torres plateadas brillaban al fulgor de las antorchas.
El pueblo exigía respuestas y puede que pronto hiciera algo más que alzar la voz para conseguirlas.
—De perdidos al río —murmuró Arión señalando al centinela de la puerta, que tenía la cabeza inclinada hacia delante y roncaba como un trol.
Aprovechando las sombras, cruzaron el umbral y tomaron uno de los muchos caminos que salían de la ciudad.
Antes de perderse entre las granjas, Finn se detuvo un momento para mirar de reojo Argéntea.
Era como si pudiera distinguir su hogar en la distancia.
Hizo de tripas corazón. Sus padres y Doras se enfadarían primero, y luego se preocuparían por él cuando descubrieran lo que iba a hacer.
Era lógico. Él habría hecho lo mismo. Pero él iba a volver, no tenía ninguna duda.
No descansaría hasta hacerlo.