El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 6. Lo correcto
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6. Lo correcto

LO CORRECTO

Dormitorio de Arión

—¡D ebemos irnos cuanto antes!

Fue lo que exclamaron al unísono Finn, Miren y Arión en cuanto se reunieron al caer la noche. La ventana seguía abierta. De los jardines de la Academia llegaban el cricrí de los grillos y el murmullo de la gente. De hecho, había demasiadas voces para la hora que era.

Los tres se miraron extrañados y sorprendidos por haber dicho la misma frase a la vez.

Finn se rio.

—Vaya, eso sí que no me lo esperaba.

Miren se levantó del suelo del balcón, donde Finn la había encontrado poco antes tras trepar por la enredadera.

—Yo tampoco, créeme. ¿Lo has dicho en serio? —le preguntó la bruja a Arión, que saltó de la cama y de debajo sacó una mochila gigante a rastras.

—¡Qué remedio! Uf, cómo pesa. No, no corráis a ayudarme.

Finn puso los ojos en blanco y sopesó la mochila de su amigo.

—¿Qué llevas ahí dentro? ¿A la maestra Zaferina?

—Ja-ja. ¿Y tú por qué has tardado tanto? Por un momento he temido que no fueras a venir.

—He tenido que esperar a que mis padres y mi tía se fueran.

Muchos vecinos de Argéntea se están reuniendo en la plaza para exigirle al Consejo y al Príncipe regente una explicación.

Se oyen las voces desde aquí —dijo señalando la ventana—.

A Doras y a Laia les he contado una milonga para escaparme, espero que no sospechen…

—¿Que tenías una cita con una bruja? —replicó Arión enarcando una ceja—. Te aseguro que nadie sospecharía eso jamás. Bueno, ni con una bruja ni con nadie, una cita a secas.

—¿Vais a empezar otra vez? —terció Miren con los brazos en jarra.

Los dos amigos hicieron el gesto de cerrar el pico. Arión se arrodilló junto a la mochila y sacó de un bolsillo un fajo de cartas.

—Lo prometido es deuda. Echadles un vistazo. Yo las he leído todas varias veces.

Finn tragó saliva mientras Miren cogía el fajo y lo desanudaba.

—¿Qué es esto? —preguntó la bruja desplegando la primera carta.

La leyó en silencio, abrió los ojos y se tapó la boca con una mano mientras con la otra le pasaba la carta a Finn.

Era una misiva enviada desde la Academia de Ferros, al sur, una de las ciudades más grandes del Reino: el director de la escuela informaba a Lidéndil de que los académicos lo habían intentado todo para detener el avance de la maldición, pero la enredadera había infectado campiñas cercanas y era imparable.

Finn alzó la vista al terminar de leer y cogió la siguiente carta que Miren le ofrecía con gesto cómplice.

Provenía de Cúprica, donde el Gremio de Mineros se había reunido de urgencia para evaluar la situación: la amenaza había llegado a las excavaciones del Monte Termas, así que la extracción de metales y minerales estaba parada.

El presidente del gremio exigía al Consejo y a la Corona medidas inmediatas para enfrentarse a la gran enredadera.

Miren siguió devorando cartas y entregándoselas a Finn, que sentía con cada nueva lectura como el corazón le latía más deprisa.

Había avistamientos de esa cosa por todas partes.

—¡¿Y no hacen nada?! —clamó asqueado cuando terminó, tirando la última carta al suelo.

—Parece que no pueden —contestó Arión, cabizbajo—. Si los académicos han probado la magia ancestral y no sirve…, ¿qué más pueden hacer? Además, quizá el Príncipe no lo sabe. El Archimago Lidéndil le dijo algo muy sospechoso a su cernícalo.

—¿A su cernícalo? ¿El Consejero de la Magia Ancestral habla con su pájaro? ¿Y cómo lo…?

—Todos los magos hablan con su ave mascota, no es tan raro —lo cortó Arión—. El caso es que dijo algo así como que era mejor que Roland no leyera las cartas…

Finn fue a decir algo, pero se detuvo. ¿Cómo encajaba eso con lo que él había descubierto horas antes?

Había sido un día de locos. Primero, la muchedumbre en el patio; luego, la discusión con Roland en el Bastión Corona, y finalmente el extraño aviso del Consejero Bernus…

Por no mencionar el encuentro con el Príncipe Jarrin, que había acabado por confirmar sus peores sospechas.

Finn había preferido mantenerse ocupado el resto del día para no darle a todo aquello demasiadas vueltas… Pero si todos tenían razón y la maldición era un secreto a voces, ¿a qué esperaban?

—La Milicia debería enviar al Ejército, evacuar las ciudades, ¡proteger al pueblo! —exclamó Finn—. Estas cartas demuestran que hay gente muriendo.

—¿No lo entendéis? —protestó Miren—. Ni nuestras magias ni las armas pueden detenerla. La leyenda que os conté habla de…

—Sí, lo sé, un poder olvidado en el Filo del Mundo, al otro lado de nada más y nada menos que la cordillera más peligrosa del continente —siguió Arión.

—¿Descubriste algo de esa leyenda? —le preguntó Finn a su amigo.

—No, qué va, fue imposible.

Finn lo estudió con los ojos entornados.

—¿Y de dónde has sacado las cartas…?

—Bueno, me sobraba una poción de invisibilidad y…

—titubeó, rascándose la nuca— siempre había querido echar un vistazo a la biblioteca privada de los académicos.

—Tosió—: Así que me colé y luego entré también en el despacho secreto de Lidéndil, donde lo pillé guardando las cartas.

Pensé que no me creeríais si os contaba todo esto y no las veíais vosotros mismos.

—¡¿Las has robado?! —exclamó Finn, que no sabía si sentirse horrorizado u orgulloso de su amigo—. ¡¿Del despacho del Archimago?! ¡¿Y con él delante?!

—¡No seas ridículo! —replicó Arión ofendido—. Robar es una palabra feísima. Las he sustraído temporalmente. Y me esperé a que él se hubiera ido.

Finn seguía con la boca abierta.

Miren levantó una mano.

—Solo una duda: ¿cómo piensas devolverlas?

—¡¿Y cuándo?! —añadió Finn.

—No he pensado en eso todavía. ¡Pero lo haré! —suspiró Arión cuando Finn y Miren se echaron las manos a la cabeza—. Escuchad, no os vayáis por las ramas. Ya encontraré un modo de devolver las cartas a su sitio.

Finn se estiró la piel de las mejillas hacia abajo, dejando al descubierto las cuencas de los ojos.

—¡¿Pero qué ramas?!

—¿A ti qué te parece? —replicó su amigo señalando a Miren—. Ella tenía razón.

Se quedaron callados. La bruja se cruzó de brazos y alzó la barbilla. Con el movimiento, varios mechones rojizos se le escaparon del pelo recogido.

—Os dije que no mentía. Y esas cartas lo demuestran. Es incluso peor de lo que imaginaba. La enredadera no ha infectado solo el Bosque Calmo, parece haber brotado por todo Luxos. Cada minuto que seguimos aquí de cháchara puede ser fatal.

—Puedes estar en lo cierto con lo de la enredadera y que, sin embargo, lo de la leyenda y la morada del poder ese en las montañas sea un cuento —esgrimió Finn con un bufido.

Antes de que Miren pudiera defenderse, Arión le dirigió a su amigo una pregunta inquisitiva.

—Entonces ¿por qué has dicho tú también que debíamos irnos?

La pregunta lo pilló por sorpresa. Era cierto, Finn también había llegado a esa conclusión, pero aun así no estaba convencido de que dejar la ciudad, emprender una aventura suicida hacia el norte y buscar un lugar mágico que quizá no existía fuera la mejor solución.

Ni para detener la amenaza que asolaba el Reino ni para nada.

¿Y si morían en el intento? ¿Y si la enredadera llegaba a Argéntea antes de que ellos consiguieran atravesar la Cordillera de las Bestias?

—Eso, ¿por qué lo has dicho tú también? —inquirió Miren—. ¿Acaso también sabes algo?

Finn les contó la actitud de Roland en el Bastión Corona, el encontronazo con el Archimago Lidéndil (seguramente, solo unas horas antes de que Arión lo viera en la biblioteca privada y en su despacho) y las confesiones del Consejero Bernus y del Príncipe Jarrin.

—Por lo que te dijo Jarrin —comentó Arión acariciándose el mentón cuando su amigo terminó—, Roland sí sabe de la existencia de la enredadera, pero quiere evitar que cunda el pánico.

—A mí me preocupa cómo volveremos a la ciudad si cierran las puertas cuando nosotros estemos fuera… —gruñó Finn.

—Dentro no podrás ser de mucha ayuda para tu familia, si es eso en lo que estás pensando.

A Finn le sorprendieron las palabras de Miren.

—Mi aldea y el bosque desaparecieron en minutos, Finn. Las murallas no son más altas que los árboles. No sirven para detener a la gran enredadera.

Algo en la manera de pronunciar aquella frase le puso la piel de gallina.

—Otro tema es —dijo Arión apuntando al techo con un dedo y dando vueltas alrededor de sus amigos con expresión perdida, como siempre que empezaba a rumiar información—: ¿por qué intenta el Archimago esconder estas cartas si la amenaza es un secreto a voces que está a punto de estallar?

Pronto llegarán grajos de todos los rincones de Luxos, campesinos, habitantes evacuados de las tierras a las que se aproxime la maldición.

Esconder este fajo es absurdo. Es solo cuestión de tiempo que todo el mundo sepa lo que está pasando.

—Roland está superado por la situación —dijo Finn, mordiéndose el labio—. Es inaudito que la Reina haya dejado el gobierno en sus manos en esta situación.

—¡Cáspita! —exclamó Arión de pronto, dando una palmada—. Lo había olvidado.

Finn lo miró con una ceja levantada.

—¿Cáspita? ¿Cuántos años tienes? ¿Ciento ochenta y cuatro? ¡Cáspita! —lo imitó con tono grandilocuente.

—Es una expresión de lo más moderna, no veo el problema en usarla.

—¿Moderna? —replicó Miren. Pero acto seguido se arrepintió, forzó media sonrisa y añadió—: Tienes toda la razón, la usa todo el mundo… Esto… ¿Qué habías olvidado?

—Pues que después de poner en peligro mi integridad con la elaboración del licor etéreo…, y de colarme temerariamente en la biblioteca privada, poniendo en riesgo mi brillante carrera…, y de que hiciera su aparición el mismísimo Archimago Lidéndil, Consejero de la Ma…

—¡Arión, al grano! —lo riñó Finn.

—La Princesa Selina iba con él.

Finn y Miren intercambiaron una mirada de alarma.

—¿La Princesa entró en el despacho? —preguntó ella—. ¿Sabe también ella lo de las cartas?