El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 5. La Princesa maga #2
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5. La Princesa maga #2

La Princesa cerró la puerta y se acercó al Archimago.

A Arión le sorprendió que fuera vestida con pantalones de lino y una camisa recia.

Parecía ropa de montar. Llevaba también guantes y la melena castaña brillante recogida en una larga trenza salpicada de hojas y ramitas.

¿Acaso la Princesa había salido también de Argéntea, como su madre?

Arión supuso que no sería raro que Selina practicara equitación por el valle…

¿Quería eso decir que no había ningún peligro?

¿Cómo iba la Princesa a arriesgarse a abandonar la muralla si así fuera?

La joven se tomó su tiempo antes de responder.

—Precisamente porque nadie puede aprender en un día, Archimago, mi hermano se merece más tiempo.

—El Príncipe Roland debería haberos tomado de ejemplo hace años, Alteza.

Lleváis años estudiando historia, finanzas y agricultura.

¡Y eso a la vez que sois una de las magas más precoces y brillantes de Luxos!

—Lidéndil se acercó a ella y tomó sus manos—.

Os ruego que consideréis mi petición… ¡Solo pensadlo, me conformo con eso!

Acercaos a vuestro hermano y ofrecedle consejo.

¡Me seríais de gran ayuda como asistente!

Estoy seguro de que Roland agradecería tener cerca en estos momentos vuestra rectitud y sabiduría.

Selina miró con gesto serio las arrugadas manos del Archimago y, con el ceño fruncido, se liberó de ellas. Arión bloqueó de nuevo el hipo. Pese a tener solo quince años, la Princesa parecía más adulta de lo que era, transmitía autoridad y respeto. Al menos a Arión se lo transmitía…

—No estoy de acuerdo, Consejero. Mi madre nombró a Roland regente.

Él es el primogénito y debe enfrentarse a esa tarea él mismo, con la ayuda del Consejo, por supuesto, pero mi presencia a su alrededor solo le distraería.

Minaría su moral. No podemos permitir que el pueblo crea que Roland no es apto para su posición.

Lidéndil retrocedió con exageración.

—¡Oh, por supuesto que no! Jamás osaría infravalorar las aptitudes del Príncipe heredero… Pero es tan distinto a su madre y a su abuelo… ¡Eso es todo! Me mueve la preocupación por el Reino, nada más. Pero tenéis razón, Alteza, ¡como viene siendo habitual!

Selina aceptó la reverencia del Archimago y desapareció por la misma puerta por la que había entrado. El académico observó mudo cómo la trenza de la Princesa dibujaba un arco en el aire antes de esfumarse.

Arión tragó saliva. ¿Cuánto tiempo le quedaba de invisibilidad? El licor etéreo bien hecho duraba varias horas, pero a la vista estaba que Arión había cometido algún error…

—No me dejáis más remedio… —murmuró el Archimago con la mirada perdida.

Arión casi se había olvidado de él.

Lidéndil inspiró y dibujó una runa. Una brisa azul agitó su túnica y las hojas de los libros abiertos.

— ¡Diasapheos aletheia! —dijo con voz grave.

La estantería que el mago tenía delante empezó a deformarse, como si se derritiera. Los códices, las baldas, todo parecía distorsionado, como producto de una visión.

«¡La estantería no es real! —exclamó Arión para sus adentros—. ¡Es una ilusión!». Al otro lado apareció un arco de ladrillos grises que daba a otra habitación: el despacho secreto del Archimago. Arión corrió tras él. Había llegado demasiado lejos como para detenerse ahora.

Por suerte, el despacho est aba repleto de baúles, cómodas, armarios y estanterías.

Arión se esfumó por un flanco y se escondió detrás de un perchero con túnicas y capas que llegaban al suelo.

El corazón le latía tan rápido y tan fuerte que temió que el propio mago pudiera oír su pulso.

De todos modos, Lidéndil no se sentó, sino que abrió un pequeño cofre con hojas dobladas dentro.

Se quedó pensativo. Al cabo de un instante, sacó de su túnica otro fajo de papeles atado con un cordel.

El cernícalo mascota de Lidéndil, posado en una viga del techo, graznó al ver a su amo.

Arión dio un respingo; no había visto al dichoso pájaro.

—No me mires así —le dijo al cernícalo, que desvió la vista sospechosamente hacia Arión—. Es mejor que el Príncipe Roland no las lea…

Desde donde estaba oculto, Arión no distinguía el gesto del Consejero.

¿Sonreía o estaba abatido? ¿Se arrepentía o se enorgullecía de ocultarle al Príncipe regente el contenido de esas cartas?

No podía saberlo. El brillo a contraluz de las ventanas era demasiado intenso.

Lidéndil se dio la vuelta y atravesó el arco de roca y la ilusión.

Desde ese lado, era posible salir del despacho sin hechizo alguno.

Arión relajó los hombros por fin. Aunque no pudiera vérselas, las rodillas le temblaban como si fueran de gelatina.

Estaba muerto de miedo. Y emocionado. ¡Se había colado en los aposentos del mago más importante del Reino!

¿Qué se suponía que tenía que hacer ahora?

No tenía tiempo de revisar todos los libros y cajones del despacho.

Era evidente que el Archimago ocultaba algo, así que fue directo al cofre y cogió el fajo de cartas.

Cuando leyó el contenido de la primera, Arión abrió los ojos como platos.

No podía ser. Sus pupilas saltaban entre las palabras de trazo apresurado que decían «enredadera», «amenaza», «defensas», «invencible» y «muertos».

Debía de tratarse de un error. Así que leyó la siguiente y después otra, y así hasta que no quedaron más.

Aquellas cartas lo cambiaban todo.

El hechizo no tardaría en desvanecerse. El sol se pondría pronto y Miren iría en su busca para exigirle una respuesta. ¿Cómo había resumido el plan de la bruja la noche anterior? «Un lugar legendario escondido en el confín de la cordillera más peligrosa de Luxos».

¿Era esa su única esperanza?