5. La Princesa maga
LA PRINCESA MAGA
La Academia
A rión tuvo que esperar hasta la tarde para disfrutar de un momento de soledad.
La maestra Zaferina solía decir: «Un mago necesita pasar tiempo con uno mismo; es, además de aconsejable, ¡im-pres-cin-di-ble!
», y él no podía estar más de acuerdo. Los magos requerían silencio y tranquilidad para memorizar y poner en práctica sus hechizos.
Arión tenía en mente uno que no era nada fácil.
Solo de imaginar qué pasaría si fallaba o si le pillaban con las manos en la masa, se echaba a temblar.
Cerró la puerta de su cuarto a toda prisa. Nadie lo había seguido. Su dormitorio era un desastre tras ser pasto de las llamas verdes de Miren. «Ya podía habernos hecho la demostración de magia elemental en otra parte», refunfuñó.
La noche anterior había escondido la alfombra y la cortina quemadas en un baúl, con la esperanza de hallar un hechizo para repararlas.
Había barrido la ceniza y limpiado el polvo de la pelea, pero todavía quedaban manchas en las paredes y la pizarra estaba rota en un rincón.
Era evidente que algo fuera de lo común había pasado en la habitación.
«¿Fuera de lo común? —se dijo—. ¡Si casi no vivo para contarlo! ».
Fue hasta la cama echando humo por las orejas y de debajo sacó un maletín.
Lo puso con delicadeza sobre el colchón y abrió la tapa.
Arión llevaba semanas fermentando una poción que habían elaborado en clase.
Para seguir practicando por su cuenta, pidió más muestras de los ingredientes a Zaferina.
Lo que la académica no sabía era que Arión pensaba emplear la poción durante la próxima Noche de la Pólvora, en el solsticio de invierno, para subir con Finn hasta las almenas del castillo y disfrutar de unas vistas estupendas de los fuegos artificiales.
Eso si la elaboración daba resultado, claro.
El licor etéreo era un brebaje delicado y, por supuesto, indispensable para el hechizo de invisibilidad.
Pero con la intempestiva visita de Miren y su disparatada historia, a Arión se le había ocurrido un mejor uso para la poción.
En el maletín brillaban tres frascos con pócimas en diferentes tonos de azul.
La mezcla celeste había integrado demasiado el polvo de hadas y resplandecía de forma poco fiable.
El frasco cobalto era denso, pastoso. Le daban arcadas solo de verlo.
¿Le habría echado sin querer baba de caracol junto con la concha triturada?
Solo quedaba el brebaje cerúleo, que era el que mejor aspecto tenía: se deslizaba estable y vaporoso por las paredes de cristal.
Se notaba que la bruma del páramo había ligado mejor con los demás ingredientes.
«¡Vamos bien!», celebró para sus adentros.
Se arremangó la túnica y cogió el frasco cerúleo.
Debía agitar el contenido en el sentido de las agujas del reloj veintiuna veces antes de tomárselo.
Por las chispas que emitió la poción al quitarle el corcho, Arión tuvo un buen presentimiento.
En el último momento creyó ver unas burbujas sospechosas, pero se la bebió de un trago.
—Asqueroso —susurró con el vello de punta.
¿Debía saber tan amarga? No se acordaba, pero el siguiente paso no podía esperar: trazó en el aire, con los dedos, la runa adecuada para acompañar el elixir.
— ¡Ekanes fantos! —exclamó.
Y, ¡puf!, se produjo un pequeño estallido de humo azul delante de sus narices.
Arión tosió y sacudió los brazos tratando de dispersar la humareda.
Por un momento temió que se fuera a prender de nuevo la colcha o la mesilla de noche, pero no.
Todo seguía intacto. ¿Y el hechizo? En clase no había habido ninguna explosión…
Se inclinó hacia delante y se miró los zapatos, que asomaban por debajo de la túnica.
—Qué mal, no ha funcionado —suspiró.
Pero dirigió la mirada más arriba y se dio cuenta de que… ¡no tenía piernas!
—¡Un momento! —exclamó, tocándose la cara. En ese momento se dio cuenta de que tampoco podía verse las manos.
Corrió al armario en busca de un pequeño espejo de mano. Su madre se lo había echado en el equipaje para que se peinara correctamente por las mañanas. No lo había usado ni una vez. Vació varios cajones hasta que dio con él, lo cogió y… fue como si el espejo flotara.
No veía nada.
¡La poción y el hechizo habían funcionado!
O, bueno, casi. Porque todo su cuerpo era invisible, a excepción de sus pies.
—¿Y ahora qué hago? —se quejó balanceándose hacia delante y hacia atrás sobre la punta de los dedos—. Así no puedo colarme en la biblioteca privada de los académicos…
Ese había sido su plan desde el principio: buscar donde los magos guardaban sus conocimientos más valiosos.
La biblioteca de la Academia, a la que los estudiantes tenían acceso, era gigante y estaba llena de volúmenes pesados y polvorientos, mapas, pergaminos y artilugios extravagantes, pero Arión intuía que, para adquirir información sobre leyendas y moradas secretas en la Cordillera de las Bestias, o expediciones que hubieran marchado al Filo del Mundo, debía pensar a lo grande.
Correr riesgos. «Jugársela», habría dicho Finn.
Ese era otro tema. ¿Qué cara pondría Finn cuando Arión le contara que se había vuelto casi invisible? La imagen era cómica: un par de zapatos negros dando tumbos por la habitación.
—¡Maldición…! —gruñó con los brazos en jarra.
¿Y si se la jugaba? Total, solo se le veían los pies… Podía esconderse con facilidad, ¿no? ¿Qué probabilidades había de que se cruzara con un académico que fuera mirando la alfombra del pasillo?
—No puedo creer que una bruja y Finn me hayan metido en este lío —murmuró rojo de furia mientras abría la puerta de su cuarto.
Miró a ambos lados, vio que el pasillo estaba desierto y fue de puntillas hasta las escaleras.
Su objetivo estaba en el tercer piso, donde solo los académicos y los estudiantes de mayor rango podían ir.
Arión no sabía qué guardaban allí, pero cuando Miren les contó lo de la maldición y lo de la guarida más allá de las montañas, había tenido una idea.
Todos los estudiantes de magia ancestral conocían la historia de la Biblioteca de la Archivista, un enclave legendario protegido por la Diosa de la Memoria que albergaba tesoros y conocimientos incalculables.
Según el mito, dicha biblioteca estaba custodiada por un gran poder y esperaba la llegada de un aguerrido mago digno de acceder a sus estancias…
¿Y si la guarida más allá de las montañas de la que hablaba Miren era en realidad la Biblioteca de la Archivista?
A Arión le hacían chiribitas los ojos solo de imaginarse siendo el primer mago («estudiante de mago, de acuerdo…») en miles de años que accedía a esa cámara secreta.
Antes de darse cuenta, ya había llegado a la entrada de la biblioteca privada.
«¿Y ahora qué?», se dijo. Pero la Archivista pareció oír sus plegarias, porque un estudiante de un curso superior apareció de la nada y susurró la contraseña con la que se abría la puerta.
Arión temió que lo dominara el pánico. Su plan era un desastre, lo iban a pillar, a expulsar y a encerrar en una celda maloliente hasta que…
Negó con la cabeza. Se armó de valor y corrió detrás del otro estudiante.
Una vez estuvo dentro, solo tuvo que esconderse bien en un rincón y esperar unos minutos a que el chico dejara un par de libros que llevaba bajo el brazo y se fuera por donde había venido.
De pronto, Arión se vio a sí mismo completamente solo en la biblioteca privada de los académicos.
Metafóricamente hablando, claro, ya que era invisible. O casi.
Lo primero que pensó fue que era más pequeña de lo que imaginaba.
La planta octogonal tenía estanterías por todas partes que formaban un pequeño laberinto.
La luz entraba, pobre y polvorienta, por una claraboya.
Sin perder más tiempo, se puso a buscar fijando la vista en los lomos de los libros que lo rodeaban: atlas de tierras y reinos lejanos, manuales de magia avanzada, enciclopedias de tamaño colosal, anales de historia antigua, bestiarios ilustrados…
Arión ojeó, leyó y toqueteó incontables volúmenes antes de rendirse.
Convencer a un académico de que su cuarto estaba hecho un desastre por culpa de una bruja habría sido más fácil que aquello.
Cuando había pasado cerca de una hora y no había hallado nada que le llamara la atención, suspiró decepcionado, con los brazos en la cintura.
Justo entonces oyó pasos y voces detrás de la puerta.
Tuvo el tiempo justo de esconderse detrás de un candelabro cuya base era tan robusta que le tapaba los pies. A fin de cuentas, el resto de su cuerpo seguía siendo invisible…
—¡Es un desastre! ¡Un desastre, os digo, Alteza! ¡Y del más alto nivel!
Arión se tapó la boca para ocultar su respiración.
Un hombre calvo, alto y delgado acababa de entrar a toda prisa agitando su túnica celeste. ¡Era el Archimago Lidéndil, Consejero de la Magia Ancestral y el académico más poderoso de Luxos!
Pero no estaba solo…
—¿Qué es un desastre, Archimago?
Lo seguía una joven. Arión la reconoció al instante: era la Princesa Selina, melliza del Príncipe Jarrin.
La Princesa era famosa en la Academia por ser una promesa de la magia ancestral.
El propio Lidéndil la había instruido personalmente desde niña, cuando la Reina Dybala se percató de que la Princesa podía llegar a ser una gran maga.
Al parecer, todos esperaban grandes cosas de ella.
Lidéndil, espigado y con la piel del cráneo y la cara arrugada llena de runas tatuadas, se deslizó hecho una furia por la biblioteca hasta una estantería a pocos metros de Arión. A este le dio un repentino ataque de hipo. Imploró a la Archivista que no lo oyeran.
—¿Que qué es un desastre? ¡Todo, Alteza! Nadie puede aprender a gobernar un reino en un día.