El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 4. El Príncipe regente #3
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4. El Príncipe regente #3

—Varios grajos han traído información preocupante desde Ferros y Aestia, y los informes de los exploradores no auguran nada bueno.

Está pasando algo en Luxos, aunque aún no sepamos exactamente qué…

Pronto el heraldo dará el aviso y las murallas cerrarán las puertas.

Como precaución, Finn. Es vital que tu familia y tú estéis dentro de Argéntea cuando eso pase, ¿me has entendido?

Finn vaciló.

—¿Cerrar las…? ¿Pero cómo…?

—¡Eso da igual! Escúchame. No hay tiempo. La Milicia solo podrá proteger a tu familia si se queda dentro de la ciudad. Dime que lo has entendido.

—Pero Su Alteza ha dicho que no hay ninguna…

—¡Olvida lo que te haya dicho el Príncipe! Fenian, dímelo.

—Entendido, señor.

Bernus se puso recto.

—Ahora vuelve a casa y no le cuentes a nadie lo que te he dicho, salvo a tus padres.

Abrió la puerta de hierro con la mano y Finn pasó por el pequeño hueco entre esta y la pared.

La luz del mediodía lo recibió con fiereza.

Hacía calor. Apareció en un callejón de casuchas apoyadas en el muro de roca del Bastión Corona.

El Consejero no se despidió. Cerró la puerta tras de Finn y lo dejó en mitad de la calle. En silencio. Quieto.

Y asustado.

Sus pies lo llevaron por las calles de Argéntea sin rumbo fijo.

El aleteo de las palomas, las risas de niños a la carrera, las voces de sus madres y padres llamándolos para comer, el ajetreo de las tiendas, el murmullo de las tabernas, el ladrido de los perros…

Todo eso fue colmando sus sentidos sin dejar hueco a nada más.

Finn había salido de la ciudad muchas veces a lo largo de su vida, para trabajar en el campo, de excursión al Bosque Perenne y el Río Galerna o incluso con la Milicia, durante largas jornadas de entrenamiento en técnicas de supervivencia y caza.

Sabía que Luxos era un reino rico y vasto, repleto de maravillas pero también habitado por criaturas malignas.

Sin embargo, nunca había tenido miedo. Claro que se asustó cuando su padre enfermó por fiebres hacía unos años y estuvo a punto de morir; también aquel verano en que una sequía terrible castigó los pastos y pasaron dificultades para mantener el horno abierto, o cuando se corrió el rumor de que un reino lejano había declarado la guerra a Luxos y luego resultó que no era cierto.

Finn conocía el miedo como cualquier otro chico de su edad. Ser valiente y fuerte, o incluso ser un soldado, no implicaba no tener miedo nunca. Significaba saber enfrentarse a él.

Pero eso era muy distinto a lo que ahora sentía.

Algo en la suplicante mirada de Bernus, en cómo lo había agarrado de un hombro, en cómo le había temblado la voz, le había puesto a Finn la piel de gallina.

«¿Qué está pasando?», se preguntó a sí mismo.

Se detuvo.

No sabía dónde estaba ni cuánto llevaba andando.

Le dolían los pies, tenía sed y hambre. El sol, de hecho, dibujaba ya la sombra de las casas.

Pronto se haría de noche y tendría que volver al dormitorio de Arión, donde su amigo le había prometido a la bruja una respuesta: acompañarla a la Cordillera de las Bestias en busca de un remedio legendario para combatir la amenaza o quedarse de brazos cruzados hasta que lo que sea que estuviera ahí fuera llegara a sus puertas.

¿Era tan sencillo como decidir entre esas dos opciones?

Finn se negaba a creerlo.

—A mí también me apena verlo así.

El joven parpadeó al oír una voz a sus espaldas.

Se giró y se quedó aún más sorprendido al reconocer al Príncipe Jarrin. Estaba señalando el edificio en ruinas que Finn tenía delante.

—Antiguamente era el templo de la magia elemental, ya sabes, para que las brujas adoraran al Creador, pero como tanto sus familias como ellas se marcharon de las ciudades, sus altares cayeron en el olvido y ahora son solo escombros. Una pena.

Era cierto: antaño el templo debió de haber sido grandioso, con altas columnas, arcos y bóvedas, pero ahora el tejado de madera había desaparecido, la pared principal estaba casi derruida y en el centro de esta se adivinaban los restos de un colorido rosetón. Todo estaba cubierto de maleza y polvo.

El Príncipe le dedicó una larga mirada. Finn se fijó en los rasgos que tenían en común Jarrin y Roland, como la tez pálida y el pelo castaño, pero también en los que los diferenciaban; Roland era más robusto y grande, en general, y tenía una cara más redondeada, mientras que Jarrin era enjuto, de cuello fino y pómulos afilados, atributos que compartía claramente con su hermana melliza, la Princesa Selina.

—Tú estabas en la Milicia con mi hermano, ¿verdad? —le preguntó Jarrin entornando los ojos—. Me suena tu cara.

—Así es, Alteza —contestó Finn con una pequeña reverencia.

Nunca había hablado con el Príncipe menor, así que no sabía muy bien cómo tratar con él.

—Últimamente lo está pasando mal —se sinceró Jarrin—.

Me encantaría poder ayudarle o animarlo, pero Roland y yo nunca hemos compartido aficiones.

Y tú te preguntarás: «¿Por qué me dice algo así el Príncipe…

?». Pues porque te he visto aquí plantado y me he dicho: quizá si Roland recibiera la visita de un viejo camarada, dejaría de estar enfadado con el mundo…

Finn sonrió.

—Demasiado tarde, Alteza. Lo he visitado esta misma mañana y, bueno, no ha salido muy bien.

—¿Te ha tratado mal? —preguntó Jarrin frunciendo el ceño.

Finn titubeó. Él no diría tanto. No después de lo agobiado que lo había visto con la regencia, con los consejeros, con la gente agolpada en el patio…

—Da lo mismo, no respondas. —Jarrin se contestó a sí mismo—. Típico de Roland.

Finn se encogió de hombros. Recordaba a Roland como un príncipe noble, divertido y amable con el resto de los aprendices del Fortín, daba igual cuál fuera su rango. Quería creer que, cuando se solucionaran sus problemas, el Príncipe volvería a ser la persona que él había conocido.

Respiró hondo y contempló de nuevo el templo en ruinas. Era trágico y hermoso a la vez. Se preguntó si Miren habría ido por allí. ¿Dónde habría pasado la noche? ¿Estaría bien?

El Príncipe Jarrin carraspeó.

—En fin, he de irme. Mi hermano no tiene la culpa de lo que está pasando, así que te pido perdón de su parte. Ahora tiene muchas obligaciones. No debe de ser fácil estar en su lugar.

Finn tuvo una idea.

Era arriesgado, pero no tenía nada que perder. Se giró hacia el Príncipe.

—Alteza, antes de que os marchéis… ¿Es cierto…? ¿Es cierto que una gran enredadera está cubriendo el Reino?

El Príncipe Jarrin se quedó paralizado, boquiabierto. Luego miró a su alrededor y bajó la voz.

—Se supone que es secreto. Pronto el heraldo dará la noticia, pero mi hermano ha decidido ocultarlo para que no cunda el pánico.

Finn se quedó helado.

—Te pido que no digas nada. El Ejército, los magos y la Corona están trabajando codo con codo para detener la amenaza. Hemos de confiar en ellos.

—Gracias, Alteza —dijo Finn, sincero—, por decirme la verdad.

—Gracias a ti —le contestó el joven Príncipe con media sonrisa— por ser un soldado leal.

Jarrin se despidió y siguió su camino. Finn se quedó un minuto más allí plantado, delante del ruinoso templo de la magia elemental, pensativo.

Una sensación extraña, como una quemazón, le llenó el pecho, lo contrario a un escalofrío.

Aún no lo sabía, pero era un aviso de lo que estaba por venir.