El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 4. El Príncipe regente #2
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4. El Príncipe regente #2

Aún confuso, Finn reconoció al Príncipe regente. Roland se le acercó en dos zancadas.

—Boudicca, no estarías intimidando a mi antiguo escudero, ¿verdad?

La soldado carraspeó.

—Alteza, este intruso ha…

—Yo me encargo, puedes adelantarte con el resto. Iré enseguida, ¿de acuerdo? Pero ¿cómo…? —dijo lanzándole a Finn una mirada traviesa—. ¿Qué hacías corriendo por los pasillos? ¿Huías de alguien?

—¿Yo? —disimuló Finn—. En absoluto, Alteza. Sería algo impropio de mí.

Roland rio. La soldado que había encarado a Finn, la tal Boudicca, le dirigió al Príncipe regente una tímida reverencia y se retiró.

—Es mi escolta personal —explicó Roland—. La mejor soldado de su graduación. Pero…, tengo una idea: ven conmigo.

El Príncipe lo guio hasta un pequeño salón de piedra con vitrinas llenas de libros, un escritorio de madera oscura y una chimenea encendida.

A Finn le sorprendió que, incluso en verano, en las profundidades del castillo hubiera tanta humedad e hiciera frío.

Sobre la repisa de la chimenea estaba el retrato del viejo rey Fenrick II a caballo.

Roland tenía un aire a su abuelo. El Príncipe llevaba, de hecho, una capa de algodón carmesí idéntica sobre el uniforme.

Finn se fijó en que Roland parecía mayor de lo que recordaba.

Las cejas y la mirada compartían algo con las del cuadro, así como el pelo castaño.

—Me has salvado de una buena —dijo el Príncipe mientras se repantigaba en un sillón.

—¿Cómo? —replicó Finn, aún delante de la puerta.

—El Consejero Archimago quería que fuera al patio para atender al pueblo.

Parece que se ha armado un buen follón. Mi madre solía reunirse con la gente para escuchar sus problemas y tratar de solucionarlos.

A mí me encantaría hacerlo, pero simplemente ¡no tengo tiempo!

—le explicó con los brazos cruzados sobre el pecho—.

Todo son reuniones con los demás consejeros, cartas que enviar a todas las ciudades y academias, documentos que sellar y firmar… ¡Es una locura!

Finn lo escuchaba sorprendido, atento. Parecía que Roland llevaba tiempo necesitando desahogarse con alguien.

—Mi hermano Jarrin me prometió que se encargaría de estas cosas para que yo me centrara en lo importante, pero el Archimago Lidéndil ha insistido en que es mi obligación.

No llevo ni un día gobernando y ya quiero que se acabe.

¡Estoy agotado, Finn, así que gracias por aparecer y darme un respiro!

Será como si siguiéramos en el Fortín y nos libráramos de una lección de tiro con arco o algo así, ¿lo recuerdas? ¡Qué buenos tiempos!

Finn estaba perplejo. Hacía tiempo que no veía al Príncipe y suponía que sus nuevas responsabilidades lo tendrían ocupado… ¡pero no tanto! Por un momento lo compadeció. No iba a ser tarea fácil salir al patio y enfrentarse a la muchedumbre.

—Alteza, yo…

—Oh, por favor, llámame Roland.

—Está bien, alte… —replicó—, ¡Roland! Aunque ya he terminado la instrucción, aún no me han dado el yelmo…

—¡No me digas! Luego hablo con el Consejo, a ver si pueden solucionarlo, aunque creo que los procedimientos administrativos no esenciales han sido aplazados. ¿Venías a eso? ¿A que te echara una lanza?

—Muchísimas gracias, Roland, la verdad es que… —Finn dudó—. Bueno, sí, por eso también quería preguntar, pero en el fondo quería verte para… Me preguntaba si sabrías algo de la amenaza de la que todo el mundo habla.

El Príncipe dejó de sonreír.

—¿Qué?

—Todos están asustados —intentó explicarse Finn—. Seguramente por eso el Archimago Lidéndil te ha pedido que bajes al patio. Para tranquilizar al pueblo. Vengo de allí y es cierto que hay un montón de gente furiosa. Tal vez la idea del Archimago no sea tan mala después de todo.

—¿Tú también? ¡No! —bufó el Príncipe con los ojos en blanco—. ¿En serio?

Finn titubeó. Era el momento de enseñar sus cartas.

—Hay rumores, Roland. Historias de aldeas y caravanas de comerciantes atacadas y…

—¡Tonterías!

El Príncipe regente saltó de la butaca. Pasó junto a Finn mirándolo con fastidio y se dirigió a la chimenea, donde atizó los troncos encendidos.

—¿A eso has venido? —le preguntó, súbitamente sombrío—. ¿A cuestionar mi regencia tú también? Llevo años oyendo a mis espaldas que mi hermana debería gobernar, pero yo soy el legítimo heredero…

La Princesa Selina y el Príncipe Jarrin eran mellizos y tenían quince años, solo uno menos que Roland.

Los tres eran parecidos, de rasgos finos y pelo castaño, pero tenían personalidades muy distintas.

Finn lo sabía porque el propio Roland se lo había dicho en el Fortín, durante las largas jornadas de entrenamiento.

A Roland le gustaba combatir, montar a caballo, vivir aventuras, pero le interesaban poco la política, los mapas y la administración del Reino.

A Jarrin tampoco le importaban esos temas.

Al parecer su única pasión eran las artes: la música, los libros y la pintura.

Por el contrario, la Princesa Selina era un prodigio de la magia ancestral, una fiel de la Archivista, y muchos decían que había heredado de su madre la disciplina necesaria para gobernar.

Roland parecía abatido. Finn no sabía qué decirle.

—Roland, yo… Yo solo estaba preocupado.

—Ya, claro, ¡preocupado por ti mismo!

—No es eso. Pero las malas cosechas, junto con los rumores y la noticia de que la Reina ha huido…

—¡Mi madre no ha huido! —gritó el Príncipe volviéndose hacia él.

—¿Entonces no es cierto que el Reino esté en peligro?

—¡Claro que no! —respondió Roland. Al volver a mirarle, suavizó el gesto—.

Es algo que se han inventado los seguidores de mi hermana para conspirar en mi contra.

Es en la corte donde hay un montón de peligros, no ahí fuera.

De haber una plaga misteriosa, el Consejo me lo habría dicho.

Mi madre solo se ha excusado un tiempo para ponerme a prueba como sucesor.

Y visto lo visto, ni siquiera tú crees que esté a la altura del puesto.

—Fui tu escudero en el Fortín —recordó Finn, intentando que Roland entrara en razón—, hemos entrenado juntos y aguantado sermones y castigos. Roland, soy yo: Finn. ¿Cómo iba a…?

—Será mejor que me llames Alteza.

Finn apretó fuerte los puños. No le convenía discutir. Ni allí ni con el Príncipe. Era evidente que la presión de la corte, del pueblo y de la Corona le habían afectado.

Finn suspiró, pero no le dio tiempo a decir más.

La puerta se abrió antes.

Dos figuras enormes entraron en el salón a toda prisa.

La primera correspondía al Archimago Lidéndil, Consejero de la Magia Ancestral y principal académico del Reino.

Era alto y delgado y vestía una larga túnica celeste bordada con hilos dorados.

Era mayor y llevaba toda la cara y la cabeza afeitadas, sin un solo vello, con la piel llena de arrugas y runas tatuadas.

Lo acompañaba Bernus, Consejero de la Guerra.

Hacía tiempo que había dejado de ser soldado, pero aún tenía la envergadura de un armario.

Vestía una cota de malla con tachuelas verdes y un guante de cuero en su única mano.

Las hazañas de Bernus eran conocidas en todo Luxos, pero el ataque de un grifo le había dejado sin el brazo derecho hacía unos años, motivo por el cual dejó la Milicia y se convirtió en instructor de nuevos reclutas.

Ambos respiraron aliviados al encontrar allí al Príncipe Roland.

—¡Alabada sea la Archivista, por fin os encuentro, Alteza!

—dijo Lidéndil acercándose al Príncipe—.

¿Cómo se os ocurre ausentaros en un momento tan crítico como este?

¡Y para escuchar las pamplinas de un…! —Le dirigió a Finn una mirada furibunda—.

Así que tú eres el pequeño alborotador… No os habréis creído sus mentiras, ¿verdad, Alteza? ¡Lo mandaré apresar ahora mismo!

—No será necesario —dijo el Príncipe—. Es un viejo conocido del Fortín y…

No es nadie importante. —Roland suspiró—.

Solo quería saber cuándo repartirá el Consejo los yelmos de los nuevos soldados.

Ya le he explicado que hay asuntos más importantes que atender y que tendrá que esperar. Pueden acompañarlo fuera de palacio.

Finn tragó saliva, pero no dijo nada. Bajó la vista al suelo y, tras una pequeña reverencia, se dirigió a la puerta.

—Un momento, muchacho —dijo el Consejero de la Guerra posando la enorme mano enguantada en el hombro de Finn—. Yo te acompañaré.

Finn no miró atrás cuando Bernus cerró la puerta a sus espaldas y dejó a Roland a solas con el Archimago.

Le picaban los ojos. Los dedos le dolían de lo fuerte que tenía las manos cerradas en un puño.

Se sentía tonto y herido. Roland la había tomado con él y lo peor es que no había descubierto nada.

Sobre las brujas y las regiones inhóspitas del Reino, sobre los rumores, sobre la gran enredadera que les había descrito Miren, sobre la marcha de la Reina…

Nada.

El Consejero de la Guerra lo guio por las entrañas del castillo. Se paró delante de una puerta de hierro incrustada en la roca. Respiró hondo.

—Su Alteza no es el mismo desde que su madre lo nombró Príncipe regente. Sé que fuiste su escudero. En el fondo sé que te aprecia y que no piensa lo que ha dicho.

—¿Y por qué lo ha dicho, entonces? —gruñó Finn.

El Consejero cogió tanto aire que el enorme pecho se le infló bajo la cota de malla. Sus ojos eran dos esferas negras bajo las espesas cejas inclinadas. Una barba oscura y densa le llenaba la cara. Bernus se agachó y susurró a la altura de Finn, para que solo él pudiera oírlo.

—Sé que tu familia tiene tierras de labranza fuera de la muralla y que es época de cosecha, pero debes escuchar muy bien lo que voy a decirte, Fenian, y contárselo a tus padres.

Finn levantó la vista de las baldosas del suelo. Durante la instrucción, su mentor solo lo había llamado por su nombre completo cuando la cosa iba en serio de verdad. O cuando se había metido en un lío.

—El Reino está en peligro.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Finn de la nuca a los pies.