4. El Príncipe regente
EL PRÍNCIPE REGENTE
Casa de la familia Connell
C uando Finn oyó que su padre y su hermano se levantaban, el sol aún no había salido.
Apenas había podido pegar ojo. Oyó ruido de cacerolas y murmullos de buenos días poco después.
Se sintió culpable por hacerse el dormido, pero estaba cansado.
Había pasado la noche en vela, enfadado consigo mismo y con el mundo.
¿Por qué había tenido tan mala suerte?
Cuatro. Cuatro años había pasado entrenando, adiestrándose y acatando órdenes desde el alba hasta el ocaso en el Fortín.
Para servir a Luxos, defender sus murallas, fronteras y gentes.
Para ser leal al trono y proteger a los débiles.
Y ahora que por fin iba a cosechar los frutos de su esfuerzo, todo se torcía.
¡Él solo quería un yelmo, como cualquier otro recluta!
Finn refunfuñó para sus adentros.
Giana entró en la habitación y se sentó sin hacer ruido a los pies de su cama.
—Fenian, sé que estás despierto —susurró.
Él no se movió—. Ayer fue un día duro, entiendo que estés disgustado.
Si quieres ayudar a tu padre y tu hermano en la granja, ya sabes dónde están.
Y lo mismo con nosotras y el horno. Pero si necesitas tiempo para pensar, tómatelo. Todos te queremos, con yelmo o sin él.
Finn no contestó. Su madre se levantó y salió de casa en silencio.
«Estupendo —pensó Finn—, ahora me siento aún peor».
Soltó un bufido y sacó los pies de la cama. Estaba amaneciendo. Finn suspiró. En el fondo, sabía que nadie tenía la culpa de nada, ni su familia ni él. De poco servía enfadarse. Pero no podía evitarlo.
Fue hasta el comedor. Su madre le había dejado en un cuenco unas gachas.
Calentó leche en las brasas y la vertió en el cuenco.
Desayunó despacio, en soledad. Era raro ver la casa así.
Eran tantos en tan poco espacio que lo normal era que siempre hubiera ruido y movimiento.
Su familia solo quería lo mejor para él, una vida menos sacrificada que la que ellos tenían en la granja y el horno, y esa mañana ni siquiera habían hecho ademán de despertarlo para que les ayudara en sus labores.
A lo mejor eran demasiado blandos con él…
O a lo mejor entendían que estuviera disgustado.
¿Y si estaba siendo un cabezota? Tenía demasiadas cosas en mente. Y la aparición de la bruja tampoco ayudaba. Cómo había llegado Miren al cuarto de Arión seguía siendo un misterio. La chica les había asegurado que un sueño la había guiado. Una visión. ¿Enviada por quién? ¿Y por qué?
Finn sabía muy poco de magia.
El pueblo llano, los campesinos, obreros y artesanos, apenas tenían contacto con la magia ancestral.
Solo algunos comerciantes podían permitirse contratar los servicios de un mago.
Eran los nobles y los ricos quienes matriculaban a sus hijos en la Academia (y solo a los que eran buenos estudiantes) para que dedicaran su vida al lema de la Diosa de la Memoria: «Estudio, memoria, archivo».
Y desde que las brujas fueron expulsadas de las ciudades, nadie había vuelto a ver los efectos de su magia elemental.
Finn solo conocía la magia usada por los académicos en fiestas de la cosecha para montar carpas flotantes y hacer volar guirnaldas por toda Argéntea, o durante la Noche de la Pólvora, o algún que otro hechizo sencillo que le había mostrado alguna vez Arión.
La gente común y corriente no sabía mucho de magia, pero sí tenía claro que los Dioses no mandaban sueños y visiones porque sí.
Lo que le llevaba a la pregunta clave: ¿decía Miren la verdad?
Las voces de la calle empezaban a entrar por las ventanas.
Finn se vistió con una camisa de lino y unos pantalones que había heredado de su hermano.
De reojo, vio la armadura en el arcón. No hacía ni un día que se la había puesto, contento, seguro de que el heraldo cantaría por fin las funciones de los nuevos reclutas.
Se lavó la cara y con un cachete en las mejillas se quitó todos los pensamientos funestos de encima.
«¡Se acabó lamentarse y holgazanear!», se dijo.
La noche anterior, mientras volvía a casa tras el encuentro con Miren y Arión, había ideado un plan.
Era la hora de ponerlo en marcha.
Finn subió la escalinata de granito del Bastión Corona con la mejor de sus sonrisas. Ante la guardia de la puerta, enseñó aún más los dientes y dijo:
—¡Llellellito hablar con el bríncibe, bob bavov!
La soldado se subió la visera del yelmo de halcón y lo miró con una ceja levantada.
—¿Perdona? ¿Te…? ¿Te pasa algo en la cara?
Finn repitió la frase sin dejar de enseñar los dientes.
—No te entiendo… Das mucho repelús con esa mueca. ¿Es…? ¿Estás sonriendo?
Finn levantó las manos al cielo y relajó la boca.
—¡Por la Archivista! ¡Pues claro que sonreía! Solo intentaba ser amable.
—Estos críos… —musitó por lo bajo la soldado mientras se masajeaba las sienes por el hueco de la visera—. ¿Puedo ayudarte en algo?
—Quería ver al Príncipe Roland.
—Y yo quiero que lluevan piezas de oro.
—No estoy bromeando.
—¿Te parece que yo sí?
Finn suspiró.
—Creo que hemos empezado con mal pie…
—Y que lo digas.
—… pero querría pedir audiencia con el Príncipe regente. No es audiencia normal —se apresuró a aclarar, y se puso recto—. Veréis, conozco al Príncipe. Soy… Es decir, fui su escudero.
—Aclárate, muchacho, ¿lo fuiste o lo eres?
—Lo fui durante sus últimos años de instrucción.
La soldado no daba crédito.
—¿Me están vacilando mis compañeros? ¿Están escondidos cerca? —añadió, buscando por los alrededores con la mirada—. Mira, chaval, acabo de empezar mi turno y el día va a ser largo. No estoy para chorra…
—¡Preguntadle al Consejero Bernus, él fue mi mentor!
Lo miró un momento.
—¿El Consejero de Guerra? Pero él está en el Consejo desde…
—¡Desde hace año y medio, no más! Antes dirigía el Fortín e instruía a los reclutas en un montón de disciplinas. De hecho, tuve el honor de que fuera mi mentor durante mis primeros años de instrucción, antes de que tuviera que tomar el lugar del consejero anterior…
—Mira —lo interrumpió la soldado—, no sé si conoces al Príncipe regente de verdad o no, pero da igual. Ahora mismo está concediendo poquísimas audiencias y quienes las solicitan deben ir al patio Este, bordeando el palacio. Puedes atajar por…
Pero Finn ya había salido corriendo.
—¡Gracias por su ayuda! —gritó, ya escaleras abajo.
Finn zigzagueó por callejones laberínticos, subió a un tejado de pizarra y luego descendió por un toldo que le llevó al patio que le había indicado la guardia.
Se trataba de una pequeña plaza a los pies del flanco derecho del Bastión Corona.
Nada más caer en el suelo adoquinado, Finn se dio de bruces con la realidad: el patio era un hervidero.
Más de cincuenta personas intentaban hacer una fila mientras se daban codazos y se increpaban entre sí.
Varios soldados con yelmo de halcón controlaban el acceso al castillo e informaban a los ciudadanos de que en unos minutos aparecería un académico de la corte que tomaría nota de sus peticiones.
—Solo después de que el Consejo valore sus formularios, estos serán tenidos en cuenta. Su Alteza el Príncipe Roland está ahora mismo sumido en el gobierno de Luxos y no puede…
—¡Caradura!
—¡La Reina Dybala siempre recibía al pueblo!
—¿Qué se ha creído el Príncipe, que es mejor que sus súbditos?
—¡Eso! ¿Por qué no quiere escucharnos? ¿Y adónde ha ido la Reina?
—¡Hemos visto la maldición cara a cara! ¿Es que nadie va a hacer nada?
—¡Tenemos miedo!
La cosa se estaba poniendo fea. Finn se acercó lo bastante como para escuchar a un grupo en círculo mientras al fondo los guardias trataban de calmar los ánimos.
—Hoy han llegado a Argéntea los supervivientes de una caravana de comerciantes. Dicen que pasaron por un pueblo arrasado, sepultado bajo una montaña de…
Finn no escuchó lo último. La algarabía del patio empezaba a convertirse en tumulto.
Un guardia enseñó su lanza y solo consiguió que los ciudadanos allí reunidos lo abuchearan.
Alguien tiró una piedra que rebotó en una armadura.
Los soldados se pusieron en guardia y amenazaron con desalojar la plaza, pero justo entonces algunas personas rompieron la fila y se desató el caos.
Intentaban entrar al castillo.
Finn tuvo una idea. Había otras puertas en el patio que carecían de protección.
Aprovechó el descontrol, los gritos y las carreras para escabullirse por una esquina y colarse por una de esas puertas.
Oyó que alguien le gritaba que se detuviera, pero supo que era ahora o nunca y echó a correr por el corredor en penumbra.
Pasó por varias habitaciones con mesas, sacos y cajas, ábacos, códices y personal del Bastión sumido en largas cavilaciones.
«Serán empleados del Consejero de la Moneda», pensó Finn, que no se detuvo a averiguarlo.
Llegó a un pasillo que desembocaba en un vestíbulo lleno de guardias.
Intentó frenar, pero tropezó con la tupida alfombra y aterrizó estrepitosamente en medio de la habitación.
Cuando abrió los ojos se llevó una mano a la frente.
Por cómo le dolía, iba a salirle un buen chichón.
De pronto alzó la vista y se dio cuenta…
… de que todos los soldados del vestíbulo lo estaban mirando.
—¿No me has oído? —repitió. La imponente soldado que lo amenazaba con la punta de su espada había sido la primera en acorralarlo. Llevaba una armadura blanca y un yelmo de leopardo montés que apenas dejaba a la vista su melena rubia—. Identifícate. ¿Cómo has entrado al castillo?
Con la vista aún borrosa, Finn reconoció el yelmo: era miembro de la Guardia Real, el cuerpo de élite más increíble de toda la Milicia. Finn enseñó las manos como muestra de inocencia y, mentalmente, se entregó a la Archivista. «Si me libro del calabozo, le deberé una muy gorda a la Diosa», pensó.
—¿Finn? —preguntó una voz conocida al otro lado del vestíbulo—. ¿Eres tú? ¡Finn!