El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 3. La última bruja #2
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3. La última bruja #2

—Está bien. Supongo que tiene sentido que el mago sepa a qué nos enfrentamos.

Para que entienda por qué es tan importante que venga a las montañas.

—La chica hizo una pequeña pausa dramática antes de seguir—: Brota de la tierra de repente, con fuerza y sin previo aviso.

Una gran enredadera que crece con rapidez y todo lo arrasa.

Casas, árboles, animales y… personas. No deja nada vivo a su paso.

Lo cubre y asfixia todo con sus ramas y raíces.

No sé de dónde sale ni si estará propagándose por otras zonas del Reino, pero infectó el Bosque Calmo y acabó con mi aldea en cuestión de minutos.

Miren les dio la espalda. Se frotó los ojos con furia y volvió a girarse. Quizá no había fuego en sus brazos, pero sí en su mirada.

—Es una maldición. Mi nana tuvo un sueño y supo que todo esto iba a pasar. Me dijo que debía ir al Filo del Mundo en busca de un poder antiguo y olvidado que tiene ahí su morada.

—¿El Filo del Mundo? —inquirió Finn.

—Más allá de la Cordillera de las Bestias no hay nada —contestó Arión—. Nada más que montañas, hielo y monstruos abominables, claro. Por eso en los mapas aparece con el nombre de «Filo del Mundo». ¿Por qué nadie en su sano juicio iría allí?

Miren le dirigió una mirada de reproche.

—Entre las brujas hay muchas leyendas, pero esta es vieja incluso para ser una de ellas. Mi nana me pidió que diera con un mago que…

—¿Pero por qué un mago? —la interrumpió Finn otra vez.

—¿Siempre eres tan impaciente?

—Ahí te ha dado… —murmuró por lo bajo Arión mientras le daba un codazo a Finn.

Miren continuó:

—Como decía, se necesita algún tipo de magia para acceder a esa morada legendaria.

Y solo existen dos —respondió Miren mirando a Arión—.

La tuya y la mía. Y no estoy segura de si el poder que se precisa es elemental o ancestral.

Si hago todo este viaje sola y luego no puedo parar la maldición, ¿qué?

¿Y si la magia de la Diosa de la Memoria es la indicada para acabar con la enredadera?

—Vale, lo pillo, un lugar legendario escondido en el confín de la cordillera más peligrosa de Luxos —apuntó el estudiante de la Academia—. Como leyenda tiene todo el sentido. Pero entre los cientos de magos que podrían acompañarte, ¿por qué yo? ¡Si me sale todo mal!

Finn ocultó una risita.

Arión lo miró fatal.

Miren se encogió de hombros.

—Solo sé que, desde que abandoné la aldea rumbo a la capital, todas las noches he tenido el mismo sueño.

¡Esto! —añadió abriéndose de brazos—. Cada vez que dormía unas horas para recuperar fuerzas soñaba con Argéntea, con la Academia y con esta ventana al fondo de un túnel de hiedra.

No me preguntéis cómo lo sé. Era… como si el Dios de la Naturaleza me guiara, como si el mismísimo Creador me estuviera enviando esa visión.

La atmósfera del dormitorio se enrareció.

Pese a ser verano, la noche era fresca y una brisa helada se colaba por la ventana.

Algunas velas de la lámpara se apagaron.

Finn fue a la chimenea para comprobar si podía encenderla.

No tenía frío, pero necesitaba mantenerse ocupado, sentirse útil, para pensar.

Confiar en una bruja desconocida era una cosa, pero hacerlo en el Dios de la Naturaleza… Eso era incluso más complicado.

Todo el mundo sabía que era un Dios imprevisible, caprichoso, dador y destructor de vida por igual.

Lluvias torrenciales, vientos huracanados, sequías…

La naturaleza entera dependía de él, era indomable porque precisamente Él lo era.

Las brujas le debían al Creador su magia elemental, pero eso no quería decir que los demás tuvieran que fiarse de su poder.

O de sus visiones.

Finn había estado a punto de creerse la historia de Miren, pero ahora había algo en ella que no encajaba.

—¿Entonces vas a secuestrarme? —preguntó Arión entrecerrando los ojos.

Miren esbozó media sonrisa.

Era la primera vez que lo hacía.

—Bueno, si me acompañas voluntariamente, ya no tendré que secuestrarte.

—Oh, suena genial, pero ¿te importa que me lo piense?

—No tenemos mucho tiempo —respondió la bruja.

Finn miró a su amigo con el ceño fruncido.

—¿Qué tienes que pensar? Arión, ¿tú te crees todo eso? ¿Estás planteándote acompañarla de veras a la Cordillera de las Bestias? ¿Irías al Filo del Mundo por un sueño? ¿Por una… visión?

—Para el carro, yo no he dicho que vaya a ningún sitio.

—Tampoco has dicho que no vayas a ir…

—Finn, me estás volviendo loco. Esta mañana creías que algo raro estaba pasando…

—Bueno, me parecía que la huida de la Reina y lo que cuenta la gente eran motivos de peso suficientes para empezar a sospechar que…

—¡Pues aquí lo tienes! Miren te acaba de sacar de dudas.

—¿Crees en serio que hay una enredadera maligna devorando Luxos? ¿Que esa es la amenaza de la que todo el mundo habla?

Miren abrió la boca, ofendida, y dio un paso hacia él.

—¿Me estás llamando mentirosa? ¿Crees que me inventaría que mi familia ha muerto? ¿Para qué? ¿Para hacer de guardaespaldas de un mago de tres al cuarto hasta el Filo del Mundo?

Arión se giró hacia ella.

—Tampoco es necesario faltar al respeto…

—No creo que estés mintiendo, Miren —le dijo Finn, encarándola—, pero no te conocemos de nada. Has aparecido aquí de repente y casi quemas el dormitorio de Arión. No podemos fiarnos de ti sin más.

—¿Qué más queréis? ¡Os he dicho todo lo que sé! Si la amenaza llega a la capital, nadie podrá detenerla, ¿me entendéis? Ni los dichosos académicos ni la Guardia Real, ¡ni nadie! Será el fin de Luxos.

Los chicos se miraron entre sí. Una cosa estaba clara: Miren estaba muy afectada. Y que no hubiera ido allí a quemar todas las pertenencias de Arión le daba puntos. Quizá…

—Quizá puedas darnos algo de tiempo —sugirió Arión.

—¿Tiempo? —preguntó Miren.

—¿Tiempo? —repitió Finn.

—Me gustaría hacer algunas comprobaciones —les aseguró el estudiante, recuperando los trozos de su pizarra y apilando los libros de su mesilla—.

Aún me quedan datos, pistas, análisis que recabar.

«Estudio, memoria, archivo», ¿os suena? Para comprobar que podemos fiarnos de lo que dices al cien por cien antes de tomar una decisión.

—Arión, ¿estás seguro de que…? —empezó a preguntar Finn.

—¿Cuánto tiempo? —lo interrumpió Miren.

—¿Hasta mañana a medianoche? El Reino puede esperar un día más antes de que me secuestres definitivamente, ¿no es así?

—Esto es una locura —se lamentó Finn.

Arión le lanzó un trozo de pizarra que él atrapó al vuelo.

—Tú me pediste que investigara, ¿no? Pues ahora atente a las consecuencias.

—Y mientras tanto, ¿qué? ¿Dónde va a quedarse Miren?

La bruja parpadeó, sorprendida. Arión abrió la boca y se quedó mudo. Al momento se puso colorado y empezó a tartamudear.

—Aquí no puede —sentenció, ante la mirada atónita de los otros dos—. ¿Qué? Mi habitación es un santuario. ¡Uno que ya ha sido profanado, por cierto! ¿Una chica? Aquí no puede dormir una chica, lo siento.

—Pues en mi casa no cabemos —dijo Finn mientras se rascaba la cabeza—. Y si mi madre se entera de que es una bruja…

Miren estaba ya abriendo de nuevo la ventana.

—Tranquilos, sé cuidarme sola. Mañana aquí, a medianoche. Más te vale haber tomado una decisión, mago.

Y sin esperar respuesta saltó desde la cornisa y aterrizó con gracia ayudándose de un jirón de viento verde, casi como si pudiera volar.

Finn y Arión se quedaron pasmados viendo como su capa ajada desaparecía entre las sombras.

Luego el mago carraspeó y le aseguró a su amigo que necesitaba descansar, meditar todo lo que había pasado y trazar una estrategia para el día siguiente.

Finn descendió por la hiedra y deambuló en silencio, acompañado solo por el runrún de sus pensamientos. ¿Todo aquello estaba pasando de verdad?

Cuando se metió en la cama, Finn solo tenía una cosa clara: él también necesitaba un plan.