3. La última bruja
LA ÚLTIMA brUJA
Dormitorio de Arión
—¡E h, tú, aléjate de mi amigo!
Finn corrió hacia la bruja con la intención de tirarla al suelo, pero esta fue más rápida.
La chica esquivó el placaje de Finn, rodó ágilmente sobre la alfombra y se puso de pie de un salto justo delante de la puerta.
¡Estaba impidiéndoles escapar! La bruja no era más alta que Finn, pero su aspecto era amenazador.
Tenía la melena pelirroja enmarañada y cada pupila de un color distinto.
Por un momento, a Finn le pareció que la chica maldecía entre dientes mientras fijaba la vista en el fuego de su brazo.
Fuera como fuese, la llama verde, de aspecto venenoso, parecía no hacerle daño.
Finn tuvo una idea: cogió la pizarra de Arión y la blandió como un escudo.
—Soy Fenian Connell, soldado del Reino —dijo, aunque técnicamente no era cierto aún—. Vete por donde has venido y no… ¡Y no te entregaremos a la guardia, eso!
La chica hizo una mueca y movió de nuevo el brazo, como si intentara extinguir la llama. El efecto fue justo el contrario. Chispas verdes volaron por los aires y prendieron la alfombra, la manta y el centro de la pizarra-escudo de Finn.
Arión chilló:
—¡Oye, que tengo fórmulas importantísimas ahí apuntadas!
—¿Y que la habitación entera esté ardiendo te da igual? —gritó Finn.
—¡Tú no tienes examen mañana, pero yo sí!
—¡Siempre tienes examen!
Mientras discutían, la bruja intentaba apagar el fuego de la alfombra con un cojín. Lo consiguió a la cuarta sacudida. Al levantar la vista y enfrentarse de nuevo a Arión y Finn, que la miraban boquiabiertos, la chica se encogió de hombros.
—No es lo que parece. A veces las llamas se me escapan cuando estoy nerviosa. No pretendía quemar nada.
Los ojos de Arión brillaron.
—Magia elemental —susurró—, qué interesante…
—¿Interesante? —gruñó Finn—. ¿Me puedes explicar qué hace una bruja en tu habitación? ¡Hay que avisar a la guardia!
Finn dio un paso hacia la puerta, pero la chica sacó una daga del bolsillo.
—Eso no puedo permitirlo.
Finn no esperó a que la chica reaccionara y, con un rápido movimiento, golpeó la hoja con el costado de la pizarra-escudo.
La daga salió volando y se perdió entre los pliegues de la cortina.
Con una mirada furibunda, la bruja atrapó el candelabro encendido y lo blandió como una lanza contra Finn.
La chica era valiente, eso había que reconocerlo.
Y terca. ¡Qué manía con bloquear la puerta!
Finn adoptó una postura defensiva y se preparó para contraatacar.
—¡Parad un momento! —exclamó Arión.
Finn y la chica miraron a su alrededor.
Mientras luchaban, las llamas habían crecido y amenazaban con quemar la cama, las largas cortinas de terciopelo y hasta una cómoda en un rincón.
Arión no podía extinguir todo ese fuego él solo, por más que lo golpeara con un cojín.
Tras un instante de duda, ambos reaccionaron al mismo tiempo.
Finn cogió otro cojín, lo mismo hizo la chica, y juntos empezaron a apagar los focos verdes repartidos por el cuarto.
Acabaron exhaustos, manchados de ceniza en la cara y las manos y hasta con quemaduras en la ropa.
Las cortinas quedaron hechas jirones en el suelo, media manta calcinada y la pizarra-escudo hecha pedazos.
Finn se sentó en el suelo junto a Arión.
Al mirar a su amigo, que parecía recién salido de una guerra, aunque vestido con el ridículo pijama de la Academia todo agujereado, se echó a reír.
—A mí no me hace gracia —dijo después de darle un codazo—. Como alguien vea el humo desde fuera y venga al cuarto, a ver cómo le explicamos esto…
La bruja estaba sentada en la otra punta de la habitación, agotada. El fuego verde del brazo había desaparecido. Finn se fijó en que vestía ropa sucia y tenía el pelo lleno de ramitas y barro, y las mejillas hundidas.
La chica hizo ademán de recuperar la daga, pero Finn saltó y la cogió antes.
—De eso nada.
—Devuélvemela —replicó ella—. La necesito para defenderme.
—¿Defenderte? ¿Quién ha entrado aquí por las buenas?
—No lo entiendes —insistió la chica poniéndose de pie—. No hay tiempo para explicaciones, y menos con un soldado cabeza hueca. Estoy aquí por él —dijo, señalando a Arión—. No me iré de aquí sin un mago. Y ha de ser él.
Finn se giró hacia su amigo.
—¿Y tú qué le has hecho?
—No tengo ni idea de qué está hablando —aseguró Arión alzando las manos.
—Pero ¿cómo ha llegado a tu dormitorio? ¿La Academia no cierra las puertas de noche?
—¡Apareció de pronto por la ventana! La dejé entornada para que pudieras pasar. ¡Si hasta pensé que eras tú!
—¿Acaso te parezco yo una bruja? —gruñó Finn.
—Obviamente me di cuenta, Finn, cuando le vi la cara y me amenazó con fuego verde mortífero.
—¡Qué observador!
—¿Os podéis callar?
Era la bruja quien los había interrumpido. Finn se dio cuenta de que, de pronto, parecía aún más débil que antes. Ahora era menos peligrosa. Podían entregarla a la guardia, porque iban a entregarla a la guardia, ¿no?
Arión se aclaró la garganta e hinchó el pecho, orgulloso, como si fuera a dar un discurso.
—Has dicho que no pretendías incendiar mi habitación. Te lo agradezco. Eso y que hayas ayudado a apagar las llamas. Pero ¿qué querías, entonces? ¿Colarte en la Academia? ¿Eres una especie de ladrona o algo así?
—¡No soy ninguna ladrona! Necesito que me acompañe un mago, a la fuerza si hace falta —contestó la bruja, frunciendo el ceño—. A eso he venido. Pero no puedo… No es fácil explicar por qué estoy aquí.
—¿Por qué no empiezas diciéndonos cómo te llamas? —sugirió Finn.
Hubo un pequeño silencio. Arión arqueó la espalda y levantó una ceja, mirando a su amigo.
—¿Ha sugerido secuestrarme y tú le preguntas por su nombre?
—¿En la Academia no os enseñan modales?
La chica habló antes de que Arión pudiera contraatacar.
—Me llamo Miren.
—Y eres una bruja —apuntó el joven mago—. Por ir descartando, nada más.
Miren suspiró.
—Sí, soy una bruja.
—Hummm —musitó Arión mientras recogía del suelo un trozo de pizarra y una tiza—.
Nunca había visto magia elemental así, en directo.
Bueno, ni así ni de ninguna otra forma. En una escala de intensidad del cero al diez, ¿qué nota le pondrías al fuego que has conjurado?
Sobra decir que mi interés es meramente académico.
Miren hizo una mueca.
—¿De qué habla? —le preguntó a Finn.
—Ignóralo. Cuando te acostumbras, casi ni lo escuchas.
—¡Oye!
—Mirad —dijo Miren respirando hondo—, sois rarísimos y, si por mí fuera, yo tampoco estaría aquí. Debo ir a la Cordillera de las Bestias y no puedo hacerlo sola. Mi nana me lo dijo en mi decimoquinto cumpleaños, hace seis lunas. No tengo elección, ¿lo entendéis?
—¿Nana? —replicó Finn—. ¿Qué o quién es tu nana?
—Era mi abuela —explicó Miren con gesto apesadumbrado—. Murió hace… No sé cuánto ha pasado desde…. Creo que he tardado menos de una luna en llegar a la capital, pero no estoy segura.
—Un momento, ¿y el resto de tu familia? ¿Están en Argéntea? —apuntó Arión echando un vistazo a la ventana abierta—. No sé si lo sabes, pero las brujas no sois muy bien recibidas por aquí.
Miren se puso seria.
—No hay nadie más. Estoy sola.
Finn tragó saliva. Arión cerró la boca y se sentó en el extremo de la cama que quedaba intacto. Los ojos de Miren resplandecieron a la luz de la lámpara del techo. Finn iba a decir algo, aunque todavía no sabía ni qué, cuando la chica volvió a hablar:
—Todos murieron, no solo mi nana. Ella sabía que no podíamos esperar, que se avecinaba algo terrible y que la única opción era ir a la Cordillera de las Bestias, pero mi madre no la creyó.
O quizá no quiso creerla… Ahora eso no importa.
La amenaza apareció un día y acabó con todos.
No quedó nadie. Soy la última bruja de mi aldea.
—Miren se frotó los ojos vidriosos y miró a los chicos con determinación—.
Por eso no puedo irme de Argéntea sin un mago. Y tú debes ser ese mago.
Arión saltó de la cama y se puso detrás de Finn.
—Tiempo muerto. ¿Cómo que yo? ¿La Cordillera de las Bestias? ¿Tú sabes lo lejos que está eso? ¿Y lo mal que me viene justo en este trimestre del curso? Siento muchísimo lo de tu familia. Lo de tu aldea. Debió de ser horrible. Pero de ahí a secuestrarme…
Finn analizaba con atención los gestos y movimientos de Miren.
La chica decía la verdad, pero era evidente que también escondía muchos secretos.
No podía ser casualidad que las patrullas conectaran la supuesta amenaza con las tierras de las brujas y que esa misma noche apareciera una en el cuarto de Arión.
¡Y el mismo día en que la Reina había dejado el trono de improviso!
Aquello ya no eran solo rumores, malas cosechas o susurros en el viento.
Si era cierto lo que Miren decía, había sobrevivido a una tragedia.
Toda su familia y su aldea habían sido víctimas de algo maligno y, sin embargo, ¡ni el Consejo ni la Academia ni la mismísima Reina Dybala parecían dispuestos a confesar qué estaba pasando!
Las regiones lejanas del Reino también eran responsabilidad de la Corona, fueran el hogar de brujas o de monstruos.
Nadie debería quedarse de brazos cruzados ante una injusticia así.
Mucho menos un soldado del Reino.
—Creo que dices la verdad, Miren —confesó Finn con la vista fija en la bruja—, pero eso no basta.
—¿Por qué no?
—¿No puedes contarnos algo más de esa amenaza? ¿Cómo… pasó?
Miren cerró los ojos un momento y respiró hondo.