2. Un mago en apuros #3
—Esta mañana, en el horno, todo eran críticas a la Reina Dybala —siguió Rea, ignorando a la madre de Finn—.
La gente no entiende lo difícil que debe de ser gobernar.
Estoy segura de que la Reina habrá dejado esta madrugada el Bastión Corona por un buen motivo.
Así que no hagas caso de los rumores, Finn.
Puede que estemos pasando una mala racha, pero eso no es motivo de alarma.
¿Para qué tenemos la Milicia? ¡Que la guardia haga su trabajo!
Y, además, ahí fuera siempre ha habido peligros.
Los bosques están llenos de amenazas, eso lo sabéis, ¿verdad?
¿Os enseñan algo en el Fortín o solo dais golpes con la espada a muñecos de paja?
—Ja-ja —contestó Finn a la defensiva—. Ya sé que hay monstruos terribles por ahí. Me he entrenado para enfrentarme a cualquier bestia que…
—¡¿Cómo que a cualquiera?! —aulló su madre, aún lavando los platos—.
Se acabó este tema de conversación. Y en cuanto a ti, Fenian Connell, como si te nombran explorador supremo o guardia personal de la mismísima Reina…
¡Me da igual! En los confines de Luxos hay monstruos a los que uno nunca debe enfrentarse, ¿me oyes?
—Digo yo que tendré que defenderme, mamá.
—¡Ni defenderte ni…!
—¡Mamá, que me estás empapando! —se quejó Doras entre risas.
Giana se había alterado tanto que había volcado media pila de agua sobre su hijo mayor.
—Así no hay quien aclare los platos, ¿eh? —gruñó el hermano de Finn, exagerando para que se relajara el ambiente.
Todos rieron mientras su madre le pedía perdón e intentaba tranquilizarse.
Rea prometió dejar el tema y ayudó a Finn a recoger el mantel y a guardar la panera y la jarra.
Mientras, su prima barrió el suelo. Laia se parecía a su madre, pero tenía los rasgos más suaves; trabajaba duro en el horno y era poco habladora.
Finn y ella se llevaban bien, pero nunca habían sido inseparables.
Las chicas eran tan raras… A veces le daba la impresión de que leían el pensamiento. Su madre, desde luego, era una experta.
Fuera ya era de noche y de la calle llegaba el rumor de las conversaciones de otras casas.
El día terminaba. Finn se sentó en un taburete junto a su padre, en la entrada, mientras los demás rodeaban la mesa y continuaban la charla.
Al sentarse a la mesa, Doras se dignó finalmente a contarles un chiste, para regocijo de su madre.
Merías chupaba de la pipa encendida y, de pronto, habló bajito para que solo lo oyera Finn.
—Lo cierto es que yo sí sé algo, hijo.
Finn se puso recto, pero fingió no escucharle.
—Un patrullero me ha contado esta mañana que la amenaza es real y que viene de aldeas apartadas, de regiones de Luxos habitadas por las brujas.
Finn tragó saliva.
Merías acabó la pipa y posó una mano sobre su hombro.
—Te lo digo porque para mí ya eres un soldado, hijo, aunque aún no tengas yelmo. Si pasara cualquier cosa…, querría que tú supieras todo lo que yo sé. Por eso te lo cuento, Finn.
Finn respondió con una sonrisa a su padre, pero permaneció callado.
Merías fue el primero en acostarse. Doras no tardó en seguirle.
El trabajo en el campo era duro y necesitaban descansar para poder levantarse al alba.
Luego fueron su tía y su prima quienes se retiraron arriba.
Giana dejó un par de velas encendidas y le preguntó a Finn si todo iba bien.
Estaba muy callado. Él tosió y le dijo que iba a dar un paseo.
Había sido un día intenso de emociones… y de decepciones.
Finn se echó a las calles pensando en lo que había dicho su padre.
¿Sería cierto lo que había oído el patrullero?
¿Y qué tenían que ver las brujas con la amenaza?
Además, ¿qué amenaza? Malas cosechas, peces muertos en el río y ventiscas no justificaban que la Reina abandonara el trono y dejara el Reino en manos de su hijo.
Mientras fue escudero de Roland, Finn nunca se atrevió a preguntarle por su madre.
Por muy buena relación que tuviera con el Príncipe, él seguía siendo un simple aprendiz…
Le dijera lo que le dijese su padre, sin experiencia militar y sin un yelmo con el que defender el Reino y a su familia, Finn se sentía inútil.
Llegó a la Academia en la más completa oscuridad.
Apenas quedaban hogares encendidos. Argéntea dormía mientras él saltaba la verja.
Ya lo había hecho antes. El dormitorio de Arión estaba en la primera planta y hasta la cornisa de su ventana llegaba una frondosa hiedra.
Finn había dado con la forma de treparla para ver a su amigo una o dos veces por semana desde que Arión ingresara en la Academia y él en la Milicia.
En la seguridad de su cuarto, y al amparo de la noche, Finn le contaba cómo le iba en el Fortín, qué nuevos entrenamientos practicaban y cómo mejoraba en el manejo de la espada.
Y Arión, por su parte, le enseñaba los montones de libros polvorientos que debía leerse, los conjuros por memorizar, los frascos y tarros con mejunjes, y la pizarra llena de garabatos que él llamaba runas .
Mientras daba el último salto y se deslizaba por la ventana abierta, Finn pensaba en cómo le iba a contar a su amigo la versión del patrullero que había escuchado de su padre.
Al dirigir la vista hacia el interior del dormitorio de Arión, se quedó paralizado.
¡Había una bruja en medio de la habitación!
Finn supo que era una bruja porque su amigo estaba acurrucado en un rincón, protegiéndose con los brazos en alto del fuego verde que ella invocaba.