El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 2. Un mago en apuros #2
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2. Un mago en apuros #2

La familia de Arión había pagado una fortuna para que su único hijo estudiara en la Academia.

Según decían, se requerían al menos dos años de estudio para conjurar el más leve hechizo de magia ancestral.

Arión llevaba ya casi seis y a menudo se le resistían los más sencillos, pero Finn sabía que acabaría consiguiéndolo.

El problema era que los estudiantes de magia casi nunca salían de la Academia.

Eso les dejaba pocas ocasiones para divertirse como cuando eran pequeños, aunque Finn siempre hallaba la manera de colarse para ver a su amigo.

El sol brillaba con fuerza. Finn y Arión se metieron en un callejón a la sombra.

—Ahora en serio —dijo Arión, más calmado—, ¿ha pasado algo?

—De pronto abrió mucho los ojos y la boca—.

¡No me lo digas! Es el heraldo, ¿a que sí?

¡Por fin te han asignado un yelmo! ¡Dime que es de oso, por favor!

Me vendría genial que fueras explorador para conseguirme ingredientes exóticos de todos los rincones del Reino.

Finn intentó reírse.

—Qué más quisiera. Tiene que ver con el heraldo, pero no con los reclutas. Eso sigue igual. De hecho, no, es peor.

—¿Cómo que peor? ¿Te han expulsado de la Milicia antes incluso de formar parte de ella? Mira que lo mío con la magia es un desastre, pero no he llegado a ese nivel…

Finn le dio un puñetazo suave en el hombro.

—¡Auch! No te pases. Que debajo de esta túnica no está el cuerpo esculpido por la Diosa que parezco tener.

—Perdona. A veces olvido mi propia fuerza.

—Ja-ja —se burló Arión—. Entonces ¿qué? Cuéntamelo de una vez.

—La Reina se ha ido.

Arión hizo algo impropio en él: quedarse mudo.

Finn respiró hondo y vigiló la verja de la Academia desde el callejón. Esperó a que su amigo recuperara el habla. Conociéndole, no tardaría…

—¿Cómo que se ha ido?

—Hoy, al alba. El heraldo ha dicho que para entablar alianzas con otros reinos y no sé qué del porvenir. En su ausencia, el Consejo ha nombrado regente al Príncipe heredero.

—¡¿A Roland?! Pero si tiene…

—Dieciséis años, lo sé, solo dos más que nosotros. No tiene sentido. ¿Tú no sabías nada?

—¿Yo? ¿Yo cómo voy a saber nada si me paso el día aquí metido?

—Pensé que los académicos lo sabrían. Que habrían recibido algún cernícalo o que el Archimago Lidéndil os lo habría contado. Lo lógico es que el Consejero de la Magia Ancestral os informe de estas cosas, ¿no?

—A los estudiantes no nos cuentan nada, Finn.

—Pues ahora tal vez no consiga mi yelmo hasta que vuelva la Reina… Y a saber cuándo será eso.

Arión pateó una caja de madera vacía para demostrar que compartía la rabia de su amigo. Con tan mala pata que se golpeó en la rodilla y se hizo mucho daño. Cuando dejó de insultar a la caja, volvió con Finn.

—Lo siento mucho, colega. Es superinjusto. ¿Y qué vas a hacer?

—Esperar, supongo. Ayudar a mis padres en la cosecha y el horno, aunque este año el grano no podría haber ido peor —suspiró—. La gente estaba furiosa, Arión. Cuando el heraldo ha terminado de cantar, no paraban de gritar. Entre las plagas, el mal tiempo y esto… Todos decían que está pasando algo.

Finn miró fijamente a su amigo para que entendiera que lo que iba a decirle a continuación era importante.

—¿Tú crees que los magos ocultan algo?

Arión abrió tanto los ojos que pareció que se le fueran a salir de las cuencas.

—¿Ocultar? ¿Cómo que ocultar? ¿Los académicos?

—¡Vamos, Arión, no pongas esa cara! ¡Son magos!

Es decir, tú también lo eres. Controláis la magia ancestral y sabéis un montón de cosas del Reino.

Secretos. Noticias. La gente común nos comunicamos con grajos, ¡pero el Archimago incluso tiene portales de transporte!

¿Y si lo del yelmo es lo de menos? ¿Y si está pasando algo en Luxos y no quieren que nos enteremos?

Que la Reina se haya ido así, de madrugada…

¿No te parece raro? Seguro que has oído algo entre esos muros —añadió señalando la escuela.

Arión vaciló un instante. Se hizo un silencio extraño entre los dos y de repente fue como si se encendiera una vela en lo más profundo de su mente.

Recordó las extrañas palabras de Zaferina antes de salir de su despacho.

Los ojos cubiertos de niebla, la voz de ultratumba, como si la anciana hubiera experimentado una visión…

«Se vienen tiempos difíciles. Una nueva Era Oscura nos acecha…».

Finn tenía razón en una cosa: si estaba pasando algo en el Reino, los primeros en enterarse serían los de arriba: la Reina y sus hijos, la corte, los consejeros, los magos de la Academia…

Tal vez no fuera una locura investigar, al fin y al cabo.

—No lo sé, Finn. Tengo que volver —le dijo Arión mientras salía del callejón y se acercaba a la verja—. Te prometo indagar, ¿vale?

Finn fingió una sentida reverencia.

—Gracias, colega, te debo una. ¿Vuelvo esta noche y me cuentas lo que hayas averiguado?

—A medianoche. Donde siempre.

—Pues a mí me parece estupendo que se retrase un poco más lo de los reclutas. Así nos echas una mano con la cosecha, ¡que parece que se te ha subido la Milicia a la cabeza!

—¡Doras!

Giana reprendió a su hijo mayor dándole un codazo mientras juntos fregaban los platos en la pila.

Habían acabado de cenar hacía pocos minutos.

El aire aún olía a sopa de perdiz y romero.

Doras se giró y le guiñó un ojo a Finn. Este no se enfadó.

Sabía que su hermano bromeaba para que le quitara hierro al tema de tener que seguir siendo aprendiz en lugar de ascender a soldado.

Mientras su madre contaba algo que había oído en el mercado, Finn recordó sus inicios en el Fortín, cuando coincidió con el Príncipe Roland.

En un primer momento, Doras no se creyó que este lo hubiera nombrado su escudero.

¿Cómo iba a codearse el heredero al trono con plebeyos como él?

Debía de ser otra de las fantasías de Finn…

Por eso se quedó boquiabierto al contemplar, en una exhibición de combate, como el Príncipe hablaba y entrenaba con su hermano pequeño.

¡Si hasta se reía de sus bromas! De vuelta a casa, Doras envió a Finn un grajo con un mensaje: «No puedo creer que al Príncipe le hagan gracia tus chistes.

¡Si son malísimos! El Reino está condenado…

, a no ser que tu hermano mayor aprenda otros nuevos para enseñártelos, claro… ».

Al leerlo, Finn sonrió. Doras era así, fingía meterse con él pero solo para después ayudarle o protegerle.

—Y en el mercado, mamá, o en el horno, ¿no has oído eso que dice la gente? Lo de una nueva Era Oscura…

Finn hizo la pregunta sin pensar, pero la reacción de sus padres fue sospechosa.

Su madre miró de soslayo a su padre, que estaba de pie ante la puerta abierta, sosteniendo una pipa encendida entre los dedos.

Rea, la tía de Finn, que vivía en el piso de arriba con su hija, bajaba por las escaleras justo en ese instante.

—La gente habla muy a la ligera —dijo su tía sacudiendo las manos.

Era un gesto que a Finn le recordaba a su padre, con el que su tía compartía complexión robusta y un cabello duro y recio—.

Vuestro abuelo sí nos contaba historias de antaño que ponían la piel de gallina.

Su padre luchó en la guerra, ¿lo sabíais?

Pero de eso han pasado más de cien años.

¿Tú te acuerdas, Merías, de las historias que nos contaba papá?

El padre de Finn sacudió la ceniza de la pipa.

—Lo recuerdo, Rea, pero no dejan de ser historias. Ni siquiera él vivió esa época.

—Pero sabía de lo que hablaba. Nuestro abuelo tuvo pesadillas toda su vida. La espada guardada en el arcón había sido suya, Finn —dijo señalando a su sobrino con un dedo—, de tu bisabuelo.

Él asintió, pero prefirió guardar silencio para que su tía siguiera hablando.

—Duró un siglo —añadió Rea, pensativa—. La Era Oscura, digo. Un siglo de horror, ¿podéis imaginarlo? Y ahora la gente pone el grito en el cielo por el robo de una caravana, unas cuantas tormentas y tres malas cosechas. ¡Inconscientes!

—No son solo tres malas cosechas, Rea —le dijo Merías, serio.

Finn captó el cruce de miradas entre su padre y su tía. Su madre decidió intervenir:

—¿Y si hablamos de algo más alegre? ¡Doras, cuéntanos uno de tus chistes!