2. Un mago en apuros
UN MAGO EN APUROS
La Academia
E ra estadísticamente imposible que Arión volviera a fallar el hechizo. Lo había ensayado hasta la saciedad. De hecho, en eso estaba de acuerdo con la maestra Zaferina: era un cabezota. Quizá no fuera el mago más hábil de la escuela; es más, quizá fuera el menos talentoso del Reino…
¡Pero al menos no se daba por vencido!
Arión se limpió el sudor de la frente con la manga de la túnica.
El uniforme de la Academia le hacía parecer más grande.
En realidad, era alto para su edad, pero bajo la pesada prenda celeste sus brazos y piernas eran ridículamente largos y finos.
De no ser porque en su familia todos tenían el pelo color carbón y la tez morena, habría parecido que Arión estaba enfermo, pues apenas le daba la luz del día con tantas horas de clase y biblioteca…
«Estudio, memoria, archivo», ese era el lema de la escuela, pero él no había elegido ser mago.
Sus padres habían insistido en que fuera a la Academia.
En eso pensaba mientras Zaferina lo miraba con gesto circunspecto. Rozaba los cien años, por lo que era una de las académicas más respetadas.
—Vamos, vamos. No es para tanto —le dijo.
Tenía el pelo blanco y la cara tan arrugada que apenas se le veía la boca al hablar.
—Es un simple hechizo encogedor —añadió—. Muy útil para el transporte de alimentos y mercancías. Muchos comerciantes contratan a magos para encoger sus productos durante sus viajes. O en batallas. Ningún guerrero parece amenazante si su lanza es del tamaño de un tenedor, ¿no te parece?
Arión fijó la vista en la mesa de ébano y en la jarra de peltre.
El despacho de Zaferina estaba en la base de un torreón y tenía las paredes cubiertas por estanterías llenas de libros.
Olía a humedad y flores secas. Del techo con vigas de madera colgaban ristras de hierbas y pergaminos con runas.
Su cernícalo (algo así como un halcón pero de menor tamaño, por lo que Arión había descubierto al consultar un manual de campo), dormitaba posado sobre un atril.
Y al fondo descansaba el escritorio de la maga, inmenso y robusto, con un butacón apenas visible tras pilas de códices, frascos con tritones en formol y matraces burbujeantes.
Arión carraspeó, fingiendo concentrarse.
Lo cierto es que estaba cansado.
Se había pasado toda la mañana entre clases de Historia de la Magia Ancestral y de Formulación de Hechizos.
Como sabía que luego tendría clases particulares con su maestra, Arión había pasado la noche en vela practicando el dichoso hechizo encogedor.
Ahora se arrepentía, claro, muerto de cansancio.
En la cena y mientras se cepillaba los dientes había estado murmurando los versos mágicos.
Al hacerlo con la boca llena, había salpicado de comida y de elixir de menta tanto la mesa del comedor como el suelo del baño, lo que había generado un aluvión de quejas y muecas de asco por parte de sus compañeros.
Al levantarse había repetido los movimientos por el pasillo, había ensayado la runa en su pizarra y hasta en el suelo, con un palo y una tiza, una vez tras otra.
Pero sabía que iba a fallar.
Siempre era igual. Cuando llegaba el momento de la verdad, el hechizo soltaba un silbido y Arión provocaba una explosión.
Se desataba el caos. El aula se llenaba de humo (unas veces, azul; otras, de un rojizo terroso, pero siempre maloliente) y los demás estudiantes saltaban de sus pupitres, aterrorizados.
—Estás demasiado tenso. El hechizo requiere fluidez, elegancia, ligereza.
Arión tiró del cuello de su camisa para aflojarlo, ansioso. Zaferina se aclaró la garganta, consciente del gesto preocupado de su pupilo.
—¿Sabes qué? Por hoy es suficiente. Si algo hemos aprendido de la Diosa de la Memoria es que la teoría duplica la práctica en valor. «Estudio, memoria, archivo»: el lema de la Academia no es ese por capricho, ¿no te parece?
—¿Lo dice en serio? —replicó Arión con los ojos como platos—. ¿Puedo irme?
La maga señaló con un dedo arrugadísimo un ramillete colgado del techo.
—Pero a cambio te rogaría que fueras al invernadero a recoger algo por mí.
Me queda poca salvia para mi tónico para la tos.
Pero tráeme un buen puñado, ¿eh? Si te encuentras por allí al académico Phineas y se pone quisquilloso…
, le dices que se deje de pamplinas y que es cuestión de vida o muerte, ¿estamos?
Arión intentó ocultar la risa mientras recogía sus libros.
—Una cosa más —añadió Zaferina desde el escritorio—: olvídate del hechizo. A veces le damos demasiadas vueltas a cosas sin importancia. No me entiendas mal, la magia ancestral lo es todo para mí, ¡le he dedicado mi vida! Pero cuando uno se hace viejo y ve las cosas en perspectiva…
De pronto fue como si la vista se le nublara. La anciana se agarró a la mesa y empezó a temblar de la cabeza a los pies. Una capa blanquecina le cubrió los ojos. Su voz se volvió grave:
— Eres un buen mago, Arión, o lo serás algún día. Y pronto te enfrentarás a retos mucho mayores. Se vienen tiempos difíciles. Una nueva Era Oscura nos acecha…
A Arión se le pusieron los pelos de punta.
Zaferina movió los hombros como si tuviera un escalofrío y volvió a la normalidad.
—¿Qué haces ahí parado todavía? ¡Tráeme esa salvia, muchacho! Y hazme caso: deja de darle vueltas al hechizo. Mañana lo volveremos a intentar.
Arión asintió despacio ante la puerta. ¿Qué acababa de pasar?
—Debe de estar perdiendo la cabeza.
Arión hablaba consigo mismo mientras buscaba la salvia entre los parterres.
La estructura del invernadero era de hierro forjado.
Los cristales aclaraban la luz del mediodía.
En el jardín exterior los académicos tenían un huerto y árboles frutales, pero en el invernadero cultivaban flores y hierbas aromáticas más delicadas.
—¿Retos mayores que la magia ancestral? —bufó—. ¿Cómo qué? ¿Domesticar un dragón?
Arión chasqueó la lengua.
—¿Y dónde está esa cosa?
Encontró la salvia justo entonces. Cortó un ramo generoso con unas tijeras de podar y lo guardó en la túnica.
De pronto, se le ocurrió: ¿y si probaba a encoger las tijeras?
Las había cogido de entre dos macetas, ahí mismo, y él estaba solo.
Si fallaba, nadie se enteraría. Conocía el conjuro, las palabras, la runa, el movimiento de manos…
Arión cuadró los hombros. Soltó muy despacio el aire que tenía en los pulmones. E hizo justo lo que su maestra le había aconsejado: no pensar.
— ¡Amicros metasos!
Las palabras brotaron de su boca con sorprendente facilidad. Sus dedos dibujaron en el aire unos trazos brillantes. Y las tijeras empezaron a resplandecer y a vibrar.
—¡Ah!
Arión dio un salto al ver cómo las tijeras giraban sobre sí mismas y se hacían minúsculas, del tamaño de una uña.
¡Lo había conseguido!
Arión sonrió entusiasmado… hasta que recordó que no se sabía el hechizo para devolverles su tamaño original. Empezó a sudar. ¿Y si un académico las encontraba y se enteraba de que había sido él quien había dejado las tijeras perfectas para decorar una casita de muñecas?
Arión ya se imaginaba engrilletado y preso en la mazmorra más oscura y putrefacta, cuando notó una mano posándose sobre su hombro.
—¡AAAHHH!
—¡Por la Archivista! —dijo Finn dando un salto—. Vaya susto me has dado.
Arión retrocedió cogiendo aire.
—¿Que yo te he…? ¡Tú me has dado un susto de muerte a mí! ¿Cómo se te ocurre? Estaba, estaba…
Arión se mordió el labio. Se apresuró a tapar las tijeras.
—Vaya con el joven mago… —sonrió Finn—. ¿Estabas haciendo pellas?
—¡Por supuesto que no estaba haciendo pellas! ¿Por quién me tomas? Yo no me salto las clases jamás. Estaba, estaba…
—¿Practicando un hechizo prohibido o algo así? Como lo hacías a escondidas…
Arión lo empujó hacia la salida mientras Finn se desternillaba de la risa.
—¿A escondidas? ¿Quién hacía nada a escondidas?
Estaba recogiendo unas hierbas, nada más.
Para la maestra Zaferina, para tu información.
Pero ¿por qué te estoy dando explicaciones?
Además, ¿hechizo prohibido? ¿Tú qué te piensas que hacemos aquí?
¡Esta es una escuela decente! ¿Y cómo has entrado?
Sabes que puedes acercarte a la entrada y al patio, pero solo los estudiantes y académicos tenemos acceso a la Academia, Finn.
A ver cómo te saco ahora de aquí sin que nos vean…
Porque no te habrá visto nadie, ¿verdad?
Finn seguía riéndose cuando se asomó por la puerta del invernadero y comprobó que estaban solos.
Le indicó a su amigo que guardara silencio y juntos atravesaron los jardines hasta la salida trasera de la Academia, que solía estar desierta.
A Finn le hacía muchísima gracia lo cauto y nervioso que era Arión.
Y a Arión le sacaba de quicio lo curioso e impulsivo que era Finn.
Siempre había sido así.
Se conocían desde niños, aunque pertenecían a mundos muy distintos y no podían ser más diferentes.
Arión era más alto, pero Finn lo superaba en agilidad y fuerza, sobre todo después de la instrucción en la Milicia.
Arión presumía de ser el cerebro del equipo, una enciclopedia con patas.
A Finn no le importaba, sabía que las apariencias engañaban y que ni él era tan insensato ni Arión tan cobarde.
Tenían la misma edad y, como los padres de Arión eran clientes del horno de Finn de toda la vida, ambos se habían conocido de pequeños y se habían hecho amigos.