El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 1. El aprendiz de soldado #2
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1. El aprendiz de soldado #2

Finn se dio cuenta entonces de que su madre llevaba bajo el brazo un hatillo con espigas atadas.

De reojo miró el templo de torres afiladas que se levantaba en un extremo de la plaza.

Su madre era devota de la Diosa de la Memoria, fuente de la magia ancestral, como casi todo el mundo en el Reino, sobre todo en grandes ciudades como Argéntea.

—Y tú —le preguntó su madre, dándole lustre a la armadura con cariño—, ¿dónde ibas tan deprisa y con el uniforme?

Los ojos de Finn brillaron.

—¡Al heraldo! ¿Y si anuncian hoy los puestos para los nuevos reclutas?

Su madre sonrió con ternura.

—Está bien. Pues acompáñame antes al templo y recémosle a la Diosa juntos.

Finn no supo cómo, pero poco importó que la armadura pesara media tonelada o que la plaza estuviera a reventar: su madre tiró de él con una fuerza sobrehumana y lo arrastró hasta el templo.

La nave era estrecha, las paredes altas.

Cojines y alfombras llenaban el suelo de baldosas frías, donde fieles y magos se sentaban a meditar.

A los lados, los muros de mármol estaban repletos de estanterías con códices y pergaminos.

Giana llevó a su hijo al altar, donde se quemaban inciensos y se dejaban ofrendas a una pequeña estatua con forma de anciana de ojos cerrados.

La Archivista era símbolo de sabiduría, estudio y conocimiento.

Su madre dejó el saco de avena a los pies del ídolo y cerró los ojos un momento, imitando a la estatuilla.

Finn movía un pie con nerviosismo. El heraldo debía de estar a punto de salir… ¡y él allí rezando!

Por suerte, no tardaron mucho en volver a la plaza. Finn frunció el ceño, cegado por el sol. La escalinata del Bastión Corona seguía vacía, por lo que respiró tranquilo. No llegaba tarde.

Antes de despedirse de su madre, le preguntó:

—¿Y qué hay del Dios de la Naturaleza?

Su madre arrugó la nariz.

—Ya sabes que esa magia no me gusta. Es peligrosa, Fenian.

—Pero quizá si le damos algo en ofrenda, también vele por…

—Ni hablar —lo cortó ella—. La magia de las brujas solo trae desgracias.

Finn no quería discutir, así que se mordió el labio y calló.

Que él supiera, ya no quedaban fieles del Dios de la Naturaleza en la ciudad (las brujas lo llamaban el Creador).

Tiempo atrás, mucho antes de que él naciera, las brujas y sus familias se habían trasladado a regiones inhóspitas de Luxos.

Su madre era una de las que pensaban que era mejor así.

Más valía no discutir con ella al respecto.

—Vale, entiendo —dijo, aunque en realidad no comprendía del todo por qué su madre las temía tanto.

—Suerte, hijo —se despidió Giana con un beso en la mejilla.

Finn llegó por fin a la escalinata. Un buen número de ciudadanos se había congregado ya en los alrededores. El calor del mediodía era sofocante. Bajo la armadura, tenía la camisa empapada. ¿Cómo hacían los centinelas para aguantar con el uniforme todo el verano sin cocerse?

Nada más llegar a los pies de la escalera, las puertas del Bastión Corona retumbaron y se abrieron.

Sonaron las trompetas y apareció el heraldo, vestido con camisa y pantalones de lino y una capa de terciopelo granate con el escudo del Reino: un águila bordada en oro.

Se aproximó al gentío y carraspeó antes de desenrollar un pergamino.

—¡Habitantes de Argéntea —cantó voz en grito—, el Consejo se ha reunido esta mañana de urgencia para tomar una decisión de vital importancia!

«¡Bien —pensó Finn—, por fin seré soldado de verdad!».

—¡La excelentísima Reina Dybala ha abandonado la ciudad al alba para entablar alianzas con reinos vecinos y fortalecer así el porvenir de Luxos y sus gentes…!

«¿Cómo?».

A su alrededor, la muchedumbre empezó a murmurar y pedir explicaciones. ¿Cómo podía ser que la Reina hubiera dejado el Bastión Corona al amanecer sin que nadie se enterara? ¿Y por qué acudía a reinos vecinos para establecer alianzas? ¿Acaso Luxos estaba en peligro? ¿Qué pasaría ahora con…?

El heraldo se aclaró la garganta y declamó más fuerte para que se le oyera por encima del alboroto.

—¡El Consejo ha decidido que, en ausencia de la Reina, el Príncipe Roland ejercerá de regente y liderará Argéntea y todo Luxos junto con los leales consejeros!

—El Príncipe heredero, ¿Rey regente? —lo interrumpió un hombre que estaba muy cerca de Finn—. ¡Pero si solo tiene dieciséis años!

—¿Adónde ha ido la Reina? —gritó una mujer.

—¿Son ciertos los rumores? —la siguió un anciano—. ¿Se avecina una nueva Era Oscura?

—¡Las cosechas van de mal en peor! ¡Y en los caminos cada vez hay más ladrones y bandidos!

—¡Algunos hablan de una plaga, de una maldición!

—¿La Reina ha huido? ¡Si su padre levantara la cabeza…!

—¡Que el Príncipe salga a dar explicaciones! ¡Que el Consejo dé la cara!

Finn dejó de escuchar cuando las voces empezaron a amontonarse unas sobre otras.

Dejó caer los hombros, abatido. Con la Reina ausente y un príncipe regente recién nombrado, ¿cuándo se retomaría la normalidad?

¿Significaba eso que aún debía esperar semanas, meses incluso, para que le asignaran un yelmo?

Se alejó de las escalinatas de morros y decepcionado.

Sin embargo, algo le preocupaba aún más que su destino: ¿una nueva Era Oscura?

¿A qué rumores se refería la gente? Por lo que él sabía, esos tiempos de guerra se remontaban a hacía más de cien años, antes incluso de que nacieran sus padres y sus abuelos.

Era cierto que las cosechas habían ido empeorando; pero Finn no creía que fuera tan alarmante.

Su padre solía decir que, a veces, a un invierno duro le seguían varios años también difíciles hasta que los campos se recuperaban.

Su tía, por otro lado, era de la opinión de que todo eran cuentos de vieja con los que asustar a los niños.

¿Cuánto habría de cierto en esa amenaza invisible de la que hablaba todo el mundo?

—Los magos saben lo que está pasando, pero callan.

Finn reparó en un anciano enjuto y de cejas tan pobladas que le cubrían los ojos.

De pronto, lo reconoció: era el señor O’Broin, cliente asiduo del horno.

Iba siempre a primera hora y se pasaba allí media mañana cotilleando con su madre.

No sabía cómo, pero siempre se enteraba de todo.

El hombre, que apoyaba todo su peso en un bastón, se había fijado en el gesto cabizbajo de Finn.

—¿Cómo dice, señor O’Broin? ¿Quiere que le ayude a volver a ca…?

—Los magos —repitió, y luego susurró como si compartiera un secreto—. En la Academia saben que se avecina una desgracia: han intentado usar la magia de la Archivista para detenerla, pero han fracasado… Por eso la Reina ha ido en busca de ayuda.

Finn frunció el ceño y se quedó paralizado.

¿Era eso posible?

—¿Y cómo sabe usted…? —le preguntó, también susurrando.

El anciano sonrió. Toda su cara se arrugó como un acordeón.

—Cuando uno es tan viejo como yo, se da cuenta de esas cosas. ¡Se les ve el miedo en los ojos! ¿No me crees, muchacho? Compruébalo tú mismo.

Finn tragó saliva y se quedó quieto en mitad de la calle. El anciano le dio una palmada en un brazo y desapareció por una callejuela. A Finn, su tono de voz le había puesto los pelos de punta. Negó con la cabeza e intentó tranquilizarse. Seguro que le había tomado el pelo…

La plaza seguía abarrotada, el sol brillaba bien alto y el ir y venir de gente hacía que ese día pareciera como cualquier otro en Argéntea. Pero no todos los días una reina abandona a su pueblo.

A regañadientes, Finn acabó admitiendo que, fuera lo que fuese lo que había sacado a la Reina de palacio, el pueblo no sabía la verdad.

Y si los magos tenían algo que ver, él sabía dónde encontrar uno.