El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1)
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1. El aprendiz de soldado
EL APRENDIZ DE SOLDADO
Argéntea, capital de Luxos
A l otro lado de la muralla casi no se escuchaba el sonido de las campanas, arrastrado por la cálida brisa del verano, que pronto acabaría.
Finn alzó la vista del surco de tierra que tenía delante.
Las espigas de avena le hacían cosquillas en las piernas.
Se llevó una mano a la frente para limpiarse el sudor y se protegió de los rayos del sol con ella.
Miró Argéntea a lo lejos y vio una bandada de palomas alzar el vuelo hacia las cornisas del Bastión Corona, en el punto más alto de la ciudad.
El tañido las habría espantado: esa era la señal que esperaba. Era la hora.
—¡Me voy!
Finn dejó la hoz en la cesta de herramientas y saltó al camino.
—¿Cómo que te vas? ¡Holgazán! —gritó Doras, su hermano mayor, que seguía segando a pocos metros.
—¿No lo oyes? —contestó Finn llevándose una mano a la oreja. A lo lejos, tímido, sonó el último repique de campanas—. Es la hora del heraldo, ¡seguro que anuncian la función de los nuevos reclutas!
Doras hizo una mueca de dolor al erguirse.
—Esta cosecha me está matando… —Puso los ojos en blanco—. No sé qué esperas que pase. ¡Seguro que el heraldo tiene mejores cosas que hacer que anunciar tu…!
—Deja que se vaya —musitó Merías.
El padre de ambos no era tan alto como Doras, pero era ancho de espaldas y de brazos fuertes y bronceados por las largas jornadas de trabajo al sol.
Finn respiró aliviado. Doras sonrió con picardía.
—De acuerdo, pero perderás la apuesta…
—¡Eh, eso no es justo!
—¿Qué apuesta? —preguntó Merías, intrigado.
—Finn se creía que iba a ser quien más gavillas recogiera en toda la mañana. —Doras se encogió de hombros—. El perdedor limpiará el establo un mes entero. A mí me parecía un juego infantil, pero…
—¡Si fue idea tuya! —gruñó Finn, entre divertido y furioso.
—¿Y tú vas a ser soldado? —replicó Doras—. Que la Diosa nos proteja. ¡Con la mala memoria que tienes, a ver si te acuerdas de ponerte el yelmo por las mañanas!
Merías lanzó un suspiro de cansancio y los hermanos se echaron a reír. Cuando Finn ya cruzaba corriendo los campos de avena, trigo y cebada, oyó que su hermano le gritaba a su espalda:
—¡Ya que estás, tráenos alguna empanada del horno!
—¡Con mi horrible memoria, no creo que me acuerde…! —se burló Finn.
Los Connell vivían en el reino de Luxos desde hacía generaciones y tenían, por un lado, tierras en el valle y, por otro, un horno en Argéntea, donde elaboraban y vendían pan.
Al pensar en Doras, Finn rio para sus adentros, pero al pasar junto al granero vio las gavillas amontonadas y se puso serio.
No eran muy altas. Ese año las cosechas estaban siendo malas.
No solo las suyas, también las de otros granjeros.
En junio habían segado la cebada, en julio el trigo, y ahora parecía inevitable que tendrían que usar la avena, con la que solían alimentar a los animales o hacer gachas, también para hacer pan.
Finn suspiró y entrevió antes de marcharse de la granja las figuras de su padre y de su hermano inclinadas ante las espigas, que se movían con la brisa. Sabía que estaban preocupados, llevaban todo el verano hablando de lo duro que sería el invierno si no cosechaban suficiente cereal…
¡Pero él tenía la solución!
Trotó por el camino dejando atrás una nube de polvo.
Argéntea brillaba al mediodía como si sus murallas y edificios fueran de plata.
El cielo azul parecía pintado, los pájaros cantaban y los pies de Finn ni siquiera tocaban el suelo.
Estaba rabioso de contento. Al llegar al arroyo, se inclinó sobre el agua cristalina y vio su reflejo antes de lavarse el polvo y la tierra de la cara y los brazos.
Con el pelo rubio ceniza, los ojos verdes y un montón de lunares en el cuello y las mejillas, todo el mundo le decía que era la viva imagen de su madre.
Finn había cumplido catorce años la pasada primavera.
Había dado ya el primer estirón y se le notaba el rostro menos aniñado, más como el de Doras, aunque no del todo.
Aún no había ni rastro de la barba castaña de su hermano ni de los brazos de su padre.
Tampoco le preocupaba todavía: sabía que acabaría llenando el uniforme de soldado… a su debido tiempo.
¡Lo importante es que era soldado!
O, bueno, casi.
Aunque había terminado la instrucción militar hacía pocas semanas, aún no había recibido yelmo ni función, por lo que técnicamente seguía siendo un aprendiz.
Durante cuatro años había vivido en el Fortín, un imponente edificio con caballerizas, herrería, patio de entrenamiento…
Al principio había sido duro dejar su hogar y acostumbrarse al estricto adiestramiento, pero Finn había sido paciente.
Muchos aprendices hacían lo imposible por conseguir plaza en el Fortín y luego se quedaban a las puertas de obtener su yelmo.
Era todo un honor, y un privilegio, convertirse en soldado de Luxos.
Por eso él se había esforzado al máximo desde el primer día.
¡Hasta había logrado destacar y convertirse en el escudero del Príncipe Roland!
—¡Eh, tú, cuidado!
Finn saltó para esquivar en el último momento a una anciana que empujaba una carretilla hasta arriba de zanahorias, tomates y pepinos.
—¡Perdón! —dijo de camino a la muralla.
—¡Delincuente! —rugió la mujer.
La Puerta Sur se alzaba tras un foso y entre dos atalayas.
Finn alzó la vista para contemplar a los guardias, resplandecientes con su armadura de hierro, su escudo y su yelmo de halcón, que los señalaba como centinelas de Argéntea.
Una marabunta entraba y salía de la ciudad.
Era día de mercado, así que carros y carretas, bueyes, vendedores y ciudadanos abarrotaban el camino hacia la plaza.
El interior de Argéntea era todo un laberinto.
Su casa estaba cerca de la muralla, en lo que todo el mundo conocía como el Barrio Bajo, al encontrarse en la parte más externa de la ciudad.
Desde allí, un sinfín de escaleras y avenidas subían a la plaza, que, junto con el Bastión Corona y las villas señoriales, formaban el Barrio Alto.
Finn conocía más de un mirador oculto desde donde se disfrutaba de unas vistas impresionantes de toda Argéntea y del valle que la rodeaba.
Nada más cruzar la puerta, pegó una voz para asegurarse de que no había nadie.
Su casa era un edificio estrecho de dos plantas hecho de adobe en la parte de abajo y de tablones de madera en la de arriba.
Solo tenía dos estancias, una para la chimenea y otra para los camastros.
La planta de arriba la ocupaban su tía por parte de padre y su prima, un año mayor que él.
Ambas trabajaban en el horno junto con su madre, Giana.
Finn entró al dormitorio como un torbellino, abrió el arca de las prendas importantes y extrajo el uniforme de soldado. Lo había recibido el último día de instrucción, pero no podría completarlo con el yelmo hasta que la Milicia anunciara el puesto de los nuevos reclutas.
Eso esperaba cada día: que el heraldo saliera a las escaleras del Bastión y cantara la decisión del Consejo.
¡Así dejaría de ser un aprendiz y sabría, por fin, su cometido, su futuro!
Si se convertía en centinela, obtendría un yelmo de halcón y vigilaría las murallas y las calles de la ciudad.
Si se incorporaba a las patrullas del Reino, recibiría un yelmo de lobo y recorrería de punta a punta el mapa de Luxos custodiando los caminos y combatiendo a bandidos y bestias.
A saber, si el Príncipe Roland lo pedía, ¡podía incluso ser nombrado miembro de la Guardia Real y llevaría un yelmo de leopardo montés!
Hoy, quizá, por fin lo descubriría.
Se quitó a toda prisa la ropa sucia, se puso una camisa limpia y unas calzas de paño, y sobre estas se enfundó la armadura.
El peto, los brazales y las grebas estaban algo desteñidos, no todo el mundo podía permitirse piezas nuevas, pero Finn los había limpiado a conciencia.
Por último, extrajo del fondo del baúl su espada, una antigua reliquia familiar: era ligera pero contundente, brillaba como recién forjada y tenía una funda de cuero.
Había pertenecido a su bisabuelo mucho tiempo atrás.
Finn respiró hondo al desenvainarla para admirar la hoja al contacto con el pequeño rayo de sol que se colaba por una ventana. Parecía cosa de magia.
Sonrió, convencido de que la Diosa estaba de su parte. Guardó la espada y salió decidido al encuentro de su destino.
Como era de esperar en día de mercado, la plaza estaba hasta los topes.
A Finn le costó atravesar el bullicio. La armadura no ayudaba lo más mínimo.
Un sinfín de tiendas, puestos y esterillas de arpillera abarrotaban el espacio adoquinado.
Vendían desde enseres de cerámica y herramientas agrícolas hasta aves de corral, piezas de caza, hortalizas, cereales, orfebrería, pieles y prendas varias.
El aire con olor a especias le despertaba el apetito, pero lo que Finn buscaba estaba a los pies de la escalinata de granito: el heraldo que cada mediodía cantaba sus noticias.
Justo encima resplandecía el Bastión Corona, el castillo donde vivían la Reina, los príncipes, la Princesa, los consejeros y la corte.
—¡Fenian Connell! ¿Se puede saber adónde vas tan deprisa?
Finn reconoció la voz de su madre: solo ella (o su padre cuando estaba enfadado) lo llamaba así. Tenía las mejillas sonrosadas y el pelo rubio cenizo se le pegaba al rostro; seguro que había estado trabajando en el horno toda la mañana.
—Mamá, ¿qué haces aquí?
—Tu tía y tu prima se han quedado a cargo, tranquilo —le contestó—. Tu padre me trajo esta mañana la primera gavilla de avena y voy camino de dejarla como ofrenda a la Archivista. Para que vele por la cosecha y por nosotros. Para que vele por ti.