Epílogo
Cinco meses después
(Ciento cuarenta y cinco años antes)
El sol vespertino brillaba con benevolencia sobre la ciudad austriaca de Baden bei Wien, situada en el corazón de los bosques de Viena.
A finales del siglo XIX , una época en la que la gente estaba obsesionada con los balnearios europeos, Baden se distinguía por su larga historia.
La ciudad se remontaba a la época de los romanos, en la que era conocida como Aquae Cetiæ.
Durante siglos, las catorce fuentes termales de la zona, ricas en minerales curativos, habían atraído a gente de todo el mundo.
Se trataba de peregrinos deseosos de «tomar las curas» y disfrutar de los exuberantes jardines y los magníficos paseos de la ciudad, en busca de un refugio reparador para el ajetreo de finales del siglo XIX .
Entre los mejores establecimientos de Baden se encontraba el Grand Hotel Flußblick.
Había sido construido dos siglos antes junto a una espectacular cascada.
Con el paso de los años, la fuerza del agua había ensanchado y profundizado el cauce, y en el hotel no habían respondido trasladándose a un terreno más seguro, sino reforzando los cimientos de granito y añadiendo suites con unas vistas magníficas en la última planta.
En cualquier momento, toda la construcción, cimientos incluidos, podía desplomarse como el coloso de Rodas, pero por el momento era bastante segura, aunque vertiginosa, y la presencia de la imponente cascada solo añadía una deliciosa emoción para los ricos y privilegiados que se alojaban allí.
Un balcón del segundo piso, situado junto a los grandes saltos de agua, ofrecía a los huéspedes unas vistas fabulosas de la impresionante caída.
En la calma de una mañana soleada y luminosa, aquel balcón en forma de ele permitía disfrutar de una vista directa sobre la estruendosa cascada durante el desayuno o el almuerzo.
Pero, a medida que el sol avanzaba por el cielo, las brisas de la tarde comenzaban a soplar por el desfiladero y a menudo arrastraban una fina niebla hacia esa parte del balcón, así que el personal movía los muebles a la esquina que daba a la parte delantera del hotel.
Naturalmente, todo volvía a su lugar original con vistas a la cascada a tiempo para el desayuno de la mañana siguiente.
Esa tarde en particular, lord Cedric Deddington-Bute, tercer barón de Jayeaux, se encontraba recostado en una tumbona en el balcón delantero junto a Livia, su compañera de viaje.
Estaba absorto en una lánguida admiración de su vestimenta y sus accesorios: un traje de lino con un tono de albaricoque descolorido, zapatos Oxford bicolores con puntera y su bastón favorito de madera de serpiente, recién encerado y reluciente.
Minutos antes lo había volteado perezosamente bajo la luz del sol para admirar mejor su sutil forma cónica y el rico esmalte cloisonné con incrustaciones de cinabrio chino que conformaban el mango.
Por fin, consultó el reloj de bolsillo y alzó la vista para mirar más allá del topiario, en dirección al río Schwechat, el Casino de Baden y la verde cuenca de Viena.
En esos momentos de ocio, Diógenes Pendergast reflexionaba de vez en cuando sobre su decisión de permanecer en el mundo del siglo XIX .
Con el paso de las semanas se había dado cuenta de que había sido una elección excelente, si no brillante.
Era un mundo más sencillo que aquel del que había huido.
Un mundo comprometido, por supuesto, tan desapasionadamente cruel como desapasionadamente justo, pero las crueldades eran de naturaleza más directa, realizadas con menos hipocresía y autojustificación.
En lugares como Dodge City y las Black Hills, hombres con aspiraciones desagradables se dedicaban a matar búfalos y a expulsar a los nativos americanos de sus tierras ancestrales.
Los negros, aunque técnicamente liberados por la Guerra Civil, seguían privados de derechos en el Sur.
Nobel había inventado hacía poco la dinamita, pues en su ingenuidad creía que el horror de su poder destructivo haría que la guerra quedara obsoleta.
Cruel, sí, sin lugar a dudas. Al mismo tiempo, en Menlo Park, en Nueva Jersey, Thomas Edison acababa de crear su primera bombilla incandescente de alta resistencia y, en Berlín, Robert Koch estaba realizando trabajos que conducirían al descubrimiento de la bacteria de la tuberculosis.
Un camarero con frac y camisa blanca almidonada se acercó a la mesa y se dirigió a la acompañante de Diógenes.
— Möchten Sie noch etwas trinken? —preguntó con un tono empalagoso.
— Noch ein Campari und Limonade, danke —respondió Livia.
Diógenes la miró. Estaba deslumbrante con su vestido de color lima pálido, el cual tenía un escote pronunciado y media docena de volantes.
— Das gleiche —le dijo Diógenes al camarero, que hizo una reverencia y desapareció. Interrumpido en sus cavilaciones, mantuvo la mirada fija en Livia—. Querida, creo que estás aprendiendo alemán incluso más rápido que italiano.
—Al menos cuando el tema se centra en cosas como pedir vestidos, cenas o diamantes, parezco una experta.
Por fortuna, Livia estaba resultando ser la compañera de viaje perfecta para una grand tour por el mundo.
Su educación literaria la había dotado de una mente curiosa y un encantador dominio del lenguaje.
Un desagradable cambio en la fortuna de su familia cuando era niña la había familiarizado con la autosuficiencia y la supervivencia, y mostraba una filosofía del momento que podría describirse como hedonismo culto.
Diógenes, que anteriormente se había visto obligado a hacer de tutor de sus affaires du coeur , se sorprendió al descubrir que Livia le enseñaba cosas no solo en las elegantes salas de los museos de arte, sino también en el tocador.
—Me alegra ver que disfrutas del Campari —le dijo—. Es un sabor que hay que aprender a apreciar.
—Es una de las muchas cosas destacadas de Italia, gracias a ti. Junto con la Piedad, el chiffon peignoir que me regalaste y el brote de amebiasis por esos mejillones que insististe en que comiera en Nápoles.
—Shigelosis. Mis disculpas.
Livia se encogió de hombros con una sonrisa.
—Siempre es arriesgado, ¿no? Comer en el restaurante más caro no es necesariamente más seguro que hacerlo en un bar de mala muerte de la calle Sullivan.
Aquel era un ejemplo perfecto de lo que en secreto más complacía a Diógenes: su indiferencia ante el término médico que él había utilizado para describir su malestar, a pesar de que la shigela no se descubriría hasta una o dos décadas después.
Sabía que Livia, siempre tan observadora, comprendía que había algo muy inusual en él, pero también era lo bastante inteligente como para no hacer preguntas ni mostrar una curiosidad excesiva.
—En cuanto al Campari —continuó—, ¿crees que las cochinillas trituradas añaden sabor al licor o simplemente le dan su tono carmín?
Se refería a los insectos de cuerpo blando que dotaban a la bebida de su color característico.
—Supongo que esa observación tenía la intención de disgustarme.
—Sonrió y bebió un sorbo, fingiendo reflexionar—.
Ya que lo preguntas, sospecho que la única contribución del insecto es el color.
Pero debo reconocer que, cada vez que bebo un sorbo, espero encontrar una pequeña pata peluda en la lengua, como una bardana en las polainas de un vaquero.
Diógenes se permitió reír.
— Touché!
En ese momento llegaron las bebidas nuevas y levantaron las copas. Luego, Diógenes se recostó de nuevo para disfrutar de la bebida y el aire cálido.
Antes barajaba la idea de utilizar sus conocimientos para obtener poder y prestigio, pero no tardó en darse cuenta de que sería un terrible error.
La arrogancia siempre provocaba una caída, a menudo mortal.
Ahora se veía a sí mismo como alguien más parecido a Charles Swann —aunque Proust no crearía ese personaje literario hasta treinta años después—, un hombre con buen gusto, erudición y riqueza que podía moverse con facilidad en círculos por debajo o por encima del suyo sin llamar la atención.
Una vez que se hubo asegurado de que el portal estaba cerrado de forma permanente, lo cual impediría cualquier conexión con su mundo anterior, hizo que Bloom y sus hombres desmontaran y limpiaran rápidamente el callejón.
Les pagó con generosidad y los despidió.
En su ausencia, Enoch Leng, envenenado por Constance, se había instalado en el callejón casi de inmediato, esperando a que el portal se reabriera, y Diógenes había aprovechado la oportunidad para marcar el rostro del moribundo, un regalo de despedida adecuado, dadas las circunstancias.
Se deshizo enseguida del reverendo Considine, que tuvo que regresar a Inglaterra por una citación urgente.
Para acallar cualquier pregunta, Diógenes se cercioró de que Considine donara una generosa suma a los ancianos metodistas locales, garantizando así que la Casa de la Industria y la Misión estuvieran bien abastecidas y cumplieran el propósito que sus fundadores tenían en mente.