El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Epílogo #2
100%

Epílogo #2

Eso le dejaba una tarea más que satisfacer antes de que él y Livia pudieran emprender el grand tour que había imaginado.

Subió a los pisos superiores de la mansión de Riverside Drive y exploró los escombros en busca de detalles incriminatorios.

Se sintió satisfecho al ver que el sótano, con sus colecciones y laboratorios, estaba completamente destruido y que la guarida pirata ahora quedaba oculta bajo los restos.

Cuando el Aloysius de esta línea temporal al fin se dirigiera al norte, de Nueva Orleans a Nueva York, pensó Diógenes, su hermano tendría que conformarse con el edificio Dakota.

Y, por supuesto, en esa línea temporal no tendría que enfrentarse a Leng.

Pero, una vez resueltos esos asuntos, tales pensamientos ya no preocupaban a Diógenes; cuando saltó a través del portal, había metido en la maleta suficientes medicinas y artículos de utilidad para mantenerse a sí mismo y a Livia relativamente a salvo de los problemas del día a día, y ahora se había embarcado en una nueva vida.

Sus cavilaciones se vieron interrumpidas de nuevo, esta vez por la imagen de un hombre que se acercaba.

—Livia —dijo—, princesa de mis sueños perfumados de violetas, ¿te importaría levantar tu lorgnette y dirigirla hacia la escalera principal solo un momento?

Su compañera hizo lo que le pedía.

—¿Ves a ese hombre de aspecto autoritario con unas patillas que tiemblan de superioridad moral?

Sosteniendo los anteojos por la montura dorada, Livia miró.

—No… ¡Sí! —Una pausa—. Qué criatura tan odiosa. Me recuerda a ese funcionario que detuvo el tren en la frontera austriaca y luego insistió en abrir el baúl y meter sus sucias manos en mi ropa interior.

—¡Qué acertada estás! Ese hombre es, de hecho, un funcionario de aduanas, y, al igual que el homúnculo que describes, rebosa la presunción propia de los burócratas de poca monta. Da la casualidad de que ha venido a verme.

—¿Qué asunto puedes tener con un hombre así?

—Un asunto muy importante, querida. Es el hijo ilegítimo de una mujer llamada Maria Schicklgruber. Se desconoce el nombre de su padre. Las historias sobre su nacimiento son tan numerosas como la cantidad de hijos ilegítimos que ha engendrado y que engendrará.

—Ya veo. —Bajó la lorgnette —. Pero ¿por qué ha venido a verte?

—Antes de responder, permíteme ofrecerte otro dato sobre él. Cuando alcanzó la mayoría de edad, cambió Schicklgruber por otro apellido igual de ridículo, que en alto alemán antiguo significa «alguien que vive en una cabaña».

—No me cabe duda de que es así, pero eso sigue sin explicar tu interés por él.

—Hablaremos de eso en breve; estará aquí en cualquier momento. Verás, le hice saber que, si me sellaba unos documentos de exportación falsificados, recibiría un soborno muy generoso, lo cual haría que su viaje hasta aquí mereciera mucho la pena. Ah, aquí viene.

Agarrando el bastón, Diógenes se levantó para saludar al invitado.

— Guten Abend, mein Herr .

—Hablo inglés bastante bien —dijo el hombre con un fuerte acento.

—Mejor que mejor. Esta es mi compañera, lady Livia. ¿Le gustaría acompañarnos?

—Gracias, pero no. —El funcionario miró a Livia de arriba abajo sin molestarse en disimular la suposición de que era una cortesana. Luego se sacudió un poco de polvo del antebrazo—. Vamos a tratar este asunto suyo, los dos, en privado. He tenido un viaje largo e incómodo hasta aquí.

—Muy bien. —Diógenes señaló hacia el recodo del balcón—. ¿Hablamos allí, con vistas a la cascada?

El hombre siguió a Diógenes mientras doblaban la esquina para encontrarse con otro largo tramo de balcón, invisible desde la fachada y deshabitado a esa hora de la tarde. Cuando se detuvieron junto a la barandilla, una brisa dispersa, cubierta por la fina niebla de la cascada, los envolvió.

— Verflucht! —dijo el hombre, molesto.

—Por la tarde, el viento a veces trae un poco de nebel de la cascada. Por eso el balcón está tan desolado en este momento. Refrescante, ¿no le parece?

El hombre hizo un gesto de impaciencia con la mano.

— Laßt uns unsere Geschäfte schnell erledigen . Tiene unos papeles que sellar, ¿no?

—No.

El funcionario lo miró sin comprender.

—¿No? ¿Qué quiere decir?

—Fue un engaño por mi parte. Le he hecho venir por nuestra sirvienta en el hotel, una tal fräulein Rostig.

La semana pasada, cuando cruzó la frontera desde Eslovenia con su prometido, la hizo pasar un mal rato.

De hecho, los tuvo esperando más de una hora.

Le he hecho venir para que la compense por su rudeza.

Mientras empezaba a asimilar la afrenta, una gran ráfaga de viento lo empapó de pies a cabeza.

—Disfrutando del agua, por lo que veo —añadió Diógenes, balanceando el bastón—. Una idea excelente.

—¡Cómo se atreve…!

El hombre dio media vuelta con intención de marcharse, pero Diógenes le bloqueó el paso.

—No he terminado. No solo puso trabas a nuestra sirvienta, sino que, al hurgar en su equipaje, rompió su vestido más caro. Por tanto, le cobraré veinte florines en compensación por su grosería y su torpeza.

—¡Quítese de en medio! —exclamó el hombre con los ojos enrojecidos por la rabia.

—No hasta que haga lo que debe hacer un caballero: pagar.

Con un juramento, el hombre levantó el puño y embistió como un toro enfurecido.

Sin embargo, Diógenes se limitó a levantar su bastón para recibir la embestida y, al hacerlo, activó una espada de veinte centímetros que brotó del extremo, rápida y silenciosa como la lengua de una víbora, de modo que el hombre se empaló a sí mismo hasta la empuñadura con su propia inercia.

La mirada de ira en su rostro trocó en sorpresa.

Diógenes llevó al hombre dos pasos hacia atrás hasta la barandilla, y luego lo levantó en volandas y lo dejó colgando un momento.

Después inclinó el bastón y lo vio deslizarse por la hoja, con las piernas agitándose, hasta caer por la estruendosa cascada.

Envainó la daga presionando el bastón contra el suelo con un sonoro ademán.

Entonces miró a su alrededor para asegurarse de que no había testigos y se asomó al balcón para echar un último vistazo a la rugiente cascada. El cuerpo había desaparecido.

Volvió a doblar la esquina y se sentó.

—Bueno, ¿por dónde íbamos? Creo que estábamos a punto de discutir nuestro próximo destino.

—Querido, estás un poco mojado. ¿Qué le ha pasado a ese hombrecillo desagradable?

—Ha salido del balcón por otro lado. —Hizo una pausa—. Entre nous , lo he ayudado a pasar por encima de la barandilla y a caer por la katarakt .

Livia lo miró largo rato y luego dijo:

—¿Por qué?

¿Por qué, en efecto? Aunque no sentía el menor deseo de convertir aquel universo paralelo en su dominio, Diógenes había empezado a sentir un interés repentino en su bienestar.

Y se había dado cuenta de que unos pequeños ajustes —retoques, se podría decir— podrían ahorrarle a su mundo adoptivo una gran agonía y la pérdida de la inocencia.

Bebió un sorbo y, en una decisión repentina, dejó la copa sobre la mesa, se incorporó, bajó las piernas al suelo y se inclinó hacia delante.

—¿Puedo confiarte algo, mi nereida del azul Danubio?

—Solo si es incriminatorio.

—En efecto, lo es. ¿Recuerdas que te dije que ese execrable funcionario de aduanas había cambiado de nombre? Antes se llamaba Shicklgruber. —Hizo una pausa—. Ahora se llama Hitler.

Livia lo miró sin cambiar de expresión.

—Nunca he oído hablar de él.

—Por supuesto que no. Pero el siglo XX conocerá ese nombre en la persona de su hijo, que nacerá dentro de ocho años y se llamará Adolf.

O, mejor dicho, el mundo lo habría conocido.

Pero, gracias al pequeño accidente de hoy, el nombre de Hitler permanecerá en el anonimato para siempre y, si el destino es benévolo, se salvarán muchos millones de vidas.

La mirada de Livia se mantuvo firme, y tenía la tez un poco pálida.

—En nuestro grand tour , hay otros dos lugares que deseo visitar por la misma razón —añadió Diógenes.

—¿Y cuáles son?

—¿Te gustaría ver el Hermitage de San Petersburgo, en Rusia?

—No especialmente. He oído que en Rusia hace frío.

—En verano, algunas partes son muy bonitas. Te propongo que visitemos la incomparable Cámara de Ámbar del palacio de Catalina, la sala más hermosa del mundo, mientras aún sigue en pie. Nuestra siguiente parada será Pekín, en China.

Ella se lo quedó mirando.

—¿A quién buscarás en San Petersburgo y Pekín?

—A otros dos padres.

—¿Con el mismo propósito?

—Sí. Y, después de eso —añadió con repentina alegría—, reservaremos el pasaje de vuelta a San Francisco, de camino a… ¿nuestras nupcias en Nueva York.

Entonces dio un golpecito a algo que llevaba escondido en la chaqueta y que podía ser o no un anillo de compromiso.

Ella guardó silencio tanto rato que Diógenes empezó a temer haber revelado demasiado. Por fin, Livia habló:

—Antes de responder, tengo una pregunta que hacerte.

—¿Cuál es, mi paloma? ¿Quieres que me arrodille?

Pero ella volvió a quedarse en silencio. Entonces recuperó el color repentinamente.

—¿Me convertiré en la baronesa de Jayeaux? ¿O tomaré tu verdadero apellido, sea cual sea?

Y, cuando ella se echó a reír, Diógenes se dio cuenta de que, a falta de una expresión mejor, acababa de probar su propia medicina.

—¡Tú…! —dijo, pero no sabía qué añadir.

—Eso, cariño, es una represalia por los bichos del color del Campari. Pero no hacía falta que preguntaras y lo sabes. Querido Cedric, tú lideras y yo te sigo.

Él la miró y le devolvió la sonrisa. Luego bebió un sorbo de aperitivo y se recostó de nuevo con los ojos cerrados, reflexionando sobre los caprichos del destino y el tiempo mientras el sol poniente derramaba una luz color canela sobre las nubes bajas de los bosques de Viena.