El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 70
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Capítulo 70

D’Agosta les pisaba los talones a Pendergast y Proctor mientras corrían hacia el sótano, siguiendo el sonido de un disparo de escopeta.

Cuando llegaron al rellano y enfilaron un pasillo, se oyó un segundo disparo, seguido de un tercero.

Los ecos se apagaron al acercarse a la puerta del laboratorio.

Estaba cerrada, pero Pendergast la abrió de un empujón y entraron.

La habitación estaba en penumbra y flotaba un humo acre en el aire. El resplandor de las luces rojas de emergencia parpadeaba y bailaba, apareciendo y desapareciendo a medida que la niebla se desplazaba. Olía a componentes electrónicos quemados y nitrocelulosa.

Mientras D’Agosta se quedaba allí quieto sin comprender nada, Pendergast y Proctor empezaron a moverse en la oscuridad como dos figuras fantasmales.

Oyó el sonido de interruptores que se encendían y apagaban sin éxito y vio una fuerte chispa, seguida de una maldición de Proctor.

Y entonces las luces del techo se encendieron y desde arriba llegó el rugido de un extractor de aire.

Con la estancia iluminada, vio a Constance Greene de rodillas.

Llevaba una bata y cerca había una silla de ruedas volcada y una escopeta.

—¡Constance! —gritó Pendergast—. ¿Qué ha pasado?

—Ayúdame a levantarme, por favor —dijo ella entre jadeos.

Con delicadeza, Pendergast la ayudó a ponerse en pie mientras D’Agosta enderezaba la silla de ruedas y la sentaba en ella.

—¿Estás bien? —preguntó Pendergast.

—Nunca he estado mejor —acertó a responder Constance, a pesar de que se retorcía de dolor.

Proctor los observó en silencio y luego se acercó a los restos humeantes para evaluar los daños.

—Señor Pendergast —dijo, dándose la vuelta.

El agente se lo quedó mirando y, sin mediar palabra, Proctor señaló la zona del dispositivo que había recibido el disparo.

El cerebro central de la máquina era una violenta maraña de cables de cobre, trozos de plástico, placas de circuitos destrozadas y otros restos estampados con diversos colores y etiquetas.

Los daños eran tan grandes que D’Agosta podía ver a través de las entrañas destrozadas de la máquina la pared que había detrás, salpicada de impactos.

—Se acabó… —murmuró Proctor casi para sí mismo.

Hubo un breve silencio mientras Pendergast se acercaba y los dos examinaban los daños. Entonces Pendergast se volvió hacia Constance.

—¿Por qué has destruido la máquina? —preguntó al cabo de un momento.

—Porque ninguno de vosotros iba a hacerlo —repuso.

—Antes de ese primer disparo de escopeta, me pareció oír el débil sonido de una voz. ¿Quién…?

Con una expresión de desconcierto muy poco habitual en él, Pendergast dejó la pregunta a medias.

—Leng —dijo ella.

—¿Qué?

—Leng… —Constance cerró los ojos y se tomó un momento para recuperar el aliento—. Ha venido. Quería algo.

—¿Y?

—Se lo di.

A continuación hubo otro silencio, durante el cual Proctor se agachó a coger la escopeta.

La giró entre sus manos y luego accionó el cerrojo un par de veces.

De ella salieron dos cartuchos, que recogió y se guardó en el bolsillo.

Luego apoyó el arma contra la pared y se volvió hacia Pendergast. Ambos cruzaron una mirada extraña.

Entonces, con unos ojos brillantes, Pendergast miró la escopeta, después el portal y al fin a Constance.

Luego se acercó a la silla de ruedas y la abrazó suavemente.

—Voy a llevarte a la cama —dijo con un tono que no sonaba ni paternal ni fraternal—. Vincent, ¿te importaría abrir la puerta y ayudarnos con el ascensor, por favor?

—De acuerdo. —D’Agosta se dirigió a la salida y les sostuvo la puerta—. ¿Qué…? —Vaciló un momento—. ¿Qué le vamos a decir a Mime?

Pendergast puso mala cara.

—Más tarde, amigo mío.

Acunando a Constance, fue hacia la puerta y, mientras lo hacía, D’Agosta vio que ella levantaba una mano para acariciarle la mejilla y le susurraba algo al oído. Avergonzado, D’Agosta apartó la mirada, pero aun así la oyó decir: «Gracias por traerme a casa».

—Proctor —dijo Pendergast, volviendo un poco la cabeza—, antes de acompañarnos arriba, ¿le importaría asegurarse de que este desastre se estabiliza y no empieza a arder?

—Por supuesto.

—Muchas gracias.

Pendergast desapareció tras la esquina y se adentró en el pasillo, seguido de D’Agosta.

Proctor pasó diez minutos comprobando los principales cables eléctricos y algunos de los componentes más inestables para cerciorarse de que el dispositivo estaba inerte y seguiría estándolo.

Una vez cumplida su tarea, recorrió la habitación, iluminando cada rincón con la linterna.

Recogió los casquillos vacíos y los guardó en el bolsillo con los demás.

Cuando se disponía a salir, vio tres pequeñas gotas de sangre.

Estaban en la base de la plataforma donde normalmente aparecía el portal.

Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó un pañuelo, se arrodilló y las limpió con cuidado.

—Bien hecho, Constance —murmuró en voz baja y con admiración mientras guardaba el pañuelo en el bolsillo—. Muy bien hecho, de verdad.

Luego se levantó, apagó la luz de emergencia y, tras cerrar la puerta con llave, se adentró en la penumbra del pasillo subterráneo.