El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 69
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Capítulo 69

La conversación en la biblioteca continuó mientras el silencio inundaba el resto de la enorme casa.

La señora Trask estaba en la cocina leyendo una novela de Agatha Christie, con los pies sobre un taburete después de un largo día y una tetera de Earl Grey calentándose en la placa.

El resto del servicio doméstico se había retirado.

Seis metros por debajo de la biblioteca, en el sótano de la mansión, había una antigua cámara frigorífica revestida de zinc que ahora albergaba la máquina del tiempo.

Tenía un aspecto distinto al de antes. Mime había añadido unidades de procesamiento adicionales, junto con un sistema de respaldo y otras mejoras para hacerla más potente y estable.

La sala estaba limpia y ordenada, y solo se oía un leve zumbido.

Un conjunto de equipos de diagnóstico, obtenidos e instalados por Mime, parpadeaba y brillaba en una estantería situada contra la pared donde Proctor había pasado horas fabricando balas.

Esos dispositivos eran la única fuente de iluminación.

Se oyó un suave tictac, seguido de un chasquido mecánico más fuerte cuando el temporizador terminó la cuenta atrás.

Las subunidades de la gran máquina empezaron a despertar de su letargo electromecánico.

Mime había mejorado el mecanismo maestro para que no solo pudiera ser manejado por una única persona, sino también de forma remota.

Eso era lo que estaba ocurriendo en ese momento.

Cada paso necesario para ponerla en funcionamiento se estaba llevando a cabo en orden sucesivo.

Un módulo cobraba vida, realizaba un autodiagnóstico y pasaba el control a la siguiente etapa de la cadena.

Gracias a las optimizaciones de Mime, la fuerza que hacía temblar el suelo y que antes había sido necesaria para atravesar el espacio-tiempo se redujo a un leve rugido, como el de un coche de carreras al ralentí.

Durante tres minutos, y luego cinco, el portal brilló entre los polos.

Su superficie ovoide relucía como el mercurio e inundó el oscuro laboratorio de un brillo cegador.

Entonces la luz fluctuó abruptamente. El portal se atenuó al consumirse por un momento parte de su energía, y el centro de su superficie parpadeó, se fusionó en un forma humana y un hombre atravesó el portal.

Enoch Leng se tambaleó un momento y luego se enderezó. Tras sacudir la cabeza para despejarse, se agarró a la barandilla del emisor y parpadeó varias veces. Luego respiró hondo, como para recuperarse después de un viaje difícil.

Pero no se había recuperado. Tenía la ropa rasgada y sucia y las uñas llenas de mugre.

Se veían restos de vómito seco en la parte trasera de la camisa y en los bajos de los pantalones.

Su piel mostraba una palidez mortal, excepto por su mejilla izquierda, que presentaba una raya negra y roja con ampollas quemadas. En la mano llevaba un pesado revólver.

De repente, tosió y se agachó por un espasmo que le retorcía las entrañas. Cuando se hubo recuperado, su mirada hambrienta recorrió el laboratorio, absorbiéndolo todo con la luz reflejada. Sus ojos se detuvieron en una esquina lejana, aún a oscuras a pesar de la violenta intensidad de la luz.

—¡Tú! —gritó, bamboleándose.

—Yo —respondió una voz melodiosa.

Constance Greene estaba sentada en una silla de ruedas.

Llevaba una bata de seda y las piernas tapadas con una manta gruesa, y tenía la tez pálida y ojeras.

A su lado había un pequeño carrito médico cuyo acero brillaba a la luz del portal.

Sobre ella había tres objetos: un libro abierto, un frasco pequeño de medicina y un bisturí quirúrgico grande.

Ambos se miraron y, sin apartar la vista de Leng, Constance extendió la mano hacia el bisturí.

Leng levantó la pistola al tiempo que negaba con la cabeza y hacía un chasquido de desaprobación.

—Las manos en el regazo, querida.

Ella obedeció y, agarrándose a la barandilla, Leng se situó delante del portal resplandeciente.

Al cabo de un instante, Constance habló de nuevo.

—Sabía que, más pronto que tarde, suponiendo que no hubieras acabado aplastado en tu mansión, aparecerías en ese callejón asqueroso. Podría haber dejado la máquina apagada y haberte dejado morir, pero no lo hice. Al contrario, la encendí, sabiendo que vendrías.

—Veo que has conseguido engañar a la muerte —dijo Leng con voz grave y ronca—. Sin duda, gracias a los milagros de la medicina del siglo XXI .

Constance no respondió y él se quedó donde estaba, balanceándose ligeramente.

—Me alegro de que hayas sobrevivido —continuó—.

Yo también busco los milagros de la medicina del siglo XXI , y tú vas a ayudarme con eso.

— Hizo un gesto con el cañón de la pistola y siguió apuntándole incluso cuando se giró parcialmente, tosiendo y con arcadas, presa de otro ataque de calambres.

Pero no tardó en recuperarse y escupió una flema hacia la pared más cercana—.

Cuando desaparecisteis, supe que habíais pasado por ese espectáculo de linterna mágica.

Bueno, pues ahora yo también. No os lo esperabais, ¿verdad?

No importa, porque ahora estoy aquí y vais a reparar el dolor y el sufrimiento que me habéis causado.

—Volvió a agitar la pistola—. Y bien, ¿dónde estamos?

—En un sótano.

—No seas tonta. ¿Dónde estamos?

—En Nueva York. En nuestra casa.

—¿«Nuestra»?

—De Aloysius y mía.

—Aloysius… Pendergast. Qué hogareño todo.

Leng intentó sonreír, pero su rostro se contorsionó por otro espasmo de dolor.

—En tu antigua casa.

Un tembloroso Leng respiró hondo.

—Basta de burlas. Necesito que me consigas el antídoto, ese que me dijiste que no existía en mi siglo. Y por tu bien te sugiero que te des prisa, porque puede que esté perdiendo el contacto con la realidad, lo cual me vuelve impredecible.

—¿Es un efecto secundario del veneno? —preguntó Constance, que añadió—: ¿Qué te ha pasado en la cara?

—Mientras esperaba en el callejón, ese pernicioso clérigo me hizo una visita.

—¿Te refieres al reverendo Considine?

—Tenía algo brillante en la mano y, antes de que pudiera reaccionar, me marcó la cara.

Es la marca que llevaban los exiliados cuando eran enviados a las colonias penales de Australia.

Mientras caía hacia atrás, oí que decía: «Aquí tienes un regalo de despedida de Constance».

Ahora veo que era uno de los tuyos, pequeña arpía.

—Qué detalle por su parte —murmuró Constance.

—No perdamos más tiempo. Quiero atención médica ahora mismo. Como ya he dicho, no te conviene que mis delirios se agraven. Sé lo que es un teléfono, úsalo. Consígueme un médico ya.

—No hace falta que me amenaces —repuso ella—. De hecho, no hay motivo para salir de esta habitación. Tengo el antídoto aquí mismo —añadió, señalando con la cabeza la mesa metálica que tenía a su lado.

Mientras Leng seguía su mirada, Constance cogió un frasco de medicina con una pequeña etiqueta.

—Eso es muy práctico, qué duda cabe. ¿Y cómo sé que no es otro veneno?

—Porque sería un truco demasiado barato. —Giró la tapa del frasco y rompió el precinto—. Has llegado en buen momento. Hace muy poco que el verde de indocianina está disponible como inhibidor de la alfa-amanitina. Antes no existía una cura verdadera para la seta de la muerte.

Mientras Leng observaba, ella bebió un sorbo.

—Uf —dijo antes de poner el tapón y devolver el frasco a la bandeja del carrito médico—. Qué amargo.

—Dámelo.

Con el rostro marcado, los ojos enloquecidos y el halo infernal del portal ardiendo detrás de él, parecía uno de los ángeles caídos de Lucifer.

—Lo haré. ¿Crees que he estado esperando en este sitio oscuro y húmedo por una cuestión de salud?

Leng se rio, burlón, y la miró con recelo, como si Constance todavía estuviera febril.

—Estoy harto. ¡Dámelo!

—Muy bien.

Mientras Leng le apuntaba con el arma, ella se agachó para empujar el carrito y hacerlo rodar por el suelo irregular.

El carrito chocó contra el poste de la barandilla del emisor y retrocedió unos centímetros, lo cual hizo que el bisturí y el frasco de medicinas se tambalearan ligeramente por el impacto.

Leng observó a Constance reclinarse en la silla de ruedas.

A pesar de su bravuconería, era obvio que empujar el carrito médico no solo le había resultado doloroso, sino también agotador.

Cogió el bisturí de la bandeja y lo lanzó a un rincón oscuro.

Después dejó el revólver, cogió el frasco y leyó la etiqueta con los ojos llorosos.

Allí estaba: verde de indocianina, perfecta y oficialmente impreso.

Estabilizándose ante otra oleada de dolor espasmódico, desenroscó la tapa, la tiró y se bebió la mitad de la botella.

El líquido era amargo. No podía encontrarse peor de lo que ya se encontraba, y no era una botella grande, así que la levantó por segunda vez y tragó hasta la última gota.

Luego la tiró. Al oír cómo se rompía en pedazos contra el suelo, levantó la vista hacia Constance, que seguía sentada en la silla. Sin embargo, la manta que le cubría las piernas había caído, dejando al descubierto una escopeta que le apuntaba y el dedo de Constance en el gatillo.

—Te habrás preguntado por qué apareció de repente ese portal después de cinco días de espera agonizante —dijo ella—. Era un cebo y picaste. No me bastaba con matarte en tu siglo. También quería verte morir en el mío.

—¡Maldita bruja!

Cuando Leng cogió el revólver de la bandeja, Constance le disparó en el pecho con la escopeta del calibre 12.

El cartucho doble cero lo lanzó hacia el portal y le abrió un agujero en el abdomen mientras su arma se disparaba inútilmente y la bala salía desviada.

La silla de ruedas de Constance se tambaleó a causa del retroceso e impactó en la pared.

Luego vio a Leng caer de espaldas en el túnel brillante, con sangre y vísceras brotando de su cuerpo.

El portal se oscureció por un instante, como si estuviera absorbiendo comida, y luego volvió a brillar con todo su horrible poder.

Constance se quedó sentada un momento, respirando con dificultad. En el laboratorio solo se oía el leve zumbido del dispositivo. Era como si Leng nunca hubiera estado allí.

Empujando la silla unos metros a lo largo de la pared más cercana, se estiró y abrió con dificultad las dos cajas de interruptores industriales que alimentaban la máquina con sus cien mil vatios.

Tras pulsar todos los interruptores SF6, el portal se apagó y el zumbido se detuvo.

Echó un último vistazo a los paneles y luego giró la clavija trifásica a la posición de apagado.

Entonces movió la silla de ruedas al centro de la habitación, oscura salvo por el resplandor del equipo de monitorización de Mime.

Se detuvo una vez para comprobar el vendaje que llevaba debajo de la bata y recuperar el aliento.

Luego, volteando la silla de ruedas con una mano, miró la máquina, amartilló la escopeta y la levantó.

La primera explosión destruyó la consola de control principal, abriéndola de par en par, lo que dejó al descubierto una red increíblemente compleja de circuitos y cableado e hizo saltar por los aires fragmentos de placas lógicas y trozos de microcircuitos.

Al introducir otro cartucho en la recámara, se dio cuenta de que el impacto había arrancado un panel interno de refuerzo y había dejado a la vista una sección de tecnología mucho más antigua.

Levantó la escopeta, apuntó con gran esfuerzo y disparó al corazón de la máquina, la cual destrozó en un caos de transistores pulverizados, tubos de vacío y cobre.

La explosión hizo que la silla de ruedas retrocediera de nuevo, y esta vez volcó. Sin fuerzas y dolorida, Constance dejó que el arma se le resbalara de la mano mientras apoyaba la cabeza en el frío suelo y oía voces cada vez más fuertes en el pasillo.