Capítulo 68
Pasaron cinco días hasta que D’Agosta aceptó la invitación de Pendergast y volvió una tarde a la mansión de Riverside Drive para tomar el té.
Nada parecía haber cambiado. La señora Trask abrió la puerta con sus halagos habituales y, cuando D’Agosta se acercó a la entrada de la biblioteca, vio a Pendergast en su sillón habitual junto a la chimenea.
Sobre el banco del clavicordio había una pila ordenada de partituras con abundantes anotaciones y el estilete recién pulido de Constance encima a modo de pisapapeles.
Tanto la música como el arma esperaban la recuperación de su dueña.
Sin embargo, para D’Agosta todo era distinto.
Su aventura en el siglo XIX le había brindado una visión nueva y mucho más siniestra del mundo que ningún viaje a un lugar lejano podría haberle dado.
Desde su regreso, tras un reencuentro alegre y torpe con Laura, se sentía inestable, como un marinero recién arribado a puerto y todavía mareado.
Se despertaba en mitad de la noche, se incorporaba y respiraba hondo para asegurarse de que el aire estaba limpio, sin los constantes olores del humo del carbón, el sebo y el estiércol.
Cuando entró, Pendergast se lo quedó mirando y señaló lánguidamente una butaca.
—Vincent, amigo mío. Me alegro de que hayas venido por fin.
—Lo siento —respondió D’Agosta al acercarse al asiento—. Tuve que hacer muchas maniobras después de pasar dos semanas desaparecido.
—¿Todo bien por ahí?
—Ahora sí.
—¿Y cómo está Laura?
—Bien, gracias.
De hecho, ese había sido tal vez el único y maravilloso efecto secundario de su extraño viaje.
Cuanto más tiempo estaba fuera, cuanto más tiempo llevaba desaparecido —mientras todos imaginaban lo peor y emprendían una búsqueda cada vez más amplia que no daba ningún resultado—, más ansiosa se ponía ella.
Su imaginación (según le había dicho) estaba desbocada y se le habían pasado por la cabeza escenarios descabellados, como que había decidido dejarlo todo y volver a Moose Jaw, en Canadá, para escribir otro libro, o que se había fugado a Ibiza con alguna amante que le había estado ocultando.
Tras una semana sin noticias, los escenarios se habían vuelto macabros: suicidio, una prisión turca o asesinado por la mafia, con su cuerpo uniéndose al de Jimmy Hoffa.
Cuando le contó la extraña realidad, ella escuchó en silencio. Y, cuando le preguntó si le creía, respondió: «Nada de lo que ocurre cuando trabajas con Pendergast me sorprende. —Y añadió—: Ahora da igual, Vinnie. Te tengo de vuelta. He aprendido por las malas que eso es lo único que me importa».
Cuando llegó a la biblioteca, Proctor estaba en el umbral con aire taciturno y el tipo extraño en silla de ruedas, al que había visto fugazmente a su regreso, se encontraba al otro lado de Pendergast, bebiendo chocolate caliente en la penumbra.
D’Agosta supo que se llamaba Mime, una especie de experto en informática al que Pendergast consultaba de vez en cuando y que había ayudado a Proctor a arreglar la máquina.
Pendergast le había explicado que la embriopatía por talidomida le dejó las piernas deformadas y una mano casi inútil.
Pero la naturaleza había dotado a ese cuerpo, por lo demás discapacitado, de una inteligencia trascendental.
Desde muy temprana edad, había rechazado la compañía de los demás y se había consagrado a las matemáticas, la criptografía, la ingeniería y la programación informática.
Una vez que Proctor por fin convenció a Mime de que abandonara en un jet medicalizado su santuario en River Pointe, en Ohio, la parte más difícil de la reparación de la máquina ya estaba cubierta. Mime lo había resuelto con brillantez.
Pero, mientras bebía un sorbo de té, D’Agosta vio que a Mime, a pesar de su supuesto carácter cerrado, le encantaba hablar y disfrutaba teniendo público.
Delante del fuego, relató con orgullo los pasos que había seguido no solo para que el dispositivo funcionara, sino también para mejorarlo.
Mientras hablaba, Proctor se acomodó en un sillón cerca de la entrada de la biblioteca.
—Lo más difícil fue el tiempo de inactividad —les contó Mime—. Me llevó dos días, o más bien tres, comprender el funcionamiento básico. ¡Era una auténtica mierda! Después pasé una eternidad esperándolo a él —dijo, mirando a Proctor—. Tardó una eternidad en conseguir las piezas.
—Encuentre usted un bolómetro de paladio y una termopila unimétrica a las tres de la madrugada —repuso Proctor, que no parecía tener en gran estima la genialidad de Mime. D’Agosta solo podía imaginar las numerosas horas que habían pasado juntos: Mime dando órdenes y Proctor haciendo el trabajo.
—Pendergast, amigo mío, no me malinterprete. Wild Bill Hickock es un as limpiando armas y afilando cuchillos, pero otra cosa muy distinta es pedirle una soldadura delicada —dijo, negando con la cabeza, pálida y calva salvo por unos pocos cabellos rubios.
—Debe reconocer que Proctor hizo realidad sus instrucciones y le proporcionó información de un valor incalculable sobre cómo funcionaba inicialmente la máquina —observó Pendergast con delicadeza.
Mime parecía estar a punto de objetar, pero cambió de opinión y dio un trago al chocolate.
—Gracias a ustedes dos —continuó Pendergast—, uno con su mente y el otro con sus manos, hemos regresado a casa sanos y salvos. Y por eso les estaremos eternamente agradecidos.
Al oírlo, Mime sonrió. Proctor, en cambio, permaneció impasible; aunque no podía estar seguro, a D’Agosta le pareció que se le hinchaba un poco el pecho de orgullo.
—¿Cómo está Constance? —preguntó D’Agosta, que aprovechó la oportunidad para cambiar de tema.
—Mejorando constantemente, gracias. Tiene una constitución muy fuerte.
Quince minutos más de retraso en 1881 y…
—Sacudió la cabeza—. Fue necesaria una transfusión masiva: seis unidades de glóbulos rojos en menos de una hora.
Por no hablar de la cirugía y la administración de antibióticos para tratar una laceración grave en la cavidad peritoneal.
—¿Seis unidades? —repitió D’Agosta.
—En menos de una hora.
—Dios mío. —Seis unidades para alguien tan menuda como Constance… Solo pudo negar con la cabeza—. ¿Y Binky y Joe?
—Sin duda, le habría gustado tener más tiempo para despedirse de su familia, pero ya está hecho, y ha sido lo mejor.
Durante esas últimas semanas hizo los preparativos y lo organizó todo para que estuvieran bien atendidos.
La mansión está a su nombre, al igual que una fortuna considerable.
Féline y Mary procurarán que su educación y sus necesidades estén cubiertas.
Sin duda, Murphy será un buen sustituto como figura paterna.
Y, a estas alturas, Leng está moribundo o muerto, si no por el derrumbe de la mansión, por el veneno que le administró Constance.
Hubo un breve silencio y Mime volvió al tema sobre el cual D’Agosta supuso que estaba insistiendo a Pendergast cuando entró.
—Mire, tiene que dejar de dar vueltas a la pregunta de qué hacer con esa máquina. Solo lo está posponiendo. ¿Es consciente de lo que es capaz de hacer ahora? ¡Apenas ha empezado a descubrirlo! Solo tiene que tomar la decisión y verá las cosas increíbles que puedo hacer con ella.
—Tal vez debería hacer una llamada y preparar el avión para llevarlo de vuelta a Ohio —respondió Pendergast con brusquedad.
Mime dio una palmada al reposabrazos de la silla de ruedas.
—¡No sea remilgado! Ya sabe de lo que estoy hablando. No solo la he arreglado, sino que la he mejorado. ¡Ahora no solo puede manejarla una única persona, sino que es mucho mejor que antes gracias a un servidor! ¿Qué me dice?
—El potencial para que ocurra una catástrofe es inimaginable.
—Solo en las manos equivocadas —dijo Mime—.
Las cosas no salieron bien, pero no tiene por qué volver a suceder.
Piense en su capacidad para ayudar a la humanidad.
Si puedo encontrar una manera de llevar ese trasto a un momento futuro lo bastante lejano, podríamos conseguir todo tipo de avances: microrredes que funcionen con fusión fría, grafeno, medicamentos antivirales y antitumorales… ¡Piénselo!
Proctor respondió con una burla silenciosa y un movimiento de cabeza.
—El potencial para el desastre es aún mayor —respondió Pendergast tras un breve silencio—.
De hecho, lo reto a que piense en un solo avance tecnológico que en última instancia no se haya vuelto también contra la humanidad.
La energía nuclear y la bomba. La genética y la eutanasia.
Internet… Bueno, ya he dejado claro mi punto de vista.
—Podría nombrar cien avances que han mejorado nuestra vida —dijo Mime, que miró alternativamente a Pendergast y Proctor—. Los Twinkies, por ejemplo. Pero tengo la sensación de que está jugando conmigo, agente.
—¿En qué sentido?
—Está en conflicto. Y supongo que, hasta que se decida, lo guardará bajo llave.
Evitará responder a mis preguntas. Pero estoy seguro de que, con el tiempo, acabará compartiendo mi punto de vista.
Verá el potencial que tiene para el avance humano.
Esa máquina es demasiado poderosa como para no usarla.
Nadie puede tomar una decisión tan importante por sí solo.
Mime se detuvo y D’Agosta miró a Pendergast sin saber si su silencio era una afirmación o lo contrario.
Mime suspiró y, con su voz aguda y susurrante, sonó casi como un silbido.
—Ahora que funciona, al menos deme tiempo para estudiarla.
He hecho las reparaciones necesarias y algunas más, pero es como le dije: quienquiera que diseñó esa cosa era el Mozart del silicio.
Al principio estaba demasiado ocupado para hacer ingeniería inversa del núcleo, y, de todos modos, sus procesadores eran prácticamente lo único que seguía funcionando, gracias a Dios, pero se necesitó un pensamiento muy avanzado del siglo XXII para diseñarla. Si yo…
Pendergast levantó una mano para frenar el torrente de palabras.
—¡Mime! Nos ha salvado. Gracias. Sería una negligencia por mi parte no permitírselo, pero comprenderá que necesito tiempo para pensar en las repercusiones. No destruiré la máquina, se lo prometo. Pero no voy a permitir que se vuelva a utilizar sin antes pensarlo y planearlo muy detenidamente.
—¡Vale, vale! ¡Me está dando migajas! —En silencio y molesto, Mime hizo rodar la silla de ruedas hacia delante y hacia atrás—. Supongo que aceptaré lo que me den.
—Mientras tanto, puede seguir examinándola, siempre y cuando prometa no usarla.
—Solo la utilizaré una o dos veces para hacer unos cuantos viajes a 1983 y ocuparme de Johnny Williford, el matón que no paraba de echarme bicarbonato en la crema de trigo durante la pausa para comer.
El comentario fue recibido con un silencio gélido.
—¡Es broma! ¿No he aceptado que solo la estudiaré? Por supuesto que no la pondré en marcha. ¿Es que aquí todo el mundo ha perdido el sentido del humor?
Y entonces se echó a reír, pero se rio solo.