Capítulo 67
D’Agosta no dudó ni un segundo. Al otro lado de aquella puerta resplandeciente estaba Laura.
Se acercó al portal, sintiendo de nuevo aquella energía sobrenatural, caliente y fría al mismo tiempo, que le erizaba el vello de la nuca, y saltó.
En ese mismo instante, la puerta parpadeó como un trozo de tela cortado en diagonal por un cuchillo invisible; luego tembló, se debilitó y acabó desapareciendo.
Sorprendido, D’Agosta cayó sobre los adoquines del callejón. Después echó a rodar, utilizando por instinto el hombro para amortiguar la caída, que aun así fue muy dolorosa.
—¿Qué demonios…? —gritó mientras yacía en el suelo.
La expresión de Pendergast era de puro horror y desesperación, y él sintió la misma locura y furia repentinas. ¿Qué clase de broma enfermiza y retorcida les estaba gastando el destino?
Con un chasquido que no era un sonido, sino un fenómeno que no tenía nada que ver con sus cinco sentidos, el portal volvió a cobrar vida de repente y su resplandor llenó de nuevo el callejón. D’Agosta no necesitó una segunda invitación.
Después de saltar, empezó a tambalearse y estuvo a punto de caer al suelo del laboratorio subterráneo de Pendergast. Arrodillado, miró a su alrededor. Proctor estaba allí, observándolo, junto con un hombre en silla de ruedas.
—¡Prepárense! —gritó—. ¡Pendergast y Constance están atravesando el portal! ¡Ella tiene una puñalada en el abdomen y se está desangrando!
El portal onduló brevemente, se iluminó y, tras un brillo cegador, Pendergast salió tambaleándose con Constance en brazos. Proctor lo sujetó con mano firme.
—Llame a una ambulancia —gritó Pendergast—. Necesitamos sangre AB negativa, y mucha. —Se volvió hacia D’Agosta—. Échame una mano.
Mientras ayudaba a Pendergast a llevar a Constance al pasillo, lo último que vio D’Agosta fue a Proctor cogiendo el teléfono en el preciso instante en que el desconocido en silla de ruedas apagaba la máquina.