El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 66
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Capítulo 66

Veinte minutos después de dejar atrás el caos del Grand Circle, Diógenes se detuvo ante la entrada fortificada del callejón. Bloom debía de estar esperando al otro lado, porque en ese momento se abrió paso entre dos peones fornidos y salió a la acera.

—¡Mi señor! —dijo, mirando a Diógenes de arriba abajo—. ¿Qué ha pasado? ¿Le han abordado?

Diógenes se dio cuenta de que se refería a su atuendo, antes resplandeciente y ahora despojado de sus volantes y encajes.

También iba cubierto de hollín y ceniza.

Por encima de los tejados del lado norte de la avenida, aún se divisaba el incendio; la torre de fuego había disminuido, pero el espeso humo negro seguía saliendo con la misma intensidad que antes.

—Casi nos alcanza una explosión en el parque —le dijo a Bloom—.

Puede que sean anarquistas, pero creo que es la Sociedad Teosófica creando una distracción.

Si estoy en lo cierto, eso significa que podría haber un ataque inminente.

Deben de haberse enterado del nexo y están preparando un asalto a nuestras barricadas.

Mientras escuchaba, la expresión de Bloom oscilaba entre la incredulidad y la alarma, pero se impuso esta última, en parte debido al gran incendio.

—Esas explosiones han enfurecido a los hombres —dijo—. Están preparados para cualquier cosa.

—Eso es perfecto —dijo Diógenes con un temblor en la voz que no era del todo teatral—. Se nos podría echar encima una turba. Mi hermano seguramente llegará en cualquier momento. Solo Dios sabe lo que pasará. —Hizo una pausa para mirar a Bloom—. No habrá dejado que se acerque nadie…

—¡Por Dios, no, señor!

—Bien. Ahora dígales a sus hombres que en cualquier momento tendremos que abrirle la barricada a mi hermano y prepararnos para repeler a cualquiera que se acerque. ¡Rápido!

Mientras Bloom ordenaba a los hombres que se encontraban en los bloques de viviendas que se reunieran, Diógenes se abrió paso a través de la barricada que bloqueaba la entrada al Smee’s Alley.

Allí, entre los edificios sin luz que se alzaban a ambos lados, había caído la noche, salvo por la barrera de gruesas lonas que había en el centro del callejón, detrás de la cual brillaba un resplandor sobrenatural.

Diógenes siguió adelante y se agachó para entrar. Allí estaba, fuerte y estable como antes: la puerta de entrada no solo a su hogar, sino a innumerables mundos lejanos. Con ese brillo y su temible poder, ejercía una atracción inefable, impresionante en su promesa de lo desconocido.

Obligándose a apartar la mirada, Diógenes salió del recinto y miró hacia la entrada del Smee’s Alley, en dirección a la Séptima Avenida. Al menos media docena de hombres estaban custodiando la barricada.

Se detuvo un momento a pensar. Cuando los tres —Pendergast, Constance y él mismo— se reunieron en el burdel, acordaron algo crucial: una fecha límite.

Puesto que Constance conocía muy bien la residencia de Riverside Drive, era clave para el plan; Pendergast debía encontrar a Binky, dejarse capturar y asegurarse de que los llevaran con él a la mansión, donde Constance encontraría la manera de liberarla y, si era necesario, también a Joe.

Era una estrategia desesperada y poco verosímil, pero también lo eran sus circunstancias.

Constance había fijado la fecha límite en el 9 de enero.

Se negó a explicar por qué, pero insistió en que, si llegaba ese día sin que al menos Binky estuviera de vuelta en la mansión de Leng, todo estaría perdido.

Por supuesto, había una cláusula adicional en ese plan: además de impedir que Leng tuviera acceso a nuevas víctimas, Diógenes debía vigilar el Smee’s Alley y, en el improbable caso de que el portal reapareciera, enviar una señal que llegara a todo Manhattan y no pasara desapercibida para Pendergast, estuviera donde estuviera.

Y, a última hora de la tarde, ese suceso se había producido de forma sorprendente y se había enviado como era debido la señal, la destrucción de la torre.

Diógenes se adentró en el callejón y franqueó la puerta que daba a la planta baja del bloque de viviendas situado al norte.

El edificio ahora era un auténtico arsenal, y cogió un par de pistolas mientras seguía los giros y más giros que al final daban a la calle Cuarenta y dos.

Allí se metió una pistola en la cintura de los pantalones de seda y la otra en el chaleco.

Si todo había salido según lo previsto, si Pendergast había encontrado a Binky y había regresado con ella a la mansión de Leng, si Constance había logrado escabullirse de Leng y su banda y había liberado a Binky, si Pendergast había podido escapar de la mansión… Si, si, si…

Diógenes estaba seguro de una cosa: era imposible que no hubieran visto la señal; si todo iba bien, ahora estarían llegando al Smee’s Alley a toda velocidad.

Gracias a las explosiones, las vías públicas que rodeaban Central Park estaban llenas de gente aterrada, carruajes y caballos.

Sin duda eran intransitables. Si aún se encontraban en la mansión de Leng o cerca de ella, bajarían por la Post Road; luego seguirían cerca del Hudson cuando la carretera se convirtiera en la Décima Avenida; no girarían hasta la Cuarenta y dos, lo cual significaba que muy probablemente se aproximarían desde el oeste, si es que llegaban.

Observó la amplia calle. Había menos tráfico de lo habitual; la confusión y el frenético embotellamiento en la parte alta de la ciudad parecían haber creado una especie de ciudad fantasma en las calles transversales que discurrían hacia el sur.

Unos pocos carruajes y peatones corrían por la Séptima Avenida y Broadway, aparentemente movidos por la curiosidad.

Otros se dirigían al sur. A lo lejos podía oír el frenético sonido de las campanas de aviso de incendio y los ocasionales disparos procedentes del Grand Circle.

Diógenes entrecerró los ojos hacia el oeste, por encima de los charcos de luz que proyectaban las farolas de gas a lo largo del bulevar.

Mientras observaba la escena, una extraña mezcla de imágenes del pasado, el presente y el futuro se superpuso en su mente, sumada a una sucesión de emociones contradictorias.

Y entonces vio una gran silueta negra, un carruaje de cuatro caballos que salía de la Décima Avenida y giraba hacia el este por la calle Cuarenta y dos.

Era Leng. Diógenes recordaba el carruaje de aquel primer día en que lo vio detenerse en Bellevue.

Mientras miraba, se le aceleró el corazón al darse cuenta de que era Murphy, el cochero de Constance, quien asía las riendas.

El carruaje se movía como un demonio. Tras tomar la curva, aceleró hacia él a una velocidad vertiginosa, con los caballos galopando por los adoquines en lo que parecía más una estampida que una carrera.

Nadie en su sano juicio conduciría de forma tan temeraria a menos que fuese una cuestión de vida o muerte.

Se dio la vuelta de golpe y, echando a correr, gritó a los guardaespaldas que estaban vigilando:

—¡Abrid la puerta! ¡Abrid la puerta!

Llegó a la esquina y dobló por la Séptima Avenida.

Sus órdenes lo habían precedido; la enorme construcción de madera, preparada para tal ocasión, se abría poco a poco como las puertas de Troya.

Doce hombres o más se apresuraban por el andamio como hormigas, apartando tablas y columnas metálicas, mientras otros se desplegaban por el callejón y más allá, con armas de fuego listas para disparar, al tiempo que mantenían la vigilancia.

Cuando miró hacia el callejón, Diógenes vio a Bloom aparecer en la oscuridad.

Afuera, la noche quedaba atenuada por las farolas de gas, pero el callejón tenía su propia iluminación: un resplandor sobrenatural que, a pesar de todos sus esfuerzos, seguía impregnando las pesadas lonas.

Bloom había entrenado bien a sus hombres; aunque debían de sentir curiosidad, y puede que temor, por lo que hubiera dentro de ese recinto, sus órdenes tajantes —y la promesa de mil dólares para cada uno— los mantenían en sus puestos.

El ruido de las herraduras de hierro sobre los adoquines estaba cada vez más cerca y, al cabo de un segundo, el gran carruaje giró a toda velocidad con un chirrido de ruedas y obligó a los hombres a apartarse de un salto.

Murphy dio una orden y los caballos se encabritaron y derraparon sobre los adoquines, lo cual estuvo a punto de hacerlos caer.

La espuma acumulada en las embocaduras salpicó a Diógenes mientras corría hacia la puerta del carruaje, que se abrió de golpe en cuanto agarró la maneta.

Diógenes quedó atónito ante la escena que se encontró allí dentro. El oscuro interior del carruaje era un caos y el olor a cobre de la sangre resultaba insoportable.

—¡Deprisa! —gritó Pendergast desde la oscuridad—. ¡Llevémosla al portal!

Salió con un cuerpo ensangrentado envuelto en una manta. Con profunda consternación, Diógenes se dio cuenta de que en realidad no todo iba bien. Constance había resultado herida de gravedad, si no mortalmente.

—Dios mío, ¿qué ha pasado? —gritó Diógenes.

—¡Abran paso! —voceó Pendergast.

D’Agosta saltó del asiento del cochero y entre los dos llevaron a Constance hacia el recinto cubierto.

Diógenes se dio la vuelta y corrió delante de ellos.

—¡Bloom! ¡Abra la lona!

Los obreros retrocedieron a toda prisa mientras Bloom desataba y apartaba las pesadas lonas.

En un instante quedaron bañados por un caleidoscopio de luz.

Como si vinieran de muy lejos, Diógenes pudo oír los gritos de sorpresa y consternación de los obreros, que se replegaron asustados.

Cuando la luz antinatural se derramó por el callejón, miles de cucarachas parecieron agitarse al unísono y se dispersaron en todas direcciones formando repugnantes oleadas quitinosas.

El resplandeciente portal quedó al descubierto.

—¿Está viva? —gritó Diógenes a Pendergast.

—No lo sé. Tenemos que recuperarla. —Se volvió hacia D’Agosta—.

No podemos atravesarlo todos a la vez. Ve tú primero y diles que el resto llegaremos después.

Yo te seguiré con Constance en cuanto se recargue el portal al cabo de unos segundos.

—Luego miró a Diógenes—. Tú vigila el portal, mantén a todos alejados y ve el último.

En cuanto cruces, lo cerraremos por nuestro lado.

—¿Y qué pasa con Leng?

—Está muerto, o casi. Constance lo envenenó con un extracto de la seta de la muerte.

Diógenes miró el rostro de su hermano, manchado de sangre.

—Yo no voy, frater .

Pendergast se lo quedó mirando.

—¿Qué?

—¡Ve y haz que pase ella! ¡Sálvale la vida si puedes!

—Nunca volveremos a abrir el portal. Esta es tu única oportunidad.

—He echado a perder mi vida en tu época.

Pendergast lo miró fijamente.

—Este no es momento para bromear.

—No estoy bromeando. Para mí, este mundo es un nuevo comienzo, y tengo cosas que hacer aquí. No hay más que decir. Ave atque vale.

Pendergast se lo quedó mirando con una expresión indescifrable.

—Entonces, adiós, hermano —dijo, y se dio la vuelta—. ¡Vincent, adentro!