Capítulo 65
D’Agosta oyó los dos disparos y, tras dispersar las nubes de polvo con la mano, vio a Pendergast arrodillado al lado de alguien.
Era Constance, que jadeaba en un charco de sangre.
Cerca había dos figuras a las que les faltaba casi toda la cabeza.
Se oían gritos ahogados, gemidos y llamadas de auxilio procedentes de distintos puntos bajo el techo derrumbado, principalmente en el extremo más alejado de la sala.
—Los niños —dijo Constance en un susurro—. Los niños han salido.
—También te sacaremos a ti —le dijo Pendergast.
Recostó a Constance sobre su espalda. Luego se quitó el abrigo, lo rasgó en varias tiras, hizo una bola con una de ellas y la presionó con fuerza contra el abdomen de Constance, quien gritó una vez y luego se desmayó.
A continuación, le ató las tiras restantes alrededor del abdomen a modo de torniquete improvisado.
—¡Ve primero y despeja el camino! —le gritó a D’Agosta mientras levantaba a Constance y se la echaba a los hombros—. ¡Estate atento a cualquier resistencia!
D’Agosta avanzó a trompicones mientras Pendergast le daba instrucciones a través de la casa en ruinas.
Tuvieron que sortear vigas caídas y apartar trozos de yeso y listones.
El fuego estaba descendiendo a una velocidad aterradora y llenaba los pasillos de humo.
Se encontraron con un par de Milk Drinkers, pero estaban desorientados y aterrorizados tratando de encontrar una salida, y ambos grupos se ignoraron mutuamente.
Al fin llegaron a la escalera central y bajaron a la planta de abajo. Una tremenda destrucción en la zona de recepción bloqueaba la puerta principal. Pendergast se giró e indicó que cruzarían el salón.
—Coge esa hacha de guerra —dijo al pasar junto a una armadura.
D’Agosta la arrancó de la mano del caballero con un ruido metálico.
Siempre se había preguntado si esas armaduras de exposición eran o no de verdad, pero sus dudas habían quedado resueltas: el hacha pesaba al menos diez kilos.
Continuaron por el lateral de la casa hasta llegar a una puerta de roble.
D’Agosta vio que estaba cerrada con llave.
—¡Usa el hacha! —dijo Pendergast.
Con un fuerte golpe, D’Agosta partió la puerta por la mitad, y con otros dos la abrió de par en par.
Pendergast sacó a Constance al exterior y se detuvieron, tosiendo a causa del humo y respirando aire fresco. D’Agosta observó la luz que se desvanecía; habían salido por el lado norte de la mansión.
—Vincent —dijo Pendergast—, ve a las caballerizas y trae el carruaje.
Pero, justo cuando D’Agosta se disponía a dar media vuelta, pensando en cómo diablos iba a conducir el vehículo —si es que los caballos estaban enganchados—, se oyó un estruendo de cascos y apareció el carruaje de Leng por detrás de la casa, que se detuvo en el camino de entrada.
Murphy, sentado en el asiento del cochero, tiró de las riendas y detuvo a los animales, que empezaron a dar pisotones.
—¡Dios mío! —gritó Murphy al ver a Pendergast con Constance en brazos y ambos cubiertos de sangre.
—¿Quién conduce el clarence ? —preguntó D’Agosta.
—Gosnold, señor. Insistió en venir. ¿Los seguimos hasta la mansión, jefe?
—¡No! —respondió Pendergast antes de colocar el cuerpo de Constance en el carruaje.
Luego saltó detrás mientras D’Agosta se subía junto a Murphy—.
¡A Longacre Square! —gritó. Después, más para sí mismo que para Constance, que no había recobrado el conocimiento, murmuró—: Esa señal es nuestra única oportunidad.
—¡Arre! —gritó Murphy.
Sacudió las riendas y los caballos salieron al galope.