Capítulo 64
Ahogándose y tosiendo, Decla se limpió el polvo y los trozos de yeso y tuvo el instinto inmediato de buscar a tientas el estilete que se le había caído a causa de la explosión.
Había tanto polvo que no veía nada, pero, mientras se ponía en pie y evaluaba su estado, el aire empezó a despejarse.
Solo presentaba algunos cortes y magulladuras, pero el resto de la banda, que se había quedado detrás, yacía sepultado bajo las pesadas vigas del techo.
¿Qué demonios había ocurrido? ¿Y dónde estaba el doctor?
No había rastro de él; sin duda, estaba debajo de uno de los numerosos montones de escombros.
Algunos de estos se movían, unos con fuerza, otros de forma más espasmódica.
Pero justo delante de ella se encontraba la duquesa, tratando de levantarse.
Los hombres que la sujetaban se habían retirado junto al resto por orden de Leng y ahora se encontraban también aplastados bajo los escombros.
Constance se limpió un hilo de sangre de la frente y entonces sus miradas se cruzaron.
—Parece que somos las últimas que quedan en la fiesta —dijo Constance, sacudiéndose los fragmentos que se le habían pegado a la ropa.
—Has tenido suerte, zorra —repuso Decla, que avanzó blandiendo el estilete.
—¿Así que has decidido luchar limpiamente ahora que tus neandertales están incapacitados?
Decla sabía que la estaba provocando y que era muy peligrosa.
Pero también sabía que nadie podía superarla con un cuchillo.
Por eso se había convertido en la líder de los Milk Drinkers; por eso, los miembros de otras bandas se escondían cuando la veían venir.
Era imposible que aquella joven, con su piel lechosa y su ropa elegante, supiera manejar un cuchillo.
Le había hecho un corte en la mano, pero solo porque la había cogido desprevenida.
Esta vez no habría sorpresas. Sin apartar la vista de Constance, flexionó primero los brazos y luego las piernas para adoptar su postura de combate favorita.
—Quiero mi estilete.
—Ya me imagino, pero ahora es mío.
Ante eso, Constance se limitó a sonreír con desdén.
Dio un paso atrás y luego otro, y, con un movimiento rápido, cogió un trozo de madera, de un metro veinte de longitud, de entre los escombros.
Lo sujetó por un extremo con ambas manos, como si fuera un palo de golf, y lo giró en ambos sentidos como para comprobar su resistencia a la tracción y su elasticidad.
—¿Qué piensas hacer con eso? —preguntó Decla, que no pudo contener la risa—. La competición de lanzamiento de jabalina no es hasta mañana.
De repente, Constance hincó el trozo de moldura en el suelo, se impulsó y, con las piernas en horizontal, se abalanzó hacia Decla.
Sorprendida, esta retrocedió, pero Constance siguió girando alrededor del bastón como una acróbata, apuntando con los pies a la cara de Decla.
De repente, soltó un grito tan espeluznante que la otra tropezó, soltó el cuchillo y se apartó.
Al instante, Constance tiró el trozo de madera y recuperó el estilete.
Pero Decla observó los cuerpos inmóviles y vio un machete de cincuenta centímetros que en su día había sido el orgullo y la alegría de Fishbait. Ahora era suyo.
Constance miró primero a Decla y luego el cuchillo de aspecto siniestro. Dio un paso atrás.
—No tienes escapatoria, zorra —dijo Decla—. Tus trucos de feria no te van a salvar. Tú eres la que está a punto de ser degollada como un pavo de Navidad, y creo que empezaré por los menudillos.
Antes incluso de terminar de hablar, arremetió contra Constance, que retrocedió, apoyándose sobre las pantorrillas, mientras el machete hendía el lugar que momentos antes ocupaba su pecho.
Luego, aprovechando la pérdida de equilibrio, cayó hacia atrás, girando noventa grados sobre el suelo y volviendo a ponerse en pie al tiempo que Decla agarraba con fuerza la hoja y se apretaba la correa alrededor de la muñeca.
Decla se tomó un momento para evaluar a su oponente, que la miraba inexpresiva y con aquellos ojos violetas entrecerrados. Seguirían con ese juego un rato más y verían hasta dónde llegaba su resistencia.
Decla se abalanzó. Aunque Constance logró apartarse, lo hizo en la dirección que había previsto su oponente, la cual trazó un arco con el cuchillo y le hizo un corte en la manga.
Constance se giró, pero el daño ya estaba hecho. Decla vio con satisfacción cómo la sangre oscurecía la manga. No era grave, no más que la herida en el hombro. Podría seguir con ese juego bastante rato, cortando aquí y allá.
Constance empuñaba su estilete y movía ligeramente la punta arriba y abajo mientras, con la cabeza gacha, rodeaba a Decla.
De repente, giró y atacó con el cuchillo a la altura del vientre, pero Decla se anticipó al movimiento y saltó hacia atrás, girando hacia un lado como un torero.
Cuando la mano de Constance pasó como un relámpago, le hizo otro corte con el machete, solo por diversión, en paralelo al que ya tenía en el brazo.
Constance recuperó el equilibrio y volvió a agacharse, pero la sangre se extendía ahora por los desgarrones de la manga.
—Te van a dejar unas buenas cicatrices —dijo Decla—. O las dejarían si sobrevivieras, muñeca.
Rodeó a Constance, que hizo lo propio.
Constance volvió a lanzar el cuchillo hacia Decla, pero esta esquivó el movimiento con una velocidad repentina y sorprendente, y la hoja del estilete tan solo rozó la manga.
—No es suficiente —dijo Decla.
Y no lo había sido, pero la finta en sí, junto con la alarmante velocidad con la que se había ejecutado, le recordó que no debía confiarse demasiado; su oponente era ágil y rápida como una comadreja.
De repente, Constance le arrojó un trozo de yeso.
Decla lo esquivó, pero se dio cuenta de que era otro ardid: el proyectil no iba dirigido a ella, sino que Constance aprovechó la reacción de su rival para emprender un nuevo envite.
Decla respondió con rapidez, pero no la suficiente, y el cuchillo de Constance, que iba en dirección a su garganta, le rozó la barbilla.
—Ahí tienes una cicatriz —dijo Constance, que volvió a su posición.
—¡Zorra!
A Decla le costaba respirar y estaba enfadada. Nadie le había tocado jamás la cara.
Mientras retrocedía, jadeando y recuperando la concentración, evaluó de nuevo a su oponente y vio que uno de los numerosos montones de escombros que había justo detrás de Constance empezaba a moverse.
De repente, Constance, que estaba totalmente quieta, retomó el ataque. Tras elevarse unos instantes, se puso en cuclillas y, avanzando, clavó la daga en el muslo de Decla. Sacó la hoja con un giro brusco.
Maldiciendo, Decla empezó a tambalearse, en parte por el dolor, pero sobre todo por la sorpresa ante la repentina demostración de habilidad y astucia con la que la había engañado.
Retrocedió aún más cuando una figura se levantó detrás de Constance.
Los crujidos y gemidos de la mansión moribunda ahogaban el ruido.
Levantó el machete para distraer a Constance justo cuando Trotter le asestó un golpe en la nuca con una tabla.
La joven cayó de costado, pero logró hacerle un corte en el cuello a Trotter mientras recuperaba el equilibrio.
Sin embargo, era justo la oportunidad que Decla necesitaba y le hundió la hoja en las vísceras.
Constance abrió mucho los ojos y cayó sobre los escombros, agarrándose el abdomen e intentando contener la hemorragia.
Decla dio un paso atrás, levantó los brazos y lanzó un grito triunfal.
Con semejante corte en el vientre, aquella zorra estaba acabada, pero aún sufriría mucho antes del final definitivo.
Soltando un segundo grito victorioso, miró hacia donde se encontraba Constance hacía unos momentos y vio a Trotter, que estaba tapándose la herida con la mano en la que antes sostenía la tabla.
De repente, la cabeza de Trotter desapareció en una masa rosada de sangre, sesos y líquido. Era como si alguien hubiera golpeado un globo lleno de despojos de carnicería con un bate de béisbol mientras un estruendo ensordecedor hacia temblar la habitación.
Al darse la vuelta, vio a un pálido bandolero aparecer como un fantasma entre el polvo mientras le apuntaba con una pistola. Instantes después de una gran explosión de luz, sintió un golpe devastador en la cabeza y luego sobrevino una oscuridad repentina.