Capítulo 63
—¡Excelente! —dijo Leng al entrar en la habitación y ver a Constance inmovilizada en el suelo—. Sujetadla bien, muchachos. Es una fiera.
Se acercó a grandes zancadas mientras Decla seguía agachada sobre Constance, con la punta del cuchillo clavada en el cuero cabelludo y la sangre brotando de un corte de más de un centímetro. Decla se detuvo y Leng miró aquellos extraños ojos violetas.
—Nunca he conocido a un demonio como tú.
—La cobarde de tu ayudante estaba a punto de arrancarme el cuero cabelludo.
—Es una barbaridad, pero del todo merecida.
—Le da miedo enfrentarse a mí como es debido —repuso Constance—. Necesita que la ayude un pelotón.
—Cierra el pico —le espetó Decla.
Leng se quedó mirando a Constance. Era sorprendente lo que esa víbora había sido capaz de hacer y el número de gente que había matado en su propia casa, delante de sus narices.
Empezó a hablar de nuevo, pero en ese momento invadió la mansión un estruendo lejano.
Algo había sucedido muy al sur. Los demás también lo notaron, pero Leng solo se detuvo unos segundos.
En la casa también habían resonado disparos esporádicos durante la última media hora, y sus intereses estaban allí.
—Antes de que continúes con tu trabajo y ella ya no pueda hablar —le dijo a Decla—, me gustaría hacerle unas preguntas.
—Adelante.
Volvió a mirar aquel rostro pálido, hermoso y desafiante.
—¿Dónde están Mary y los dos niños?
—Están muy lejos.
—No importa; los encontraré más tarde. ¿Vivías en mi casa?
—Sí —terció Decla—. Abajo encontramos su guarida y un túnel que lleva directamente al Hudson. Supongo que entraba y salía por ahí.
—Qué interesante. Una última pregunta… Dadas las circunstancias, he intentado aceptarlo, pero al mismo tiempo me sigue costando creerlo. ¿La vagabunda a la que llamas Binky y tú realmente sois la misma persona?
Constance se echó a reír.
—Ya que lo preguntas, sí. Qué extraños son los designios del tiempo. Y ahora responderé a una pregunta que no puedes hacer porque desconoces las circunstancias. Sin embargo, te resultará de gran interés.
—Dime.
—Has sido envenenado.
Tras un silencio, Leng dijo:
—¿Ah, sí? ¿Y cómo ha sido?
—¿Recuerdas la excelente cena que disfrutaste hace unos días? Filet de bœuf acompañado de una botella de Clos Saint-Denis.
Leng hizo una pausa.
—Decla, por favor, levántate un momento. Los demás, soltad a la chica, pero seguid apuntándole con las armas.
Leng esperó a que le abrieran paso para poder acercarse aún más.
—¿Me estabas espiando mientras cenaba?
—No solo te espié. Envenené la salsa bordelesa.
—Qué tontería. Eso fue… —pensó por un momento— hace cinco días. Estoy bien.
Ante eso, Constance sonrió.
—Ya que eres un experto en venenos, puede que este detalle te ayude a convencerte: alfa-amanitina, extraída de la seta mortal y encontrada en tu propio sótano.
—Es imposible que realizaras la extracción bioquímica.
—Eso es lo que tú crees. Y hay algo más que no sabes: en el futuro, en lo que para mí es el pasado, me convierto en tu asistente.
Yo fui el conejillo de Indias cuya supervivencia acabó de convencerte de que el arcano era un éxito.
También pareció funcionar en la media docena que me precedió, pero obligaste a algunos a vivir encarcelados para observarlos mientras diseccionabas al resto en busca de daños internos.
De una forma u otra, los mataste a todos.
Yo era la cobaya en el momento en que por fin te convenciste de que el arcano funcionaba.
Y otra cosa: no solo me dejaste con vida.
Viví en esta casa durante la época de Pendergast, pero también antes, durante más de cien años… , contigo.
A Leng lo invadió una desagradable sensación de disonancia cognitiva, una mezcla de incredulidad absoluta y la certeza de que aquella mujer decía la verdad.
—Así es como pude crear el veneno —dijo ella, alzando la voz—. ¡Y así es como sé que no hay antídoto, ninguno en absoluto, al menos en este siglo! —añadió, soltando una carcajada que se convirtió en un grito.
Leng se la quedó mirando. La creía. Constance no diría una mentira tan obvia. Y lo cierto era que, desde que se había levantado aquella mañana, no se encontraba del todo bien.
Sus pensamientos se centraron frenéticamente en aquella difícil situación.
Ya habían pasado cinco días y, por las propiedades de la seta mortal, sabía que le quedaba a lo sumo otra semana de vida.
«Otra semana para encontrar un antídoto», pensó.
Tenía que haber alguno en su amplio arsenal químico, pero Constance aseguraba que era inexistente. ¿Estaba mintiendo, jugando con él?
Se volvió hacia Decla.
—No la mates todavía. Hazle sufrir infinitas agonías hasta que me proporcione un antídoto. ¡Me encontrarás en mi laboratorio!
—Con mucho gusto, doctor.
Decla se volvió hacia Constance, dispuesta a introducir de nuevo el estilete en el corte.
Cuando se disponía a marcharse, Leng se paró en seco. Debido al pánico de aquella revelación inesperada, se había olvidado de Ferenc, de Pendergast y de la propia Constance. La máquina del tiempo podía salvarlo.
«No hay antídoto, al menos en este siglo…».
Cuando le vino a la mente esa idea, la casa se estremeció con un estruendo. Las paredes se agrietaron, la lámpara de araña y la mitad del techo cayeron en una lluvia de yeso, y a través de los listones entraron una enorme llamarada y una nube de humo.