Capítulo 62
Diógenes no tuvo que esperar mucho. A los quince segundos vio un destello de luz intensa en lo alto de la torre, que quedó envuelta en una nube gris que se expandía con rapidez. Abrió la boca y se tapó los oídos, e indicó a Cato que hiciera lo mismo.
El verdadero impacto se produjo una fracción de segundo después, cuando el sonido de la explosión —veinte cilindros de pólvora negra que liberaron diez megajulios de energía— llegó desde la cima de la torre y una onda de sobrepresión y sonido tan potente que adquirió presencia física se propagó hacia el exterior a través del parque, la rotonda y las paredes de los edificios situados al este y al norte.
Aunque se había tapado los oídos con las manos, el estallido fue doloroso.
Al mirar a su alrededor, notando cómo temblaba el suelo bajo sus pies, vio que, como si se hubiera accionado un interruptor, la calma relativa de una tranquila puesta de sol invernal había degenerado en caos.
Los peatones se tambaleaban o se echaban al suelo.
Los caballos se encabritaban y relinchaban, y algunos se liberaban de sus aturdidos cocheros y corrían de un lado a otro, chocando con otros carruajes o volteándolos.
Dandis con traje de etiqueta se tiraban a las cunetas llenas de estiércol.
Las ventanas inferiores que daban al sur de Central Park fueron implosionando una tras otra, como en un pase de revista militar, y un sorprendente número de personas sacaron pistolas de sus escondites.
Diógenes notó que Bad Influence se tensaba a pesar de sus caricias.
Le preocupaba que saliese corriendo no por miedo, sino por la emoción, pensando, después de haberse visto condicionado durante mucho tiempo al estruendo del hipódromo, que había empezado una carrera.
Pero Cato lo mantuvo firme y, como recompensa, metió la mano en el bolsillo y le dio una gominola con sabor a sandía.
Tras el paso de la onda de sobrepresión, Diógenes cerró la boca y volvió a levantar la vista. Una nube negra se alzaba como un puño hacia el cielo, junto con escombros que, iluminados desde abajo, se elevaban aún más.
Y entonces se produjo la segunda explosión, que arrancó la parte superior de la estructura y añadió más combustible al incendio.
Diógenes, que ya no tenía las orejas tapadas, pudo oír toda la potencia del estruendo en los edificios que lo rodeaban, un trueno que retumbaba y resonaba en Central Park e iba rebotando de una línea de edificios a otra.
Se sintió inmensamente satisfecho. La parte central de lo que restaba de la torre quedó destrozada por una tercera explosión, que hizo temblar el suelo y provocó aún más gritos, disparos y roturas de cristales.
Y entonces la cuarta y última detonación arrancó los laterales inferiores de la estructura y provocó otra serie de ecos que atronaron los cañones de piedra y destrozaron las ventanas cercanas que aún permanecían intactas.
Ante eso, el imperturbable Cato miró a Diógenes y arqueó una ceja, como preguntando con leve curiosidad: «¿Cuánto va a durar esto?
». Diógenes sonrió y negó con la cabeza.
«Procurad vivir tranquilos», le respondió con gestos citando al apóstol Pablo, pero pensando con igual ironía en Izaak Walton y en la advertencia con la que concluía El perfecto pescador de caña .
El estruendo se apagó mientras las ruinas de la torre de observación quedaban rápidamente envueltas en llamas, y luego se oyó el fuerte golpeteo de una lluvia de arena y escombros que empezaba a caer a su alrededor.
Las tres primeras cargas habían destruido la estructura de la parte superior de la torre.
La cuarta y última había explotado donde terminaba el revestimiento de ladrillo.
Pero el ladrillo que rodeaba la mitad inferior, junto con el acero estructural que lo sostenía, ahora estaba cumpliendo el segundo propósito de Diógenes: hacía las veces de chimenea.
Una enorme columna de chispas y brasas procedentes de las vigas de madera en llamas se elevó varios cientos de metros, y la parte inferior de la torre se convirtió en un horno de ocho pisos.
La única comparación que se le ocurrió fue la de un monstruoso posquemador.
Al mirar hacia la torre de fuego y chispas, vio con satisfacción que el artefacto que había creado estaba tiñendo el vientre de las nubes que se acumulaban con un furioso resplandor naranja.
Era una señal que nadie en cien kilómetros a la redonda podría pasar por alto.
No había nada más que hacer. Como el vigilante de Agamenón, había encendido la baliza para dar la noticia; su misión había concluido y ahora debían actuar los testigos previstos.
Era hora de volver al Smee’s Alley. Vio que el caos en la calle no hacía más que empeorar, así que debían darse prisa antes de que la ruta fuera intransitable.
«Volvamos al callejón, por favor», le dijo a Cato en lengua de signos. Luego le dio una última palmadita a Bad Influence y se dirigió a la puerta del carruaje. Cato asintió y se subió al asiento del conductor.
«Otra cosa —añadió Diógenes, asomándose desde el escalón con una mano en el marco de la ventana—. Cuando todo esto se calme, lo celebraremos con una copa».
Dicho eso, se sentó y cerró la puerta mientras el taxi se ponía en marcha. Cato aún no apreciaba del todo las virtudes de la absenta, pero, al igual que Livia, tenía madera de alumno modélico.
D’Agosta, malhumorado en la celda de hierro, oyó girar la cerradura. Entonces se abrió la puerta, pero, para su sorpresa, el grupo que había ido a llevarse a Pendergast se había reducido a dos personas: un guardia y el propio Pendergast, que estaba apuntándole con un revólver.
Treinta segundos después, D’Agosta estaba fuera y el guardia lo había sustituido como residente. Pendergast cerró de un portazo y echó el cerrojo, y luego se guardó la llave en el bolsillo.
—¿Cómo diablos…? —susurró D’Agosta.
—Hice un lazo con el cordón de tu zapato, lo metí en la cerradura, atrapé el tornillo y luego deslicé el pasador. Es un viejo truco de Houdini. Bueno, no tan viejo, pero… Oye, hay que darse prisa. Tenemos muy poco tiempo.
—¿Tiempo para qué?
Pero Pendergast ya se estaba alejando por el pasillo y la pregunta quedó en el aire.