Capítulo 61
Encadenado de pies y manos, Pendergast avanzaba con dificultad mientras los tres guardias lo llevaban de vuelta a la celda.
Su ascenso se vio interrumpido unos instantes por una oleada de ruido y actividad que llegaba desde abajo, pero, cuando se atenuó, lo obligaron a seguir avanzando por las escaleras que llevaban a la sala de hierro.
—Eres lento de verdad, ¿no? —dijo uno de los guardias, que empujó a Pendergast con el rifle—. Vamos, date prisa.
Pendergast tropezó y, tras caer de rodillas, se levantó como pudo.
—Por el amor de Dios…
Ahora se encontraban frente a la puerta de la habitación del tercer piso en la que Pendergast había irrumpido al bajar.
En ese momento, las esposas cayeron al suelo casi por arte de magia y Pendergast se dio la vuelta, le arrebató el revólver a uno de los guardias y, sin dejar de girar, les disparó a él y al hombre que estaba a su lado.
Luego quedó delante del tercer hombre, al que hundió el cañón del arma en la oreja.
—¿Vivir o morir? —preguntó Pendergast en voz baja.
Lo había cogido totalmente desprevenido. Al guardia se le movió la nuez mientras tragaba saliva.
—Vivir.
—Suelta el arma.
El guardia obedeció.
—Abre los grilletes.
Con manos temblorosas, el guardia se arrodilló e hizo lo que le ordenaba.
Pendergast apartó los grilletes de una patada, cogió una vela y cerillas de una mesa cercana, y rebuscó en los bolsillos de los dos hombres muertos hasta que encontró una navaja.
Sin perder de vista al guardia que quedaba, utilizó la navaja para cortar la vela a lo largo y, tras quitar el exceso de cera, extrajo la mecha.
Luego la deslizó por debajo de la puerta de la habitación en la que había entrado antes y la sujetó con la navaja.
A continuación, encendió el extremo, que actuaría como mecha para la habitación, ahora llena de gas explosivo que entraba por la tubería de la lámpara apagada.
Observó el tiempo suficiente para asegurarse de que ardía de forma constante hacia el umbral.
Esperaba que pudieran escapar de la mansión antes de que estallara la bomba improvisada; todo dependía de la rapidez o lentitud con la que ardiera la mecha.
Luego se levantó sin dejar de apuntar al guardia.
—Camina delante de mí y abre la puerta de nuestra habitación.