El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 60
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Capítulo 60

—¿Qué diablos…? —gritó Enoch Leng al ver los cadáveres de los dos guardias, tendidos en un charco de sangre en el pasillo del sótano.

Cuando entró en el quirófano, la escena le heló la sangre: tres asistentes muertos alrededor de una mesa de operaciones vacía.

—Madre de Dios —murmuró Decla, que se acercó por detrás con un grupo de Milk Drinkers.

Leng supo al instante lo que había ocurrido: Constance.

Había estado en la casa, espiando y tramando algo.

Esa maldita zorra le había robado a su paciente y, sin duda, también había liberado, o estaba en ello, a los otros niños.

La había subestimado. Lo invadió una furia intensa y desestabilizadora, pero no tardó en recuperarse.

¿Dónde estaba ahora? ¿Había huido con los niños? ¿Sabía que Pendergast y su amigo policía estaban encerrados en un ala lejana?

Se volvió hacia Decla y la banda.

—Cerrad toda la casa a cal y canto. Quiero a esa mujer.

—Yo también —dijo Decla.

—La tendrás, te lo garantizo. —Tras una pausa, añadió—: De hecho, es posible que pueda ahorrarte trabajo en la búsqueda.

Constance se apartó de la ventana cuando Mary, Joe y Binky se desvanecieron entre los arbustos, aparentemente sin ser vistos.

Luego fue hacia la cocina principal y se detuvo en la penumbra.

Oyó voces, pasos apresurados y una puerta que se cerraba de golpe.

La casa estaba en alerta máxima. Aloysius se hallaba recluido en un piso superior, tal vez en una habitación de la buhardilla que, según había visto en un reconocimiento previo, estaban convirtiendo en una celda de hierro con rejas.

Pero los pisos superiores eran un lugar muy peligroso.

Por encima del primero había pocas paredes huecas o pasadizos secretos, lo cual significaba que debía recorrer pasillos y habitaciones poco frecuentados para no ser descubierta.

Tras colgarse el rifle al hombro, con la daga en la mano y el revólver metido en la cintura del vestido, se acercó a la puerta de la cocina y escuchó.

La actividad, aunque intensa, parecía lejana.

Abrió la puerta con cuidado y salió. El corto pasillo que llevaba al comedor estaba a oscuras, al igual que la propia estancia, en la cual no había nadie.

Más allá, un amplio arco conducía al salón y vio que el gas estaba encendido y proyectaba una luz intensa.

Mientras esperaba, pasó un miembro armado de los Milk Drinkers. No podía ir por allí.

Volvió a la cocina y pensó en cómo llegar a los pisos superiores.

Las escaleras que llevaban a las dependencias del servicio, situadas junto a la despensa, eran una posibilidad.

Atravesó la cocina, pasó por la despensa y llegó a una puerta cerrada que comunicaba con la escalera trasera.

Entonces pegó la oreja al panel y escuchó.

Todo estaba en silencio, así que giró el pomo.

La escalera, estrecha, sin pintar y claustrofóbica, estaba a oscuras.

Cerró la puerta y subió con sigilo, apoyando una mano en los paneles de la pared.

Los escalones de madera crujían y gemían con cada paso.

Se detuvo a escuchar después de un crujido particularmente fuerte.

Aquella zona de la mansión parecía estar tranquila, ya que gran parte de la actividad tenía lugar en la zona delantera y, sin duda, en el sótano y más abajo.

Las escaleras llegaban a un rellano con dos puertas, una a la derecha y otra a la izquierda, y ambas cerradas.

Una daba al dormitorio y la sala de estar de la cocinera, y la otra, a la habitación de su ayudante.

Esta última era un callejón sin salida. Las habitaciones de la cocinera, en cambio, conducían a una puerta que daba a un pasillo del segundo piso, el cual apenas se utilizaba.

Desde allí, otro pasillo llevaba a una gran sala y, más allá, a una escalera que subía al tercer y cuarto piso.

Y era en este último, bajo el alero, donde habían construido la celda de hierro.

Podía ver una luz tenue bajo la puerta del dormitorio de la cocinera.

Una vez más, pegó la oreja. ¿Estaba la cocinera allí?

Era imposible saberlo. Quizá se había retirado a su habitación para alejarse del alboroto, o quizá ella y sus ayudantes se habían sumado a la búsqueda.

Solo había un camino a seguir, y era a través de esas habitaciones.

Abrió la puerta con el estilete en la mano y entró.

La habitación estaba vacía y el gas bajo.

Con un suspiro de alivio, cruzó el dormitorio y la sala de estar, y llegó a la puerta que daba al pasillo lateral.

Más allá podía oír pasos y gritos intermitentes que se iban atenuando.

Aprovechó ese momento de calma relativa para trazar mentalmente la ruta hacia la celda de hierro.

Tendría que atravesar el pasillo y la gran sala que había más allá para llegar a la escalera del tercer piso y, desde allí, subir otra escalera poco utilizada hasta el cuarto.

Tras cerciorarse de que todo estaba en silencio, abrió la puerta de las dependencias de la cocinera y echó a andar por el pasillo.

La luz seguía siendo tenue. La puerta que había al fondo conectaba con una sala de entretenimiento privada que en su presente era utilizada por Proctor como gimnasio.

Según recordaba, en 1881 era una sala de billar, con una zona de asientos de cuero y mesas de cóctel para fumar y beber.

Las ventanas estaban cubiertas con gruesas cortinas.

Al otro lado de la sala se encontraba la escalera de servicio que conducía al tercer piso y la buhardilla.

Más allá no se oía ningún ruido y el alféizar estaba a oscuras.

No había nadie y el gas estaba apagado, lo cual era lógico, ya que nadie jugaría al billar en un momento como aquel.

Abrió un poco la puerta y miró hacia la oscuridad.

A pesar de la ausencia de luz, distinguió unas siluetas que se movían rápidamente.

Entonces se encendió una luz de gas que iluminó a media docena de Milk Drinkers, entre ellos Decla.

La estaban esperando; iban armados hasta los dientes y todos los cañones apuntaban hacia ella.

Constance retrocedió hacia la puerta y sacó el revólver, pero se oyó un disparo.

Un impacto en el hombro izquierdo la hizo girar y el arma salió volando de su mano.

Mientras intentaba apartar el rifle que le apuntaba, la agarraron y la tiraron al suelo.

Intentó zafarse, pero cuatro hombres musculosos la inmovilizaron y lo único que podía hacer era retorcerse. El disparo solo le había rozado la parte superior del brazo izquierdo. No parecía grave, pero, al ver la mancha de sangre, uno de los hombres le aplastó la herida con la rodilla.

Decla se acercó con las manos metidas en los bolsillos y se detuvo frente a ella.

—Te voy a abrir como a un pavo de Navidad —dijo Constance, forcejeando.

—Qué salvaje eres —respondió Decla, que se agachó para registrarla metódicamente.

La joven encontró el estilete, un segundo cuchillo, cerillas, unos pequeños prismáticos de ópera, un frasco con polvo blanco y un revólver de un solo disparo con empuñadura de nácar.

—¿Vas a un baile de disfraces? —preguntó Decla, que inspeccionó el arma y se la guardó en el bolsillo—.

Qué juguetes más bonitos. —Levantó el frasco blanco—.

No me digas que también fumas tabaco Shangri-La.

—Se volvió hacia uno de los miembros de su banda—.

Ve a decirle al doctor que la hemos atrapado justo donde él sospechaba.

Cuando el hombre se hubo marchado, Decla se volvió hacia Constance, esta vez jugando con el estilete.

—Ahora eres toda mía, cariño —dijo, girando la brillante y afilada hoja—. Esta es la belleza con la que me cortaste la mano, ¿verdad?

—Lástima que no te cortara el cuello.

—Bueno, estoy segura de que aún le quedan gargantas por cortar —repuso Decla.

Constance siguió forcejeando, pero la tenían firmemente inmovilizada.

—¿Esta es tu idea de una lucha justa? Deja que me levante. Así podré mataros uno a uno.

Con una sonrisa forzada, Decla se acercó aún más a Constance y la punta del estilete centelleó a la luz del gas.

—Qué cabello tan brillante y espeso tienes —dijo—. En mi oficio, siempre me viene bien otra peluca o, ya puestos, un merkin.

Situando el filo de la hoja en la base del cuero cabelludo de Constance, dejó que la punta se hundiera lentamente.