Capítulo 59
Diógenes se abrió paso entre las sombras inquietantes del callejón, apartando a obreros y vigilantes hasta que salió a la calle Cuarenta y dos. Tiró el monóculo al suelo y, al ver su carruaje, hizo un gesto con la mano y Cato, el cochero, se acercó rápidamente.
Diógenes saltó al estribo y le indicó la dirección.
Cato asintió, hizo chasquear el látigo y el carruaje se adentró en el bullicioso tráfico.
Diógenes cerró la puerta y se recostó. Mientras Cato recorría la amplia avenida, él se quitó los guantes con bordes de encaje y otras cursilerías de su atuendo que le resultaban molestas.
El carruaje, a pesar de estar decorado con buen gusto por dentro y por fuera, podía ser objeto de desdén por gran parte de la alta sociedad: era pequeño, tirado por un solo caballo y, en general, parecido a un taxi inglés.
De hecho, era un taxi inglés, que Diógenes había elegido porque su perfil bajo y su centro de gravedad le permitían tomar las curvas a gran velocidad.
Con un solo caballo tirando de las riendas, podía entrar y salir del tráfico cuando era necesario, adelantando fácilmente a vehículos más grandes y pesados.
De hecho, en ese mismo momento, Cato estaba demostrando la agilidad del vehículo girando hacia el norte por Broadway a una velocidad que Diógenes estimó en casi veinticinco kilómetros por hora.
Ya había añadido toques lujosos al carruaje, además de restar peso innecesario con materiales más ligeros y resistentes.
Había ordenado que modificaran los resortes y las ruedas conforme a ciertas leyes de la mecánica y la gravedad que en 1881 aún no se habían descubierto.
Aún más importante fue su elección del conductor.
Había asistido a las carreras de Belmont Stakes en Jerome Park, pero concluyó que lo que buscaba no era un jinete de purasangres.
Por el contrario, encontró a su hombre en el hipódromo de Coney Island, situado en Brighton Beach; se trataba de un conductor de carreras de calesas que había ganado un sinfín de competiciones.
Resultó que Cato estaba dispuesto a cambiar su carruaje por un taxi profesional, sobre todo gracias al dinero que Diógenes estaba dispuesto a pagarle.
Diógenes había contratado a Cato precisamente para ese momento.
El carruaje dio una sacudida cuando otro más grande intentó incorporarse al tráfico. Gracias a su instinto como conductor de carreras de calesas, hizo una doble maniobra que obligó al otro chófer a detenerse, aterrado, mientras los caballos relinchaban y se encabritaban al enredarse las riendas.
A cierta distancia, bajo la luz tenue del atardecer, Diógenes pudo divisar su destino, el Grand Circle, donde Broadway se encontraba con la esquina sudoeste de Central Park.
No solo Diógenes consideraba a Cato el mejor cochero posible, sino que la meningitis que había padecido de niño lo había dejado sordo y mudo.
Eso no suponía ningún problema para Diógenes, que dominaba el lenguaje de signos estadounidense; si acaso, se trataba de una ventaja.
Cato era un hombre extraordinariamente equilibrado y nada de lo que había presenciado mientras trabajaba para Diógenes parecía alterar su naturaleza impasible.
Cato tenía otra ventaja. Su magnífico conocimiento de los caballos le permitía controlar a animales cuya velocidad y resistencia solían verse en un hipódromo, no en una avenida.
El propio Cato había encontrado el caballo para Diógenes.
Bad Influence era un forzudo ejemplar estadounidense que al parecer disfrutaba estando alejado de las pistas de carreras.
Después de adelantar a los carruajes que los rodeaban, giraron noventa grados en el Grand Circle, esquivaron el tráfico con agilidad, dieron media vuelta y se detuvieron justo delante de la torre de observación inacabada.
Diógenes miró el reloj de bolsillo; eran las 16.
50. Después sacó una caja de cerillas de un compartimento de la cabina, abrió la puerta y se plantó de un salto en la calle.
«Cato —le pidió en lengua de signos—, crea una distracción momentánea».
Se adentró en el parque mientras oía a Bad Influence relinchar y encabritarse.
No había nadie mirando cuando se coló en la zona de obras y luego en la propia torre. Buscó a tientas un farol, lo encendió, lo dejó en el suelo y miró a su alrededor para cerciorarse de que no había cambiado nada desde su última visita. Todo estaba como antes; no se había hecho ningún trabajo más.
Fue al otro extremo del espacio oscuro, apartó algunas cajas y andamios, y, con más cuidado, desenrolló una gran lona y la dejó en una esquina. Debajo había un cordón doble de yute, bien enrollado con pólvora fina y luego sumergido en alquitrán. Era la mecha principal.
Había colocado cuatro cargas en la torre, la principal en la parte superior y tres secundarias a intervalos por debajo de ella.
También había modificado la cubierta de seguridad de la mecha para que ardiera medio metro cada cinco segundos en lugar de los diez habituales.
Si había calculado bien, una vez que encendiera la mecha principal, subiría por las escaleras y prendería las tres mechas secundarias a su paso.
Cuanto más alta estaba situada la carga de dinamita, más cortas había hecho las mechas secundarias; de esa manera, la carga principal que había debajo del techo explotaría primero, seguida sucesivamente por las que estaban debajo.
Desde una edad temprana, a Diógenes le habían divertido los explosivos; colocaba petardos en la parte inferior de la tapa de un cubo de basura, en un lecho de rosas o en un juguete para perros.
Se habían tomado medidas bastante extremas para acabar con ese pasatiempo infantil y hacía años que Diógenes no jugaba con pólvora o tan siquiera pensaba en ella.
Pero ahora, viendo cómo la gruesa mecha de algodón cobraba vida al entrar en contacto con el fósforo y la llama empezaba a subir por la escalera, dejando tras de sí nada más que una voluta de humo, sintió de nuevo una aceleración juvenil en su corazón.
La furiosa llama desapareció por la curva de la escalera y Diógenes se marchó.
Apagó el farol y esquivó los escombros de la obra hasta llegar a la calle.
Los faroleros se movían por las calles, anunciando el avance de la noche.
Su carruaje estaba aparcado al otro lado del Grand Circle y Cato sujetaba tranquilamente las riendas de Bad Influence.
Atento al tráfico, cruzó por el sur de Central Park y luego se dirigió hacia el oeste, al otro lado de Broadway.
Diógenes estaba a punto de advertir al antiguo jinete profesional que se tapara los oídos, pero entonces recordó que no era necesario.
Así que, en lugar de eso, le indicó con un gesto que mantuviera el caballo bajo control.
Ambos pusieron las manos sobre el cuello del animal para tranquilizarlo y Diógenes se volvió hacia la torre para no perderse el espectáculo.