Capítulo 58
Leng miró los ojos brillantes de su descendiente.
Su rostro seguía un tanto sonrojado y Leng le notó un ligero sudor en la frente.
Aquel hombre era un adversario formidable y había que tratarlo con extrema cautela.
Contuvo el impulso momentáneo de liberarlo y permitirle sentarse junto al fuego para disfrutar de una copa de coñac y un puro con él.
No, todavía no. Debía asegurarse de que la conversión era sincera.
Se tomó un momento para volver a encender el puro.
Tras unas cuantas caladas satisfactorias, se levantó, fue al armario y se sirvió otro coñac.
Después volvió a sentarse, hizo girar el coñac en la copa y bebió un sorbo prolongado.
Luego lo dejó sobre la mesa, cogió de nuevo el puro y le dio otra calada.
Exhalando una larga bocanada de humo, dijo:
—Me complace oír tu respuesta. ¿Cómo es que has cambiado de parecer?
—Mi opinión sobre mí mismo se basa, o se derrumba, en la lógica. Y encuentro tu lógica irrefutable.
—Lo es.
Pendergast asintió.
—Es evidente que te gustaría liberarte de esas cadenas.
—Eso esperaba. Y un coñac sería de agradecer esta noche fría.
—Me sabe mal decirlo, pero aún no. ¿Te interesa conocer mis planes con más detalle?
—Por supuesto. Quizá incluso pueda hacer algunas sugerencias, dada mi familiaridad con el próximo siglo.
—Te lo agradecería. El grupo que propongo reunir utilizará la máquina para viajar a tu época, como ya he dicho. Nos instalaremos en un terreno muy extenso y bien fortificado, preferiblemente en el oeste de Estados Unidos. Almacenaremos alimentos, armas y todo lo necesario para vivir.
—Yo desaconsejaría ciertos aspectos de ese plan.
Leng arqueó las cejas.
—¿Como cuáles?
—En el siglo XX aparecen muchas sectas religiosas extrañas.
A menudo se concentran en el oeste de Estados Unidos, por todas las razones que te puedas imaginar.
Esas sectas suelen ir armadas y no están dispuestas a someterse al imperio de la ley, lo cual ha dado lugar a masacres, suicidios a gran escala y tiroteos con las fuerzas del orden.
En mi época, las autoridades están buscando precisamente el tipo de campamento bien fortificado que tú propones.
—Entiendo. ¿Qué sugieres?
—Que el verdadero propósito de tu grupo al principio se oculte bajo el manto de la benevolencia.
Lo ideal sería un instituto o una fundación dedicada a la mejora humana, lo que a veces llamamos un centro de estudios.
O tal vez incluso un balneario, un retiro terapéutico para ricos.
Necesitaríamos acumular grandes sumas de dinero para lograrlo y borrar nuestras huellas, pero ese sería el menor de nuestros problemas.
Deben pasar años para que podamos hacerlo bien, pero me parece que eres un hombre paciente.
—Lo soy. Y agradezco enormemente las advertencias que mencionas. Continuemos, entonces. Crearemos nuestro, eh, instituto benéfico teniendo en cuenta tus advertencias.
—Debéis manteneros fuera del radar.
—¿Perdón?
—Que debéis pasar inadvertidos.
—Exacto. Allí recabaremos los conocimientos científicos y el material necesarios para desarrollar un germen mortal y virulento, así como la vacuna contra él, y lo soltaremos.
Por supuesto, no todo el mundo sucumbirá.
Entiendo que eso sería imposible, pero la población restante estará hambrienta y se volverá salvaje, y no tardarán en matarse unos a otros.
—Supongo que sí.
—Nosotros estaremos a salvo en nuestro enclave, que en ese momento asumirá su verdadera naturaleza. Todo estará ordenado. Las normas serán estrictas, pero justas. No habrá violencia ni desobediencia a la autoridad. Todos los delitos se castigarán con el destierro.
—¿Qué sistema político instaurarás? ¿Una democracia?
—Por supuesto que no. La democracia es el mal gobierno de los estúpidos, los codiciosos y los corruptos.
No, será una oligarquía ilustrada, o más bien una geniocracia, que yo llamaría la Convocatoria de los Doce.
Doce hombres y mujeres sabios que deliberarán sobre las cuestiones importantes del Estado y avanzarán con consenso.
—¿Y cómo se elegirá a esos doce sabios?
—Las personas más activas en el deber cívico, que demuestren cualidades de liderazgo y que también obtengan una puntuación en el percentil superior de una rigurosa serie de pruebas y mediciones del cociente intelectual. De ahí que lo denomine geniocracia, el gobierno de los excelentes.
—Hasta ahora, lo que propones parece lógico. También evita las deficiencias de los sistemas políticos que han surgido desde 1880 —añadió Pendergast con algo parecido a la aprobación—. ¿Y vuestro sistema económico?
—Capitalismo, pero con la Convocatoria como propietaria y controladora de los medios de producción.
A medida que el mundo exterior vuelva a ser un desierto y los salvajes restos de la humanidad mueran, ampliaremos nuestras fronteras, nuestras leyes y nuestra civilización hasta que hayamos vuelto a ocupar el planeta bajo un gobierno mundial inteligente, racional y compasivo.
—Hizo una pausa y esbozó una amplia sonrisa—. ¿Qué opinas, sobrino?
—Una geniocracia, la Convocatoria… Veo que has pensado mucho en ello. Yo también me he preguntado durante mucho tiempo por qué no exigimos a los políticos que impongan una prueba de inteligencia. Parece que la estupidez es prácticamente un requisito para presentarse a las elecciones.
—Cierto. —Leng miró a Pendergast un buen rato antes de continuar—.
Y, con el don añadido del arcano, viviremos mucho más tiempo.
Piensa en los avances científicos que podríamos lograr, y en la música, las matemáticas, el arte, si pudiéramos vivir ochocientos años en lugar de ochenta.
Por supuesto, habrá que restringir mucho los nuevos nacimientos, pero, en mi opinión, el mundo será un lugar mejor sin niños lloriqueando a nuestros pies.
—Me viene a la mente la palabra utopía, tío.
—Es muy acertada. —Leng dudó un momento—. Lamento mucho que no vayas a estar entre nosotros.
—¿Estás retirando tu invitación?
—Sí; mentiste sobre tu intención de unirte a mí. Acabo de darme cuenta.
—No mentí.
Leng se echó a reír.
—Por supuesto que lo hiciste. Eres un tipo opaco y retorcido, pero yo he estudiado las evasivas humanas incluso más que tú.
Aunque debo admitir, Aloysius, que por un momento me convenciste de que estabas siendo sincero.
Sin embargo, he oído tu mentira en la palabra que acabas de pronunciar: «tío».
No has podido evitarlo, había un ligero tono de ironía, o quizá de disgusto, lo cual a su vez me dice que no estás convencido. ¿Qué tienes que decir al respecto?
Pendergast lo miró sin negar nada.
—Veía que estaba haciendo avances. Cuando dijiste que mi solución era la única viable y me ofreciste sugerencias para mejorarla, creo que hablabas con sinceridad.
A lo mejor solo necesitas un poco de tiempo para reflexionar, porque mi lógica es irrefutable.
Y mis métodos, aunque reconozco sin reparos que son crueles, son igualmente necesarios.
Tú también eres un hombre cruel. Sé lo que le hiciste a mi hombre, Munck: lo ahogaste como a una rata en una jaula.
Pendergast guardó silencio.
—Pero permitirte el lujo de considerar mi oferta a tu antojo sería una pérdida de tiempo, por no hablar de un riesgo innecesario.
Así que ahora la petición es simple: tienes una hora para darme acceso al portal, o tú y todos tus amigos moriréis, y de la forma más horrible.
Soy una de esas almas excepcionales, sobrino, que pueden tratar a la misma persona con magnanimidad o con extrema venganza.
Tu negativa, que sería un acto terco y obstinado, teniendo en cuenta lo que has oído y no has podido refutar, me causaría una gran irritación.
Así que, si de repente me encuentro con un periodo de ocio que esperaba pasar utilizando tu portal, me encantaría dedicarme a un proyecto transitorio: ver cómo tú y tu grupito morís de las formas más dolorosas imaginables.
Y, créeme, no me falta imaginación. Y, aunque me faltara, Decla sin duda podría adornarlas con algunos detalles.
La rueda; el oro fundido, que era el cóctel preferido del general Craso; el escafismo; el águila sangrienta; y, por supuesto, el peinado y el desollamiento.
Tú asistirás como público de todos ellos, por descontado, y te prometo que, cuando por fin mueras, llevarás puesta la piel de tu amigo, el agente de policía.
Dejó que esa imagen flotara en el aire durante un momento. Luego hizo un gesto a los guardias para que se lo llevaran, no sin antes levantarse e inclinarse con jovialidad ante Pendergast.
—Me espera una operación importante ahí abajo. Da la casualidad de que los preparativos llevarán más o menos el mismo tiempo que tú necesitas para decidirte.