Capítulo 57
Constance se escabulló por los pasillos del sótano, evitando a los miembros de la banda que deambulaban por allí, y se dirigió a los laboratorios de Leng.
Se había quedado impactada y consternada al ver a Aloysius encadenado a un poste metálico en la biblioteca, pero creía que, si sus planes lograban llegar hasta ese punto, cada uno tenía unas tareas claras y específicas que cumplir, tal como habían acordado en el burdel.
La que se le había asignado —y exigido— a ella era rescatar a sus hermanos.
Tenía que moverse con sumo cuidado. La falta de electricidad era su aliada; el sótano no tenía luces de gas y los faroles de queroseno que llevaban los buscadores eran tenues y apenas penetraban en la oscuridad.
Ella, por su parte, era capaz de moverse sin luz, una habilidad adquirida tras pasar cien años en esos mismos pasillos.
Pero el descubrimiento de las grutas del subsótano y el inmediato interés que despertaron eran cosas que no había previsto.
Al acercarse a la entrada del laboratorio, pudo oír los gritos ahogados de Mary.
Por mucho que eso la llenara de alivio, también la llenaba —cruelmente— de desesperación.
Era evidente que Mary estaba siendo utilizada como sujeto de prueba para el arcano, y sin duda con éxito, ya que Leng ahora tenía el verdadero.
Pero Constance recordaba muy bien que, una vez que el elixir pareció funcionar, Leng viviseccionó a las primeras seis cobayas para asegurarse antes de comenzar a inyectárselo a sí mismo.
Con toda probabilidad, esa era una de las razones por las que la había mantenido con vida tanto tiempo; la otra era su necesidad de un laboratorio decente para realizar el procedimiento, y era allí donde, casi con toda seguridad, acababan de llevar a Mary.
Fue hasta una esquina y miró a su alrededor.
A diez metros de distancia se encontraba la entrada a los laboratorios de Leng.
Un miembro de los Milk Drinkers montaba guardia en la puerta.
Mientras esperaba, pensando en qué hacer, oyó que los gritos de Mary bajaban de tono y volumen y se volvían más suaves, más confusos.
Era lógico suponer que acababan de inyectarle un sedante que la había vuelto dócil e indefensa.
También era lógico suponer que la estaban preparando para la cirugía.
Agarrando el estilete, Constance cogió una piedrecita y la lanzó contra la pared del fondo, donde produjo un leve ruido metálico. Luego se agachó y volvió a esconderse detrás de la esquina.
—¿Quién anda ahí? —preguntó el guardia.
En ese momento salió otro por la puerta del laboratorio. Leng no quería correr ningún riesgo.
—Oye, ¿qué andas murmurando?
—He oído algo ahí fuera.
Constance oyó un ruido metálico cuando se echaron al hombro los rifles y empezaron a avanzar. Los guardias levantaron las mechas de sus faroles para ver mejor y la tenue luz del otro lado se hizo más brillante.
Eran dos. Constance, con su buen oído, supo que se movían en paralelo a ambos lados del pasillo. Eso significaba que uno aparecería por la esquina, justo delante de ella, mientras que el otro permanecería en el lado opuesto.
Se agachó y se puso tensa. Pudo oír cómo el guardia más cercano se aproximaba a la esquina y luego se detenía.
Lo que vendría a continuación era obvio; doblaría la esquina con el arma apuntando a la altura de la cintura, pero ella estaba preparada.
Él hizo su movimiento y Constance saltó, apartando el cañón del rifle tan rápido que no pudo disparar.
Lo giró y le hundió la daga lo suficiente en la garganta como para que no pudiese hablar.
Lo sostuvo frente a ella a modo de escudo mientras se volvía hacia el otro guardia, que había oído la pelea y le estaba apuntando con su arma, pero no podía disparar con precisión.
—Suelta el arma o ensarto a tu compañero —dijo Constance con naturalidad.
El hombre se abalanzó sobre ella.
Constance degolló al guardia y lanzó el cuerpo hacia el hombre que se acercaba, quien se apartó para esquivarlo. Aquel era un movimiento igualmente obvio y, anticipándose, Constance lo atacó desde un lado y le hizo un corte profundo en el cuello mientras él disparaba, aunque sin acertar el blanco.
Se apartó mientras el vigilante caía sobre su compañero, ambos agonizando en un coro de gorgoteos.
Constance cogió entonces un rifle, corrió por el pasillo y cruzó la puerta del laboratorio, pasando junto a filas de frascos y material, hasta llegar al quirófano.
Arma en ristre, miró a su alrededor. Mary estaba tumbada en la mesa de operaciones, con dos asistentes que al parecer se habían ocupado de los preparativos para la cirugía.
Un tercer asistente había estado colocando el instrumental quirúrgico y los viales en una bandeja.
Al oír el disparo, los tres se habían vuelto, paralizados por la sorpresa, y la vieron de frente.
Parecía que, junto con la mejora del laboratorio, pues el anterior estaba bajo el agua en las alcantarillas de Five Points, Leng también había mejorado su personal quirúrgico, que antes solo constaba de Munck, entusiasta pero sin formación.
La confusión duró lo suficiente para que Constance derribara a dos con disparos rápidos mientras seguía en movimiento.
Pero el tercero agarró un bisturí y, para su sorpresa, se lo lanzó.
Se vio obligada a esquivarlo mientras giraba el rifle, lo cual desvió el disparo.
Luego, el hombre se abalanzó sobre ella con un rugido.
Era fuerte como un toro. Cogió el bisturí del suelo, pero Constance le inmovilizó el brazo.
Después se incorporó y le hincó los dientes en la nariz, girando la cabeza con saña.
El hombre se echó hacia atrás con un grito y la soltó lo suficiente como para que ella le arrebatara el bisturí y le rebanara el cuello con él, lo que la salpicó de sangre y la cegó unos instantes.
Después se quitó el cuerpo del hombre de encima, se puso en pie y se acercó rápidamente a Mary, que yacía en la mesa de operaciones. Llevaba una bata quirúrgica blanca y estaba medio inconsciente.
—Mary —susurró—. Mary.
Le dio una suave bofetada en la cara, pero sus ojos no enfocaban.
—Levántate.
Constance pasó los brazos por debajo de los de Mary y la ayudó a levantarse de la mesa.
—¿Qué… está pasando? —balbuceó Mary, a quien le temblaban las rodillas y se desplomó.
Constance intentó levantarla, pero Mary estaba muy drogada. Aun así, no había tiempo que perder; Leng podía aparecer en cualquier momento.
Revisó a toda prisa el contenido de la bandeja médica, en busca de adrenalina o algún equivalente del siglo XIX , y encontró un frasco con la etiqueta SOLUCIÓN ACUOSA DE CLORHIDRATO DE COCAÍNA AL 7 %.
¿Cocaína? Era un estimulante y no tenía otra opción. Introdujo una aguja en el frasco, extrajo una pequeña cantidad y se la inyectó a Mary en el brazo.
La respuesta fue espectacular. Mary abrió los ojos y miró a su alrededor con pánico.
—¿Quién eres?
—Una amiga. He venido a sacarte de aquí. —Constance se limpió la sangre de la cara con un rollo de gasa que había cerca y ayudó a Mary a ponerse de pie—. Ven conmigo.
Salieron del laboratorio por donde habían entrado.
Constance agarró la mano de Mary, que iba tambaleándose detrás de ella, confusa pero obediente, y recuperaba poco a poco el sentido.
En la intersección del túnel, Constance se detuvo y sacó un revólver del cinturón de uno de los guardias muertos.
Llevó entonces a Mary en la dirección opuesta; un giro, otro giro y, más adelante, un tercero.
La celda donde se encontraban Binky y Joe estaba justo al otro lado y en algún lugar del pasillo oyó gritos y pasos apresurados.
Respiró hondo y dobló la esquina. A solo unos centímetros había un guardia con el rifle levantado y de espaldas a ella.
Constance le apuntó con la pistola a los riñones y apretó el gatillo.
Lo agarró mientras caía, le quitó las llaves del cinturón, fue a toda prisa hacia la puerta de la celda y la abrió.
Los dos niños corrieron hacia ella y Mary. Binky estaba llorando.
—¡Silencio! —dijo Constance con brusquedad—. No hay tiempo. Seguidme.
La única forma de salir era hacia arriba por el piso principal, donde debían llegar de una forma u otra.
Alejándose del ruido de los pasos, se dirigió a un pasillo trasero que conducía a la bodega del sótano; sabía que cerca había una escalera que llevaba a la cocina. Tiró de la mano de la confusa Mary mientras Joe y Binky se esforzaban por seguirlas.
Enseguida se hizo tan oscuro que sin farol no veían nada. Constance se detuvo y susurró a los dos más jóvenes:
—Agarraos a mi vestido.
Sostuvo la mano de Mary mientras continuaban por el pasillo oscuro.
Voces agitadas resonaban en el sótano; se acercaba gente.
Constance palpó la pared húmeda, encontró un hueco y tiró del resto hacia ella.
La luz se hizo más intensa al acercarse una patrulla.
Constance sacó el revólver de la cintura y lo amartilló, con el dedo en el gatillo.
Los hombres aparecieron caminando rápido, uno de ellos con un farol y el brazo extendido delante de él.
Pasaron veloces por delante sin ver al pequeño grupo oculto en el hueco y Constance giró el cañón en dirección a ellos.
Diez segundos después, soltó el gatillo, salió del hueco y continuaron su camino.
Pronto, un aroma almizclado a viejas barricas de roble le indicó que estaban pasando por la bodega.
Mientras avanzaban, iba tocando la pared, y entonces sus dedos entraron en contacto con el marco de la puerta de la escalera que llevaba a la cocina.
—Por aquí —susurró.
Subieron las escaleras torpemente. Los niños se aferraban a ella y Mary iba cogida de su mano.
Mientras avanzaban, Constance volvió a recordar la imagen de Aloysius encadenado al poste de hierro.
Era cierto que los tres tenían tareas que realizar por separado y sin la ayuda de los demás, pero, a esas horas tan tardías, la idea de dejarlo solo con Enoch Leng, envenenado o no, le resultaba muy preocupante.
En lo alto de la angosta escalera, entreabrió la puerta y salió a una cocina. Estaba en penumbra, pero había suficiente luz ambiental para que todos pudieran distinguir lo que los rodeaba.
—Podéis soltarme —susurró—. Ya casi hemos llegado.
Los niños la soltaron. Constance observó el lugar y su mirada se detuvo en una ventana que quedaba al nivel del suelo sobre una larga encimera de mármol.
Cogió una pesada cacerola de cobre, la envolvió en un paño de cocina y la lanzó contra el cristal.
Luego utilizó la cacerola para desprender los restos afilados de cristal del marco.
Agarró a Binky, la levantó y la ayudó a salir; Joe saltó por su propio pie y Mary lo siguió.
—Corre hacia la carretera que bordea el río —le dijo Constance a Joe, señalando hacia la parte delantera de la mansión—. Quédate cerca de los arbustos. Féline está esperando en la Post Road con Murphy y el carruaje.
—¿Tú vienes? —preguntó Joe.
Constance dudó un momento.
—No, tengo asuntos pendientes ahí dentro.