El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 56
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Capítulo 56

Sentado en un sofá raído, en una habitación por lo demás vacía del segundo piso, Otto Bloom acababa de liarse un cigarrillo y estaba a punto de encenderlo cuando oyó alboroto entre los obreros que se arremolinaban en la planta de abajo.

—¡Mirad, es su excelencia!

—Así es. Y parece que viene acompañado de su niñita.

—No sé cuál está más chiflado de los dos.

Bloom dejó el cigarrillo, se levantó de un brinco y bajó corriendo las escaleras hasta el pequeño grupo que se agolpaba, entre carcajadas, alrededor de la única entrada que permanecía abierta a la calle Cuarenta y dos.

—¡Cerrad el pico! —dijo antes de apartar a los hombres de la puerta y dejar solo a los dos guardias—. ¡Volved a vuestros puestos! ¡Moveos!

Mientras los albañiles, carpinteros y otros trabajadores de la construcción se dispersaban en la penumbra del edificio vacío, Bloom salió a la calle y vio el taxi reluciente.

Tras una breve pausa, se abrió la puerta y bajó un hombre de atuendo deslumbrante.

Se detuvo en el escalón más bajo para mirar a ambos lados a través de su monóculo e hizo una mueca, como si la calle estuviera hecha de mierda de vaca y él estuviera buscando el lugar más limpio.

Por fin se dignó pisar la acera, donde sacó un pañuelo de seda del chaleco y pulió el mango de su bastón de madera de serpiente.

Después de una última pasada a la superficie esmaltada, tiró el pañuelo a la alcantarilla, se ajustó los puños, que tenían una cantidad precisa de encaje de Bruselas, y se volvió para ayudar a su acompañante a salir del carruaje.

Se trataba de una mujer joven —y Bloom debía admitir que muy hermosa— con los hombros envueltos en marta cibelina.

Su amplio vestido de seda dejaba al descubierto, a pesar del frío aire de enero, una cantidad poco saludable de escote.

El dandi le ofreció el brazo y la guio hasta un carrito donde una mujer vendía manzanas; eligió una para su acompañante y otra para él.

Metió la mano en el bolsillo de su chaleco de satén, sacó una moneda y se la lanzó a la vendedora con un destello dorado que brillaba sin cesar.

Levantó la vista hacia el edificio que tenía delante, y su mirada lánguida se desplazó de este a oeste a lo largo de la fachada, cubierta de andamios.

Acarició la mano de su acompañante con satisfacción y se dirigió a los guardias que flanqueaban la puerta con expresiones cuidadosamente impasibles.

Mientras lo hacía, Bloom retrocedió unos pasos hacia el laberinto de carpintería, preparándose para otro encuentro con lord Cedric.

Cuando el señor Billington contrató a Bloom y su grupo para provocar un pequeño derrumbe en el Smee’s Alley y llenar el callejón y los edificios circundantes con obstáculos suficientes —en forma de vigas estructurales y contrafuertes— para mantener alejado a un pequeño ejército, Bloom no hizo muchas preguntas.

El hombre de aspecto pálido había pagado muy bien.

Solo cuando el lugar estuvo completamente asegurado le fue revelado el secreto. Y era en verdad extraño.

Billington dijo que su familia era propietaria de una finca en Surrey, donde tenía un hermano mayor, Cedric, lord Deddington, quinto barón de su linaje.

Gracias al sistema inglés de primogenitura, lord Cedric se quedó con todo el dinero, y la asignación de Billington dependía de los caprichos de su hermano.

Uno de esos caprichos, según Billington, era el estudio de lo oculto por parte de lord Cedric.

Su señoría era miembro de varias órdenes místicas y sociedades secretas dedicadas a la alquimia, la adivinación, la nigromancia y otras ciencias ocultas.

Billington le describió el interés de Cedric por las fiestas de desvendado de momias y las güijas, así como su devoción por la carismática Helena Blavatsky, una espiritista rusa que había llegado a Nueva York unos años antes y había fundado la Sociedad Teosófica.

Los recuerdos de Bloom se vieron interrumpidos por los tonos agudos y nasales de lord Cedric, que lo estaba buscando.

—¡Que me maten si alguna vez he visto un desastre tan espantoso en toda mi vida! ¡Bloom!

Haciendo acopio de paciencia, Bloom salió al pasillo.

—Por todos los santos, ¿dónde está ese holgazán? ¡Bloom, he dicho! ¡Sal de tu agujero y enfréntate a mí!

Al doblar la esquina, Bloom llegó al lugar donde se encontraba lord Cedric, que desplegó su traje en todo su esplendor, como un pavo real abriendo su cola.

—¡Ahí estás! —exclamó lord Cedric—. Bloom, ¿te han presentado a esta, mi temblorosa jacinta de los pantanos de Dartmoor, mi orquídea de invernadero de Brixton, la señora Livia?

—Ya nos conocemos —respondió Bloom, que se llevó la mano a la gorra.

De hecho, lord Cedric solo había llevado a aquella mujer una vez, para gran diversión de los mineros. Se situó detrás de lord Cedric, que ahora seguía avanzando entre el polvo y las vigas hacia un haz de luz que marcaba la entrada interior al Smee’s Alley.

Billington le contó por fin un día a Bloom lo que estaba sucediendo en el Smee’s Alley.

Años atrás, dijo, su hermano Cedric y madame Blavatsky habían unido fuerzas para determinar el punto exacto de la tierra donde las fuerzas sobrenaturales podían manifestarse ante los seres mundanos.

Billington se había referido a ese misterioso lugar como el «nexo de la energía ectoplásmica» o algo por el estilo.

El barón y madame Blavatsky habían determinado que se encontraba en algún punto de la ciudad de Nueva York, pero luego se habían peleado.

Poco después, lord Cedric había acotado la ubicación del nexo: el centro del Smee’s Alley.

Blavatsky y sus secuaces se habían enterado del descubrimiento y se disponían a tomar el control del lugar.

Cuando Bloom lo supo y se dio cuenta de que todo su trabajo en el callejón consistía en complacer los caprichos ridículos de un excéntrico lord inglés, estuvo a punto de renunciar.

Sin embargo, había visto a varios personajes sospechosos merodeando aquí y allá, evidentemente acólitos de Blavatsky.

Billington le había advertido que eran gente seria y que no dudarían en asesinar a quien se interpusiera en su camino para acceder al nexo.

Bloom, por supuesto, no les contó nada a sus hombres sobre esas tonterías ocultistas.

Lord Cedric les pagaba generosas sumas de dinero para que vigilaran el callejón y los edificios circundantes, además de proporcionarles comida y cerveza ilimitadas.

Con tres comidas calientes, una cama y dinero caído del cielo, los hombres estaban felices de reforzar las obras y vigilar sin hacer preguntas.

De hecho, para ellos, las visitas ocasionales de lord Cedric eran momentos de alivio cómico.

No así para Bloom, que tenía que mantener a sus hombres a raya y, al mismo tiempo, complacer al dandi británico.

Los tres entraron en el callejón vacío y Bloom observó cómo el barón se tomaba un momento para mirar a su alrededor con el monóculo, asegurándose de que todo estaba en orden.

Bloom debía reconocer que, cuando se quitaba el monóculo, tenía un ojo agudo y observador; al menos uno, el verde.

El otro era de un azul blanquecino apagado, tal vez ciego.

Se oyó un crujido en una de las pocas ventanas abiertas que daban al callejón y luego sonó una voz áspera, fingiendo con desdén una tos.

—¡Cof-cof-cof…! ¡Marica! ¡Cof-cof!

Lord Cedric levantó la vista indignado.

—¿Quién ha dicho eso?

Arriba no se oyó nada.

—¡Cachorro insolente! ¡Muéstrate!

Se oyó otro susurro, y entonces el rostro mugriento y sonriente de un obrero se asomó por una ventana del segundo piso.

De inmediato, Livia apuntó y le arrojó la manzana a medio comer, la cual, a pesar de la tenue luz, acertó al hombre justo encima de un ojo y lo manchó de pulpa y jugo.

La figura desapareció con una serie de improperios.

—¡Vaya, Livia! —Encantado, lord Cedric se volvió hacia ella—. Qué tranquilidad ver que no has perdido tus habilidades callejeras como lanzadora.

Livia, a quien por lo visto no le gustó que le recordaran su pedigrí, les dio la espalda con aire malhumorado y echó a andar hacia la caseta de vigilancia que cerraba el Smee’s Alley.

—No les haga caso, milord —dijo Bloom, anotando mentalmente el nombre del provocador para descontárselo de su salario—. Solo están desahogándose. Se burlan sin mala intención de sus superiores al final de la jornada.

—¿Desahogándose, dice? Pues puede decirle de mi parte unas palabras de Mozart: Leck mir den Arsch fein recht schön sauber . —El lord volvió a mirar a su alrededor—. ¿Todo tranquilo? ¿Todo sigue como estaba? ¿No hay señales de que el nexo cobre vida?

—No, milord. Y mis dos hermanos llegaron ayer mismo de Virginia. Han estado trabajando en las minas. También trajeron consigo a tres de sus hijos, chicos grandes y fornidos, para ahuyentar a los espías.

—¡Vaya, eso es genial! Reforzar las filas es una idea estupenda, especialmente…

—¿Cedric?

La voz de Livia interrumpió la conversación.

—¿Sí, paloma mía? —dijo el barón sin mirar.

—¿Qué diablos es eso?

Bloom observó cómo el otro hombre se daba la vuelta.

A mitad del callejón, justo delante de los viejos carteles de un salón de baile pegados a la pared de ladrillo, aparecieron unas extrañas chispas que permanecieron suspendidas un momento como luciérnagas y luego se desintegraron en extraños arabescos irisados.

Bloom se quedó mudo. Nunca había visto nada parecido. Dios mío, ¿podía ser cierto el engaño? Aún más notable fue la transformación del rostro del barón, cuya expresión bobalicona dio paso a una de sorpresa y luego de concentración.

—Bloom —dijo el hombre con una voz completamente nueva—, haga que alguien acompañe a esta mujer a un carruaje y la envíe a casa. No en mi propio transporte; ese se queda aquí. Dese prisa.

Mientras Bloom se llevaba a la mujer, que iba protestando, pudo ver a lord Cedric acercándose a las luces centelleantes.

Cuando Bloom regresó, el barón se encontraba, con actitud cautelosa, frente a los destellos multicolores, que ahora hacían vibrar el aire del callejón.

Mientras observaba, la vibración se convirtió en un resplandor y empezó a adoptar una forma ovoide.

Bloom se quedó mirando, hipnotizado y atónito.

—Bloom —dijo lord Cedric, volviéndose hacia él.

Pero el otro era incapaz de moverse.

—¡Bloom! —dijo con voz grave y apremiante—. Debemos darnos prisa y tapar esta cosa. Colguemos las telas ahora, tal como habíamos acordado. Y, por el amor de Dios, mantenga a todo el mundo alejado.

Una vez roto el hechizo, Bloom, a quien más de una vez le habían enseñado qué hacer en esa situación, por inverosímil que fuera, empezó a dar órdenes a sus hombres.

En rápida sucesión, tiraron de una serie de cuerdas guía que soltaron unas pesadas lonas negras, cada una de ellas suspendida de un andamio situado a metro y medio de la cosa brillante, y dejaron que la gravedad las hiciera caer al suelo.

Mientras tanto, el barón subió por una escalera y, corriendo por una pasarela, desprendió otra lona, montada horizontalmente, que se desenrolló a lo largo de un marco y cubrió el espacio abierto sobre la cosa.

Bajó de nuevo por la escalera y ayudó a Bloom a fijar los paneles de lona con ganchos.

En cuestión de minutos habían creado un cubo de cuatro metros, cuyo grueso material negro encerraba y ocultaba la brillante luz de la cosa que había en su interior.

—¿Recuerda lo que hay que hacer ahora? —preguntó lord Cedric.

En ese momento se encontraban dentro del recinto y Bloom, tras colocar la última lona en su sitio, volvió a mirar hipnotizado la… cosa.

—Sí, señor. Triplicar la guardia.

—Exacto, con sus mejores hombres. Y, por el amor de Dios, mantenga a todo el mundo lejos de aquí. ¿Entendido? Ya no queda mucho. Doce horas, o puede que veinticuatro, y Billington o yo nos encargaremos de que usted y todos sus hombres reciban mil dólares cada uno. Ahora, ¡dese prisa!

—¿Mil…?

Al ver la mirada de lord Cedric, Bloom asintió. El barón, por su parte, convertido de repente en un hombre distinto, salió del cubo de lona y echó a correr —a correr de verdad, habiendo perdido todas sus afectaciones— hacia la salida del callejón para luego desaparecer.