Capítulo 55
Enoch Leng dejó el puro y sacó del bolsillo el largo telegrama de Humblecut, que había cortado y encuadernado. Lo abrió y comenzó a hojearlo, pasando las páginas llenas de anotaciones propias en una letra diminuta y perfecta.
—Vaya, vaya, Aloysius —dijo—. ¿Puedo llamarte Aloysius?
Tú puedes llamarme Enoch. Ahora mismo prefiero ese nombre.
Al fin y al cabo, somos parientes de sangre.
—Sonrió a Pendergast—. Pero no tengo muy claro qué parentesco nos une.
Mi padre era Hezekiah Pendergast, que debió de ser… , veamos…, ¿tu tatarabuelo?
Pendergast no dijo nada.
Leng lo examinó largo rato. Era la primera vez que tenía la oportunidad de observarlo con detenimiento y le inquietaba un poco el parecido que guardaba con él, así como la aguda inteligencia que se reflejaba en aquellos ojos plateados, el físico delgado y el rostro aristocrático.
Sin duda, era un Pendergast de pies a cabeza, razón de más para actuar con suma cautela.
—Como no tengo hijos —continuó Leng— ni intención de tenerlos, debes de ser descendiente de uno de mis hermanos.
¿Comstock? ¿Maurice? ¿O… Boethius? —Se inclinó hacia delante, mirando fijamente aquellos ojos plateados, pero no acertó a interpretar su expresión—.
Supongo que Boethius. Es el único que se ha casado hasta ahora.
Atia es el nombre de su esposa, y acaban de tener una niña un poco extraña llamada Cornelia.
Atia debe de ser tu bisabuela, lo cual te convierte en mi bisnieto.
Y a mí, en tu tío bisabuelo. —Sonrió—. Me alegro de que se haya aclarado.
Pendergast guardó silencio.
—Es increíble cómo se mantiene el parecido de los Pendergast a lo largo de las generaciones.
Recostándose, dio una larga y lenta calada al puro, lo dejó en el cenicero y cruzó las piernas.
—Bien, Aloysius, ¿estás en condiciones de mantener esta importante conversación, la cual es decisiva para ti?
De cómo transcurra dependerá la vida o la muerte de tus socios y de ti mismo.
Si piensas seguir callado, haré que te lleven inmediatamente a tu celda para no perder más tiempo y todos seréis eliminados.
—No me opongo a mantener una conversación —dijo Pendergast con frialdad.
—Una sabia decisión. ¿Has adivinado mis planes?
—Deseas extinguir a la raza humana.
Ante eso, Leng soltó una risita.
—Te equivocas. La palabra no es «extinguir». La palabra es «purgar».
—¿Qué quieres decir con eso?
—La idea es eliminar a la gran mayoría de la humanidad y dejar solo a un pequeño grupo para que continúe la especie de una forma superior. Purificada. Descontaminada. Perfeccionada.
—Y tú, naturalmente, formarás parte de ese pequeño grupo.
—Naturalmente. ¿Crees que mi plan es malvado?
—¿Es malvado el asesinato en masa de inocentes?
Leng esbozó una gran sonrisa.
—¿Los seres humanos, inocentes? No lo creo. —Se humedeció el dedo y pasó otra página del cuaderno—. Repasemos el siglo que viene, el vigésimo, y lo que sucederá. Se caracterizó por dos guerras llamadas «mundiales». ¿Correcto?
—Sí.
—En la primera murieron cuarenta millones de personas. En la segunda, ochenta millones. ¿Es así?
—Aproximadamente.
—Entre los muertos había seis millones de judíos, asesinados de forma fría, sistemática y científica por Alemania bajo el mando de un hombre llamado Hitler, en un intento de erradicar a todo un pueblo.
Hombres, mujeres, niños, ancianos indefensos, bebés, todos.
Y no se limitó a los judíos; liquidaron a gitanos, homosexuales, discapacitados mentales y todo aquel que fuera considerado genética o intelectualmente inferior. ¿Correcto?
—Por desgracia, sí.
—La segunda guerra terminó con el uso de una nueva arma llamada bomba atómica, que mató a doscientas mil personas en solo dos explosiones. Después de eso, se desarrolló un arma aún más devastadora llamada bomba de hidrógeno, que en la actualidad poseen una docena de países. ¿Es correcto?
—¿Adónde quieres llegar con este interrogatorio?
—Sabes perfectamente adónde quiero llegar.
En ese siglo tuyo también hubo un hombre llamado Stalin, que mató a nueve millones de compatriotas; otro llamado Pol Pot, que mató a un tercio de la población total de su país, y un tercero llamado Mao, que mató a entre cuarenta y ochenta millones de personas en China mediante hambrunas masivas, campos de prisioneros y ejecuciones.
Una cifra cuando menos asombrosa. De nuevo, corrígeme si me equivoco.
—No te equivocas.
—Volvamos al caso de Alemania. Me interesa especialmente porque pasé muchos años allí estudiando medicina.
Es un país que conozco bien y, cuando supe por tu colaborador de la conducta de Alemania a mediados del siglo XX , me costó mucho comprenderlo.
La Alemania actual, me refiero a la de 1881, es el país más avanzado del mundo.
Ha dado a luz a Bach y Beethoven, Goethe y Gauss.
Ha sido cuna de algunos de los mayores avances en medicina, ciencia y matemáticas que el mundo haya visto jamás.
Y, sin embargo, ese país, en la cúspide de la llamada civilización, creó a ese hombre, Hitler, y a través de él perpetró el mal más profundo de toda la historia conocida.
—Así es.
—Increíble. Y espantoso. Pero he averiguado mucho más sobre el siglo XX y, francamente, este resumen apenas es la punta del iceberg. —Hizo una pausa—. Lo cual me lleva a una pregunta abrumadora.
—¿Cuál?
—Lo sabes de sobra. ¿Cómo puedes pensar que vale la pena preservar la raza humana?
Esperó. Tras una breve pero significativa vacilación, Pendergast dijo en voz baja:
—Reconozco que, como especie, no somos precisamente ejemplares. Supongo que por eso culpamos a la serpiente del jardín de todos nuestros defectos. Pero también hemos creado cosas buenas, cosas hermosas e incluso cosas magníficas.
Leng lo miró y pasó otra página del cuaderno.
—También he descubierto gracias a tu colega que en lo único que están de acuerdo los humanos del siglo XXI , unos humanos que, por lo demás, están más divididos que nunca y no han aprendido nada en todo este tiempo, es en destruir la Tierra.
Ocho mil millones de personas contaminando los océanos, calentando el planeta, quemando las selvas tropicales, agotando la riqueza mineral.
Vuestros científicos ahora llaman a esa era la sexta extinción.
Se quedó mirando a Pendergast, cuya tez pálida se tiñó de un ligero rubor. A lo mejor estaba logrando su objetivo.
—Reconoces que esas cosas ocurrieron y están ocurriendo, ¿no es así?
—Lo reconozco.
—¿Reconoces que los avances tecnológicos del siglo XX no son nada en comparación con vuestro descenso a la barbarie?
—No hay nada excepcional en los males del siglo XX .
—No puedes estar hablando en serio.
—Como especie, siempre hemos sido sanguinarios. El siglo XX tan solo nos proporcionó la tecnología necesaria para llevar a cabo matanzas a gran escala.
Leng aplaudió.
—Solo estás reforzando mi argumento: esa tecnología divina acabará llevando a la especie a la autodestrucción. ¿Estás de acuerdo?
Tras un momento de vacilación, Pendergast respondió:
—Parece probable.
—Entonces, si vamos a destruirnos a nosotros mismos, ¿no debería hacerse de una manera lógica y controlada con la idea de empezar de nuevo?
—Estás hablando de la masacre de miles de millones de personas.
—Personas incorregibles.
—Hay mucha gente mala, pero también la hay buena, e incluso excelente.
—Pero la mayoría de la gente es cruel, estúpida y egoísta.
—Podría señalar que tú, aun no siendo estúpido, eres cruel y egoísta.
—No estoy de acuerdo. Lo que estoy haciendo no es más que proporcionar un camino hacia la salvación de nuestra especie.
Siempre he tenido una opinión negativa de la humanidad, pero, cuando me enteré de los males del siglo XX , me costó creerlo.
¡Dios mío! Ahora estoy seguro de que nuestra especie, si no se controla, no llegará al siglo XXII .
Así que, en lugar de destruirnos por completo o dejar tras nosotros a salvajes desnudos que luchan contra ratas y cucarachas para alimentarse, prefiero ver una limpieza cuidadosamente ejecutada que preserve la especie, lo que, sumado a una mayor esperanza de vida, reportará beneficios maravillosos.
Mis métodos son letales, sí, pero necesarios. Soy un agente del bien.
—¿«Del bien»?
—Mi querido sobrino, ¿cómo es posible que apoyes el statu quo , la perpetuación de esta locura, sobre todo sabiendo que tenemos la posibilidad de borrar el pasado y empezar de nuevo?
—¿«Tenemos»?
—Tú, yo…
Leng se detuvo.
—¿Esto es una invitación? —dijo Pendergast.
—Por supuesto, pero no es una invitación a la ligera. Has demostrado ser un hombre muy superior. Eres justo el tipo de persona que necesitamos para renacer de nuestras cenizas, como el fénix.
Pendergast no dijo nada y Leng añadió:
—La invitación se extiende a Constance Greene, si deja a un lado su misión vengativa.
Los niños también vendrán. Joe y Binky, es decir, la joven Constance.
Son muy inteligentes. Incluso perdonaré a Mary, a quien estoy a punto de someter a una vivisección para asegurarme de que el arcano funciona sin dañar los órganos internos.
—Es un proyecto familiar, según veo.
—Hasta incluiré a tu amigo D’Agosta como incentivo, aunque no es precisamente el material adecuado para nuestro nuevo mundo. Juntos, sobrino, podemos crear una sociedad justa, una sociedad lógica, basada en el respeto, la estabilidad y la obediencia a los principios racionales del buen orden.
—¿Y cómo lo vas a conseguir?
—Utilizando tu portal. Nuestro pequeño grupo viajará a tu siglo.
La ciencia de tu época tiene un poder sobrehumano.
Por lo que tengo entendido, una plaga creada biológicamente, como la peste negra, pero mucho más virulenta, combinada con una vacuna especial para unos pocos elegidos, servirá para lograrlo.
Como he dicho, la humanidad se destruirá a sí misma de todos modos.
No me cabe duda de que los malhechores de tu siglo ya están trabajando en armas apocalípticas.
—Desde luego.
—¡Pero nosotros nos adelantaremos! —exclamó Leng con aire triunfal.
Luego hizo una pausa, consciente de que se le había acelerado el ritmo cardiaco. Respiró hondo, miró a Pendergast y, de nuevo, intentó leerle la mente. Le pareció, y no por primera vez, que había vislumbrado destellos de curiosidad, incluso de interés real.
—Para que quede claro: tu «borrar el pasado» significa, en esencia, librar al mundo del noventa y nueve por ciento o más de sus habitantes y empezar de nuevo con unos pocos elegidos. Más o menos como el doctor Strangelove.
—No conozco a ese doctor del que hablas, así que imagino que su brillante trabajo aún está por llegar. Pero eso no viene al caso. ¿Te unirás a mí?
Se impuso un largo silencio.
—Vale la pena considerarlo —dijo Pendergast lenta y deliberadamente.
—Mi querido sobrino, ha llegado el momento de que tomes una decisión. No voy a esperar. ¿Qué piensas hacer? Te unirás a mi empresa, ¿sí o no?
Tras otro largo silencio, Pendergast respondió:
—Sí.