El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 54
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Capítulo 54

Los guardias escoltaron a Pendergast desde la buhardilla. Él avanzaba a trompicones, entorpecido por las cadenas que le ataban las piernas y los brazos.

—Espabila —dijo uno de los guardias, que le dio un golpe en la espalda con el rifle.

—Mi querido amigo, me gustaría ver cómo te mueves tú yendo encadenado como un simio —respondió Pendergast, que ralentizó aún más el paso.

Uno de los guardias se rio entre dientes.

—Mi querido amigo… —dijo, imitando su acento aristocrático de Nueva Orleans. Le dio otro empujón—. Puedes moverte más rápido.

Pendergast, que conocía bien la mansión, supuso que lo llevaban a la biblioteca, donde sin duda lo esperaría Leng.

La casa tenía casi la misma distribución que en su época, pero, por supuesto, los accesorios, la decoración y el papel pintado eran muy diferentes.

El cambio más llamativo era la falta de electricidad; la casa se iluminaba con manguitos incandescentes en globos de vidrio esmerilado que proyectaban una luz más suave que las bombillas eléctricas del futuro.

El camino más corto desde la buhardilla hasta la biblioteca implicaba bajar tres pisos y pasar por una pequeña habitación sin ventanas en el tercer piso que servía de sala de música, en la cual se podía practicar o afinar los instrumentos sin molestar a quienes ocuparan los pisos inferiores.

Al pasar frente a la puerta de esa habitación, Pendergast se desvió bruscamente hacia ella, la abrió con las manos esposadas, y luego giró sobre sí mismo, cerró la puerta y la bloqueó con el pie a modo de tope.

Hubo un momento de consternación mientras los guardias aporreaban la puerta, pero al fin lograron abrirla. Entraron corriendo, gritando y blandiendo sus armas, y lo rodearon. Pendergast apenas tuvo tiempo de llegar al otro lado de la sala de música, y uno de ellos le dio una bofetada.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —preguntó el guardia que estaba al mando, el cual agarró a Pendergast por las manos, lo arrastró de vuelta al pasillo y cerró la puerta.

—Es comprensible que un hombre intente fugarse —respondió Pendergast con humildad.

El comentario provocó un estallido de carcajadas.

—¡Menuda fuga!

—Mi querido amigo —repitió otro, imitando también su acento.

Hubo más risas. Luego lo bajaron a rastras por las escaleras, cruzaron el comedor y el salón de recepciones, y pasaron por el arco que conducía a la biblioteca.

—Atadlo —dijo el guardia principal.

Llevaron a Pendergast hasta un poste de hierro recién instalado dentro de la biblioteca y le esposaron los pies a la base y las manos a unos ganchos soldados más arriba. Luego dieron un paso atrás, apuntándole con los rifles, mientras Pendergast les daba la espalda.

—Dile al jefe que está aquí —ordenó el guardia que ejercía de supervisor.

Uno de los guardias se marchó y el otro se situó junto a la puerta. Al cabo de un momento, el primero regresó con Leng.

Pendergast observó cómo Leng entraba tranquilamente en la sala y se sentaba en un sillón orejero. Después de acomodarse, sacó un puro, cortó la punta y lo encendió. Cuando se hubo recostado, se volvió hacia Pendergast y los guardias retrocedieron, todavía apuntando con los rifles.

—Lo siento —dijo Leng—. Le ofrecería un asiento, pero es usted un tipo escurridizo y no me quedo tranquilo a menos que esté encadenado a ese poste. Ahora vamos a tener una conversación bastante importante. ¿Está listo?

Mientras Leng hablaba, Pendergast vio de soslayo el destello de un ojo violeta. Estaba envuelto en la oscuridad y miró fugazmente por un pequeño agujero en el intrincado papel pintado de la biblioteca. Luego desapareció y en su lugar solo quedó el estampado en la pared.