Capítulo 53
Vincent D’Agosta, sentado en un fardo de paja de una esquina de la habitación, observaba a Pendergast mientras examinaba las paredes, la puerta, el suelo y el techo, algo que llevaba haciendo una hora.
D’Agosta había pasado la noche anterior encerrado en esa celda, pero Pendergast no había llegado hasta hoy.
Al parecer, aunque había sido capturado antes que D’Agosta, Leng se había tomado su tiempo para organizar el traslado junto con los demás desde su granja hasta la mansión, sin duda consciente de lo cauteloso que debía ser al hacerlo.
A su llegada, Pendergast interrogó minuciosamente a D’Agosta sobre su conversación con Humblecut y mostró un interés extremo tanto por las preguntas como por las respuestas.
—Nos han jodido por los cuatro costados —dijo D’Agosta con desgana—. No hay forma de salir de esta caja de hierro.
—Tus maldiciones son tan divertidas como logística y anatómicamente imposibles —respondió Pendergast, que interrumpió su investigación y empezó a pasearse por la habitación.
Su atuendo, unos pantalones ajustados de montar, camisa, capa y botas altas de cuero, lo hacía parecer un bandolero de otra época.
—No se te ve muy preocupado.
—Te aseguro, mi querido Vincent, que estaría muy preocupado si solo pensara en nuestra difícil situación. Pero la preocupación es una emoción debilitante, así que la reprimo en favor de otras cosas. —Hizo una pausa y miró los zapatos de D’Agosta—. Lástima que esos Ferragamo se hayan estropeado.
—¿A quién le importa? —respondió D’Agosta.
La abrumadora emoción que sentía era la del fracaso.
El fracaso de no haber protegido a Joe y haberlo mantenido a salvo, el fracaso de no haber detectado la presencia de Humblecut en la isla, el fracaso de no haber escapado del barco.
El viaje había resultado interminable, los dos metidos en la bodega helada, maloliente y casi sin luz.
Al menos Joe no había sufrido el mareo que sí había afectado a D’Agosta.
Estuvieron a punto de escapar cuando Joe consiguió aflojar algunos remaches de una mampara, pero sus esfuerzos fueron descubiertos por ese cabrón de Humblecut.
En cuanto atracaron, un carruaje con guardias los llevó a la mansión de Leng; allí, Joe fue llevado a otro lugar y a D’Agosta lo encerraron en aquella celda bajo los aleros del edificio.
Aquella misma mañana, temprano, habían encerrado a Pendergast con él.
Una sola vela iluminaba la lúgubre habitación sin ventanas, con el suelo cubierto de paja y una pequeña ranura con rejas en la puerta, presumiblemente para las comidas, aunque solo les habían dado agua.
Las cuatro paredes, el techo y el suelo eran de hierro remachado.
Por lo visto, ni siquiera Pendergast era capaz de encontrar una salida.
Cuando Pendergast habló, fue como si le hubiera leído el pensamiento a D’Agosta.
—Si te sientes culpable por haber sido capturado, no lo hagas, por favor. Formaba parte de nuestro plan desde el principio.
—¿Nuestro plan? ¿De qué estás hablando?
—De Constance, de Diógenes y de mí. Verás, dadas las circunstancias, era casi imposible esconderte en algún lugar donde no te encontraran y al mismo tiempo poder comunicarnos contigo.
No, el truco consistía en retrasar tu localización hasta que los planes y las maquinaciones de Leng empezaran a centrarse cada vez más en el futuro y en el portal que utilizamos para llegar aquí.
Por eso, lo primero que hice después de que salieras de la ciudad fue sellar todos los accesos al portal.
Sea lo que sea lo que le contara Ferenc, Leng no sabe con certeza si lo controlamos o no.
Estaba seguro de que no mataría ni a Joe ni a Binky, porque podía utilizarlos como moneda de cambio.
Mi misión era encontrar a Binky, cosa que hice, y luego dejar que me capturaran.
Estaba seguro de que Leng nos traería a todos aquí y, como ves, eso es exactamente lo que ha hecho, incluida Mary, según parece.
D’Agosta lo miró sorprendido.
—¿Mary?
—Sí, las cenizas de la urna no eran más que un cruel engaño.
—Dios mío. —D’Agosta negó con la cabeza—. Ahora que tus planes han salido bien y estamos todos bajo el mismo techo, ¿qué va a pasar?
—Ahora nos torturarán para intentar obligarnos a revelar el secreto de cómo acceder al portal, aunque tampoco hay nada que revelar.
D’Agosta hizo una mueca.
—En otras palabras, lo tenemos justo donde él quiere que estemos.
—Olvidas que este plan lo hemos elaborado tres personas, no solo yo.
Una de ellas se encarga de vigilar nuestro callejón, por si acaso.
Bueno, no hace falta que te lo explique.
Más importante aún es la misión de la tercera persona, que, ahora que estamos todos aquí, consiste en liberar a Binky y Joe.
—¿Te refieres a Constance?
—Ella conoce la casa mejor que nadie, incluso mejor que Leng y yo. Y es extremadamente capaz y sigilosa, como ya sabes, aunque se han introducido en la ecuación ciertas variables que no había tenido en cuenta.
—¿Te refieres a Mary?
—Eso y lo inteligente e intuitivo que es Leng. Me temo que puede haber adivinado, o lo hará en breve, que tiene un invitado no deseado.
D’Agosta podía imaginárselo a la perfección.
—Qué bien por Binky. Qué bien por Joe. ¿Y nosotros?
—Constance tiene la complejísima tarea de liberar a sus hermanos.
—Ya veo. Así que nuestra libertad depende de nosotros mismos.
—Hablando del tema, ¿puedo ver tu zapato izquierdo?
—¿Qué?
—Hazme el favor.
D’Agosta, que aún intentaba asimilar lo que acababa de oír y que, en cualquier caso, ya no se sorprendía por ninguna de las enigmáticas peticiones de Pendergast, se quitó el zapato y se lo entregó.
Pendergast lo giró entre sus manos. Luego le dio la vuelta y, con un tirón, le arrancó el tacón, que dejó al descubierto un patrón de pequeñas tachuelas.
Con otra serie de tirones despegó la suela.
Consiguió sacar una de las tachuelas, que examinó con el ceño fruncido.
—Esto no sirve —dijo.
Volvió a colocar la tachuela, encajó la suela y acopló el tacón. Luego se quedó mirando el zapato un poco más, sacó el cordón y comprobó su resistencia con unos cuantos tirones.
—Esto está mejor —murmuró mientras lo entrelazaba en la cintura de su pantalón. Entonces le devolvió a D’Agosta el zapato estropeado—. Intenta que nadie se percate de su estado.
—¿Planeas estrangular a alguien?
—Me temo que el cordón es demasiado corto para ese propósito.
—Entonces ¿para qué es?
—Mejor que no lo sepas. Te proporcionaré con mucho gusto otro par cuando regresemos.
—Si es que volvemos —dijo D’Agosta, que se puso de nuevo el zapato.
—Vincent, creo que te debo una disculpa bastante grande por arrastrarte hasta aquí.
D’Agosta aleteó la mano.
—¿Por qué Leng nos mantiene con vida, aunque sea solo por el momento? Podría matarnos y deshacerse del problema de forma permanente.
—Porque somos muy valiosos para él. Como he dicho, no sabe si la máquina del tiempo se ha estropeado para siempre y prevé que necesitará nuestra ayuda.
—¿Por qué le importa tanto la máquina?
—Piensa en las preguntas que te hizo. Su objetivo va más allá del arcano, aunque eso sigue siendo de gran interés para él. Prolongar su vida es solo un objetivo inmediato. Su ambición última es…
D’Agosta oyó pasos al otro lado y ambos se quedaron en silencio.
—Vamos a abrir la puerta —gritó alguien—. Quedaos al fondo de la celda. Vamos bien armados. No seáis estúpidos.
Pendergast y D’Agosta retrocedieron hacia la pared del fondo.
Cuando se abrió la puerta, vieron a dos hombres con rifles, que se ubicaron a ambos lados del umbral mientras un tercero entraba con esposas para las muñecas y los tobillos, unidas por cadenas de hierro.
Las lanzó al otro lado de la habitación, donde aterrizaron con un ruido metálico a los pies de Pendergast.
—Póntelas.
D’Agosta observó a Pendergast colocarse las esposas.
—Date la vuelta y túmbate boca abajo en el suelo.
Pendergast obedeció. Uno de los guardias se acercó a comprobar las esposas, tirando de ellas para asegurarse de que estaban bien cerradas. Después lo cacheó, pero no encontró nada.
—Levántate.
Haciendo sonar las cadenas, Pendergast se puso en pie torpemente.
—¿Puedo preguntar adónde voy vestido así?
—A ver al jefe.
—¿Habrá té y pasteles?
—Cierra el pico, idiota.
D’Agosta vio cómo se llevaban a Pendergast, que no opuso resistencia. Luego cerraron la puerta con llave y él se sentó en el fardo de heno, se llevó las manos a la cabeza y se preguntó si habría alguna posibilidad, por pequeña que fuera, de volver a ver a Laura.