Capítulo 52
Miró fijamente la moneda. La sensación de inquietud no desaparecía. Había vivido en aquella casa, o al menos en su simulacro, durante cien años y confiaba en su instinto. Llegó a la conclusión de que era necesario hacer un reconocimiento para ver si las condiciones habían cambiado.
Cogió un farol, se levantó y salió al pasillo que conducía a la escalera secreta que conectaba aquella guarida del subsótano con el sótano propiamente dicho.
Subió con cautela las escaleras y se detuvo en la salida, mirando a través de un agujero para asegurarse de que no había nadie antes de abrir la puerta.
Se quedó paralizada. Había alguien. Podía ver un tenue farol moviéndose al final del pasillo del sótano. Pronto aparecieron otros dos.
Observó cómo se acercaban. Poco a poco, el rostro del líder se hizo visible. Era Decla. Ella y los demás estaban buscando algo; examinaban las paredes, las golpeaban y, de vez en cuando, encendían cerillas para comprobar el flujo de aire.
Constance se echó hacia atrás. La puerta secreta que daba al subsótano estaba bien escondida y cerrada, pero ¿resistiría un examen tan minucioso?
A pesar del grosor de las paredes, podía oír los golpes cada vez más cerca, hasta que llegaron a la puerta oculta.
Allí, los golpes cesaron un momento, pero comenzaron de nuevo, ahora subiendo y bajando, y luego de lado.
Sin duda, habían notado un cambio de tono.
A los pocos minutos se oyó un rasguño sordo. Era un cuchillo, utilizado para buscar grietas o bordes antinaturales. Entonces llegó un murmullo repentino de voces y los golpes se aceleraron de inmediato.
Habían encontrado la puerta de las cavernas del subsótano.
Más rasguños y cincelados mientras descubrían las juntas ocultas. No podrían abrirla de inmediato —el interior de la puerta estaba protegido por una gruesa placa de hierro—, pero era cuestión de tiempo que la rompieran y descubrieran el subsótano… y su guarida.
Constance esperó con la oreja pegada a la puerta de hierro. Más cincelados, martilleos y conversaciones, y luego todo quedó en silencio.
Habían ido a buscar herramientas más pesadas.
Tenía que actuar de inmediato. Cuando abrieran la puerta, acabarían encontrando su escondite y todo lo que había guardado en él.
Eso le dejaba dos opciones: huir de la mansión por el túnel acuático y dejarlo todo atrás, o huir al interior de la casa e intentar permanecer oculta en sus pasadizos secretos y paredes huecas el tiempo suficiente para cumplir sus objetivos.
En realidad no era una elección. Para cumplir con su parte del plan, era necesaria su presencia allí. Huir significaba fallarse a sí misma y a los demás, y perecer más pronto que tarde.
Sacó una pesada llave del bolsillo y abrió un poco la puerta. Luego introdujo con cuidado el farol en el pasillo, ahora vacío. Volverían en cualquier momento; tenía que darse prisa.
Cerró la puerta, volvió a echar el pestillo desde el otro lado —dadas las marcas de rasguños y cinceladas, ya no tenía sentido intentar disimularlo— y se deslizó por el pasillo del sótano.
Con el farol parcialmente apagado, se movió en dirección opuesta al camino de regreso de Decla.
El grupo tardaría una hora, o quizá más, en derribar la puerta y explorar el subsótano, lo cual le daría tiempo para encontrar un nuevo escondite desde el que actuar en el tiempo que le quedaba.
Por supuesto, era casi seguro que descubrirían la entrada acuática, la ruta de escape prevista.
Tendrían que salir de la mansión por la planta principal, lo que suponía una peligrosa complicación.
Se movió por el laberinto de pasillos hasta una zona abandonada e inestable del sótano, lejos de los laboratorios y colecciones de Leng.
Un pequeño derrumbe marcaba la entrada. Se abrió paso entre los escombros y continuó en silencio, buscando un lugar donde esconderse.
Había hileras de viejos almacenes, algunos con barricas podridas que antaño contenían jerez y amontillado, así como pilas de ladrillos viejos, sacos de cemento endurecido, palas, paletas y otras herramientas oxidadas.
Oyó un sonido lejano y, paralizada, apagó rápidamente el farol. Escuchando con atención, identificó el llanto de una niña.
En la más absoluta oscuridad, se acercó con sigilo al sonido, tocando de vez en cuando las paredes del sótano para orientarse, ayudada en su avance por una visión nocturna sobrenatural.
Poco a poco, el sonido se volvió más intenso y la oscuridad disminuyó; se estaba acercando a una zona del sótano, nunca cartografiado, a la que se podía acceder desde otro pasadizo.
No hacía mucho que alguien había sido encarcelado allí.
Y, a medida que los llantos se acercaban, se dio cuenta de que era Binky.
Eso significaba que Pendergast había cumplido su parte del pacto: había localizado a Binky, se había dejado capturar por Leng y los habían llevado de vuelta a la casa.
Pero, cuando dobló una esquina y los llantos se hicieron más fuertes, pudo oír otra voz que murmuraba palabras de consuelo.
En un momento de gran asombro, seguido al instante por otro de alegría, Constance reconoció la otra voz. Era su hermana Mary, viva, que susurraba palabras de consuelo a Binky. Y entonces se les unió otra voz, la de Joe.
La conmoción de ese descubrimiento y la oleada simultánea de alegría y miedo que sintió fueron tan poderosas que tuvo que apoyarse en una pared cercana para mantener el equilibrio. Mary no estaba muerta, después de todo. Mary estaba viva.
Pero ahora todos sus hermanos eran prisioneros.
Había sido un cruel engaño de Leng, y tuvo que dejar momentáneamente de lado sus emociones para pensar en las consecuencias.
Si Binky y Mary estaban allí, Pendergast había tenido éxito.
Y, si Joe también estaba allí, Leng había descubierto el escondite de D’Agosta.
Si seguía con vida, es probable que D’Agosta estuviera preso con Pendergast en otra parte de la mansión.
Se obligó a detenerse un momento para evitar actuar por instinto.
Su impulso natural era correr hacia ellos, liberarlos y llevarlos a un lugar seguro.
Pero, sin más información sobre los otros acontecimientos que seguramente también se habían producido, ese plan fracasaría, sobre todo ahora, con el sótano lleno de miembros de la banda de Decla, lo cual significaba que Leng estaba en alerta máxima.
Mientras reflexionaba, oyó otras voces que se acercaban por el pasillo, masculinas y fuertes, y luego vio una luz tenue desde la esquina del camino opuesto al que ella había tomado. Más cómplices de Leng. Se escondió en un almacén cercano y se pegó a la pared interior.
Oyó a los hombres golpear las barras metálicas de la puerta de la celda. Uno bramó el nombre de Mary. Hubo un grito desafiante de Joe y lo que pareció una pelea; Binky sollozó ruidosamente y Mary se puso a chillar.
—¡No me llevéis! —gritó—. ¡Dios mío, no me llevéis allí!
Otro grito enfurecido de Joe, seguido de un golpe y el ruido metálico de la puerta de hierro. La voz de Mary, que seguía chillando, comenzó a desvanecerse mientras la arrastraban por el pasillo y se alejaban.
Y, a medida que su voz se apagaba, una nueva y terrible conmoción inundó a Constance. Mary estaba viva. No había tenido eso en cuenta cuando envenenó vengativamente a Leng. Pero también supo por los ecos adónde iba Mary: al nuevo quirófano de Leng, construido en ese mismo sótano.
Si Leng no había matado a Mary por su cauda equina, ¿qué había hecho entonces?
Había una respuesta obvia: la había estado utilizando como uno de sus conejillos de Indias, probando una versión del arcano con ella.
Y, dado que ella misma le había proporcionado la fórmula adecuada, sin duda funcionaría.
Mary no mostraría signos de envejecimiento.
Y Constance recordó algo más. Cuando los conejillos de Indias de Leng empezaron a presentar los mismos síntomas que Mary, lo cual indicaba que se había alcanzado una fórmula exitosa, Leng hizo diseccionar al primero de ellos en busca de disfunciones internas causadas por el elixir que no fueran evidentes externamente.
Eso significaba que, en ese preciso instante, Leng se estaba preparando para practicar la autopsia a su hermana Mary… viva.