Capítulo 51
Edwin Humblecut se acomodó en un sillón junto al fuego, donde notó el calor de las brasas. Era una biblioteca muy bonita que dejaba entrever una enorme riqueza, exhibida de manera sutil.
—¿Coñac? —preguntó Leng, de pie junto a una mesita con decantadores y copas de cristal.
—No, gracias, doctor. Soy abstemio.
—Sabia decisión. Yo, en cambio, tomaré un trago para entrar en calor en esta fría noche.
Leng se sirvió un coñac y se sentó en el sillón de enfrente. Era una noche de invierno y Humblecut agradecía el calor de la chimenea después de su estancia en Mount Desert.
Había sido un viaje gratificante en varios sentidos.
Había disfrutado en especial del tiempo que había pasado con la pareja de paletos isleños.
¿Cómo se llamaban? Cookson. Y atesoraba el momento en que le reveló al policía lo que había hecho, la perfecta expresión de horror en su rostro.
Sin embargo, la estancia en sí, sobre todo su vigilia en la buhardilla, lo había dejado helado hasta los huesos.
Pero el viaje marítimo de veinticuatro horas para regresar a Manhattan había terminado.
Había entregado a Harrison y al niño a los lacayos de Leng y solo faltaba cobrar su recompensa.
Mientras Leng se acomodaba, Humblecut lo observó con sumo interés, aunque disimuladamente.
Tenía la extraña habilidad de leer los pensamientos de otras personas y ver sus procesos mentales, pero Leng era opaco por completo.
Sus pensamientos permanecían ocultos, y sus objetivos, envueltos en misterio, y eso lo intrigaba.
Aquella última misión había sido del todo inexplicable: interrogar a un policía que, según parecía, había llegado del futuro.
Humblecut era un hombre que creía en la racionalidad y la ciencia, y el concepto de viajar en el tiempo era demasiado difícil de aceptar.
En circunstancias normales lo habría tachado de locura, pero lo convenció de su veracidad que Harrison, el policía, fuese una persona normal, sin ningún don especial para la imaginación.
No obstante, había esbozado una panorámica del futuro que era original, inesperada y completamente grotesca, pero del todo creíble.
Si George Harrison era fantasioso, no mostraba otros signos de locura, ni siquiera de pensamiento anormal.
Parecía imposible que se hubiese inventado sobre la marcha todo lo que había dicho.
Por tanto, Humblecut se inclinaba a pensar que era cierto, que, en efecto, era un hombre que había viajado desde el futuro. ¡Y qué futuro había descrito! Los inventos extraordinarios, la violencia aún más extraordinaria… Humblecut deseaba vivir lo suficiente para verlo.
Sabía que no debía preguntarle a Leng de qué iba todo aquello, pero había archivado en la mente cada detalle. Tenía que haber algo valioso. Qué explotar y cómo hacerlo era algo que podía esperar. Humblecut no solo era un hombre cauteloso, sino también paciente.
Había llevado al policía y al niño a la mansión, donde la gente de Leng los había encerrado en algún lugar. Y ahora era momento de que Humblecut recibiera una recompensa generosa, que creía merecerse tras el largo periplo por un infierno helado.
Esperó a que Leng entablara conversación, pero parecía contentarse con estar en silencio junto a la hoguera, sorbiendo su bebida.
—Estaba pensando… —dijo finalmente en voz baja—. ¿Qué opinas de esta última misión?
—No pienso en mis misiones, señor —respondió Humblecut—. Las cumplo y sigo adelante.
—Pero seguro que habrás pensado de dónde venía ese tal Harrison y por qué te pedí que le hicieras todas esas preguntas —dijo Leng—. Sobre todo habrás pensado en cómo era posible que conociera las respuestas. ¿No sientes ni la más mínima curiosidad al respecto?
Humblecut percibió que la conversación se adentraba en terreno peligroso.
—Doctor Leng, me enorgullezco de mi falta de curiosidad en cuanto a los asuntos de mis clientes. Nunca he permitido que una curiosidad que otro hombre podría considerar natural interfiera en los negocios. Lo que usted pretenda hacer o no con ese hombre o con el telegrama no es asunto mío.
—Una actitud muy loable. No te tenía por un hombre poco curioso. Si hubiera estado en tu lugar, habría tenido muchas preguntas sobre cómo podía existir un hombre así y si su información podía ser de alguna utilidad. Como mínimo, habría tomado notas.
—Yo nunca tomo notas —respondió Humblecut—. Tengo memoria eidética.
—¡Ah! Memoria eidética.
—Es muy útil en mi trabajo —dijo Humblecut, que se permitió un deje de orgullo poco habitual en él. Tal vez esa ventaja podría mejorar su poder de negociación en futuros encargos.
—Ya me imagino —dijo Leng, levantándose—. ¿Un puro?
Cogió una caja de la repisa de la chimenea, la abrió y se la tendió. Humblecut eligió un Don José Perla y utilizó el cortador que le ofreció para recortar la punta. Leng se lo encendió con un mechero grande de plata repujada. Luego cogió uno para él, lo recortó y lo encendió.
Humblecut dio una calada y, tal como esperaba, el puro era excelente.
—La memoria eidética es muy útil —dijo Leng—. Ahora bien, ¿hay algo más que quieras decirme antes de que saldemos cuentas?
—Solo le daré un consejo: puede que ese hombre sea un policía corriente y sin imaginación, pero es más inteligente de lo que parece. Casi logra escapar del barco cuando veníamos de Maine. Y no pierda de vista al niño. El granuja es muy ingenioso.
Se tomó un momento para aspirar humo y expulsarlo en una pequeña bocanada.
—Gracias, lo haré. Y ahora creo que te debo una buena suma.
Humblecut inclinó la cabeza.
—Veinte mil dólares es lo que acordamos.
Volvió a ladear la cabeza.
Leng tiró de una cuerda tapizada junto a la silla.
Uno de sus lacayos, que llevaba guantes blancos, entró, habló con Leng y volvió a marcharse.
Al cabo de un momento regresó con una cartera de cuero y se la entregó a Humblecut.
Este la cogió por el asa, la abrió y vio que estaba llena de fajos de billetes cuidadosamente atados.
Echó un vistazo rápido y, más por costumbre que por otra cosa, sacó algunos para asegurarse de que eran auténticos.
Leng no era el tipo de cliente que urdiría una artimaña tan burda como esa, así que cerró la cartera y la colocó junto a la silla.
—Muchas gracias, doctor Leng.
—Es llamativo, Humblecut —dijo Leng—. No puedo dejar de sorprenderme por el hecho de que no sientas más curiosidad. Seguro que te habrás preguntado de qué va todo esto y cómo podrías beneficiarte de ello.
—Ya he respondido a esa pregunta —repuso Humblecut con brusquedad—. No busco obtener beneficios del negocio de mi cliente.
Era el momento de marcharse. No le gustaba la dirección que Leng seguía dando a la conversación y pensó que quizá no había sido prudente revelarle sus habilidades eidéticas.
—Y ahora, doctor Leng, le agradezco su confianza en mí. Espero volver a hacer negocios con usted.
Dejó el puro a medio fumar en el cenicero y se levantó.
—Todavía no.
Humblecut sintió un mareo repentino y una extraña debilidad en las rodillas que lo obligó a apoyarse en el sillón.
Al instante se dio cuenta de que lo habían envenenado.
La penumbra se apoderaba de él con rapidez y su mente se llenaba de confusión.
Dio un paso hacia Leng, tropezó y luego se abalanzó sobre él para intentar estrangular a su cliente con las últimas fuerzas que le quedaban.
Pero, a pesar de su férrea voluntad, la debilidad pudo con él y se desplomó frente a la hoguera moribunda.
Mirando a Leng, solo pudo emitir un gorgoteo de furia. Había juzgado mal a aquel hombre.
Leng se levantó y se situó frente a él, fumando tranquilamente el puro. Humblecut lo miró, ardiendo en un paroxismo interno de rabia, pero del todo incapacitado, sin posibilidad de actuar. Peor aún, cada vez le costaba más respirar. Debía de ser el puro o algo que había en el dinero.
—Aunque agradezco tu ayuda —dijo Leng—, sé que estabas tramando utilizar en tu propio beneficio la información que habías obtenido.
Eso no se puede permitir. Un hombre del futuro es un bien inestimable.
Y sí, eso es justo lo que es Harrison. Extraordinario, ¿no crees?
El valor de su conocimiento sobre lo que está por venir no tiene precio, y yo sé exactamente cómo utilizarlo.
Tú, por el contrario, solo lo estropearías todo en tu intento de sacar provecho de la información.
Humblecut solo podía pensar en llenar los pulmones de aire, tratar de mantener el pecho expandido y respirar. Pero la parálisis había llegado a su núcleo y, por mucho que su mente gritara a los pulmones que se ensancharan, estos se negaban. Vio puntos de luz, luego niebla y, finalmente, noche.
Leng volvió a tirar de la cuerda tapizada y el lacayo con guantes blancos regresó, seguido de cerca por otro sirviente. Sin mediar palabra, el doctor señaló el cuerpo y la cartera, y ambos fueron retirados al instante.
Minutos después entró Decla. Leng le había pedido que esperara hasta que Humblecut se hubiera marchado, y, si le sorprendió cómo lo había hecho irse, no lo demostró.
—Siéntate —dijo Leng.
Decla tomó asiento. Parecía disgustada. Leng sabía que las ostentaciones de la riqueza la incomodaban; estaban para ser saqueadas, no para sentirse cómoda en ellas. Sus ojos se posaron en el fuego y volvieron a él.
—¿Quieres tomar algo?
Ella negó con la cabeza.
—Querida, cada vez estoy más inquieto por un conocido común.
—¿El clérigo?
Aquello despertó el interés de Decla.
—No, aunque, como ya hemos hablado, podrás tener su cabeza en un futuro próximo.
Bueno, he logrado mi objetivo de capturar y encarcelar a nuestros principales adversarios, todos excepto uno.
Pronto llegarán tres más: ese entrometido de Pendergast y las hermanas, Mary y Binky.
Solo queda un cabo suelto, la otra persona de la que hablamos en nuestra última reunión.
A pesar de todo lo que he hecho, a pesar de las redes que he tendido por toda la ciudad, no consigo encontrarla.
Estoy seguro de que sabes a quién me refiero.
—La duquesa —respondió Decla con odio.
—Exacto, la duquesa de Ironclaw. Su verdadero nombre es Constance. Constance Greene. Es una criatura entrometida que ha venido para interferir en mis…, en nuestros planes.
Decla asintió con creciente interés.
—Como sabes, compré esta residencia hace solo unos años y aún no he tenido tiempo de explorar hasta el último rincón.
Sea como fuere, estos últimos días he tenido la sensación, y es solo una sensación, cuidado, de que hay una presencia extraña aquí, un espectro hostil, por así decirlo.
No tengo pruebas fehacientes, es solo una intuición, pero creo que esa presencia es nuestra amiga común.
Decla escuchó en silencio.
—No conozco los detalles, y mi fuente tampoco los conocía, pero parece que vivió en esta casa, al menos durante unos años.
Y mi sensación, mi intuición, me hace preguntarme si podría estar escondida aquí, delante de mis narices.
Sería típico de ella. Si ese es el caso, puede que conozca pasadizos y habitaciones que yo aún no he descubierto.
Tu misión es registrar esta casa de arriba abajo con tu escuadrón.
Podréis entrar incluso en aquellas zonas que antes estaban prohibidas, como los sótanos.
De hecho, probablemente deberías concentrar tu búsqueda allí.
—Levantó una anilla de la que colgaba una llave de hierro—.
Aquí tienes la llave maestra de la casa: podéis registrar lo que queráis.
Mi única advertencia es que no toquéis nada en mis almacenes, laboratorio, quirófano ni colecciones.
Lo digo por vuestra propia seguridad; hay venenos que matan con solo tocarlos, armas que se disparan al menor roce y gases que asfixian.
¿Entendido? Id a buscar a Constance. Mi interés no es capturarla, no sé si me entiendes.
Puedes hacer lo que quieras con ella, al igual que, en un futuro próximo, podrás hacer lo que quieras con el reverendo.
Esa será tu recompensa, pero el asunto de la chica Greene me parece incluso más urgente que el de Considine. Por favor, ocúpate de ello enseguida.
La única respuesta de Decla fue el brillo malicioso que apareció en sus ojos y una sonrisa que no pudo contener del todo. Luego asintió, se levantó y salió de la habitación.