El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 50
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Capítulo 50

Hacía tanto tiempo que D’Agosta llevaba la cabeza cubierta con una tosca bolsa de arpillera que, cuando al fin se la quitaron, sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y no tuvo ningún problema para orientarse a la luz de la luna.

Notando palpitaciones en la cabeza, miró a su alrededor.

Estaba en un muelle comercial, con las manos atadas a la espalda y una mordaza en la boca.

Por lo visto, acababa de anochecer, pero en esa época del año el lugar estaba desierto.

Un edificio de piedra situado frente al muelle estaba vacío y oscuro, y solo se oía el traqueteo de un barco.

Parecía un pesquero, con una proa elevada y llena de redes y una pequeña cabina desde la que se alzaba una chimenea.

Miró a su alrededor. Allí estaba el carro que los había trasladado a él y a Joe desde la mansión hasta el muelle.

Humblecut sacó al niño de debajo de la lona y lo llevó junto a D’Agosta.

Él también estaba atado y encapuchado. Vio cómo Humblecut le quitaba la capucha y dejaba al descubierto el rostro de Joe, rojo y desafiante, con la boca también amordazada.

D’Agosta intentó comunicarle con la mirada que todo iba a salir bien, aunque creyera justo lo contrario.

Estaban a punto de zarpar de la isla Mount Desert con destino a Dios sabía dónde.

D’Agosta no estaba seguro de cuánto tiempo había pasado desde que lo golpearon.

Humblecut lo había encerrado en un almacén subterráneo con muros de piedra y una puerta de hierro.

No había ventanas y el sótano contenía tan solo hileras de melocotones en conserva.

Supuso que había pasado una noche y un día y que ahora era la tarde siguiente.

Cuando hubo concluido sus preguntas, Humblecut no le había dicho ni una palabra más: ni cuando lo encerró en el almacén, ni cuando le puso la bolsa en la cabeza y lo metió en el carro, ni ahora.

La tripulación del barco parecía limitarse a dos personas: un contramaestre, que en ese momento estaba descargando media docena de fardos de hule y llevándolos a bordo, y el capitán, un hombre con el rostro muy arrugado y lleno de cicatrices.

—Meta a estos dos en la bodega —le dijo Humblecut al capitán mientras subía al barco.

—Sí, señor Cassaway —respondió el hombre.

El capitán se acercó, los agarró a él y a Joe de un brazo, y los escoltó con rudeza por el muelle y la pasarela.

Mientras los llevaba a la proa, D’Agosta volvió a ver al contramaestre.

Estaba en la popa y, tras colocar los fardos en una gruesa red, la estaba cerrando y envolviendo con una cadena de hierro.

Una mano áspera lo empujó hacia la escotilla y cayó sobre una pila de redes malolientes.

Al cabo de un momento, empujaron también a Joe y la escotilla se cerró, bloqueando la luz de la luna.

Había suficientes juntas abiertas en la pared para que entrara la luz de la cabina de popa.

Nunca había visto al joven preocupado, y ahora tampoco.

Simplemente parecía enfadado y desafiante. Su resistencia era sorprendente.

D’Agosta oyó el ligero golpe de las amarras contra la cubierta y luego el motor rugió con más fuerza.

El barco empezó a vibrar al alejarse del muelle.

A medida que se adentraba en mar abierto, comenzó a balancearse con el oleaje.

En un momento dado, el motor redujo la velocidad y oyeron un murmullo de voces y el sonido de cadenas arrastradas por la cubierta hacia la popa, seguidos de un fuerte chapoteo.

Parecía que el señor y la señora Cookson, separados en tierra, quedaban ahora unidos en la muerte en el fondo del mar.

La cruel brutalidad de todo aquello enfureció a D’Agosta.

Hacía un frío glacial y la bodega estaba en penumbra.

Joe se acurrucó contra él para entrar en calor y le apoyó la cabeza en el hombro.

D’Agosta agradeció el contacto humano; lo ayudaba a concentrarse.

Pensó en lo que podría ocurrir a continuación y en si él y Joe se unirían pronto a los Cookson en su viaje por la popa.

Parecía poco probable. Si fuera así, ya estarían muertos y desaparecidos.

Leng los mantenía con vida por alguna razón, tal vez como moneda de cambio.

Estaban bien atados y, aunque pudieran soltarse, se encontraban en un barco en mitad del Atlántico y en pleno invierno.

No había posibilidad de salir, a menos que pudiera hacerse con el control de la embarcación, pero sin armas parecía imposible.

Si lograban desatarse, también podían esperar hasta haber atracado para enfrentarse a ellos o tratar de huir.

Movió las muñecas. Humblecut sabía hacer nudos, eso estaba claro.

La cuerda que le ataba las manos y le rodeaba la cintura era de cáñamo resistente, ceñida e inflexible.

Probablemente no había nada en la bodega que pudieran utilizar para liberarse, pero D’Agosta sabía que era mejor mantenerse ocupado, no solo por la cordura de Joe, sino también por la suya propia.

Le dio un codazo al niño, sin saber muy bien cómo explicarle que iba a registrar la bodega.

Luego señaló con la barbilla, se puso de rodillas y empezó a gatear, mirando a su alrededor lo mejor que podía en la tenue luz, en busca de cualquier cosa que pudiera ayudarlos.

Joe lo entendió enseguida y, asintiendo, también empezó a buscar.