El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 49
68%

Capítulo 49

Enoch Leng tenía su consulta médica y su gabinete en un lujoso conjunto de habitaciones del elegante barrio de Murray Hill, en Manhattan.

Se encontraba en la calle Veintiocho, justo al lado de Madison Avenue, el equivalente neoyorquino de Harley Street, donde estaban los mejores médicos de la edad dorada de la ciudad de Londres.

No realizaba cirugías para clientes privados y limitaba sus experimentos quirúrgicos a los pacientes mentales de Bellevue y a sus víctimas personales.

En cambio, mantenía una lucrativa consulta tratando a mujeres adineradas de cierta edad que padecían una serie de dolencias nerviosas de moda: neurastenia, vapores, histeria y ciertas enfermedades femeninas.

Recientemente había adquirido un dispositivo, patentado por el doctor Granville, que destacaba por su capacidad para restaurar el vigor nervioso de las mujeres.

Sin embargo, el doctor Leng era rico y no necesitaba los honorarios que cobraba a aquellas matronas sonrojadas.

Más bien necesitaba dar una imagen profesional ante la ciudadanía, así que una vez a la semana abría la consulta, que incluía una secretaria, una enfermera y un asistente médico.

Los otros seis días, cuando las elegantes salas estaban vacías, Leng las utilizaba para otros proyectos.

En ese momento estaba sentado en su despacho privado, un gran espacio revestido de caoba con vitrinas de cristal ondulado, estanterías llenas de tratados médicos y diplomas y reconocimientos enmarcados en las paredes, además de dos ventanales con vistas a Madison Avenue.

Varios miembros de su seguridad privada se encontraban en las oficinas exteriores y una malhumorada Decla estaba sentada frente a él.

Leng sabía lo que le preocupaba. Decla necesitaba violencia igual que un tiburón necesita moverse. Últimamente la había habido, pero concluyó de una manera insatisfactoria para ambos.

Alguien llamó a la puerta.

—Adelante —dijo Leng.

Un miembro de los Milk Drinkers, el cual ejercía de mensajero e iba vestido de repartidor de periódicos, asintió en dirección a Decla y luego se acercó a la mesa y dijo algo al oído a Leng. Después sacó un sobre grueso y lo dejó encima del protector de escritorio.

—Gracias, puede retirarse.

Leng se recostó en su asiento y señaló vagamente hacia la puerta. Cuando el mensajero se hubo marchado, miró a Decla.

—Ese reverendo Considine es un puñetero enigma —dijo—. Primero le hizo a Scrape una travesura fatal. Eso fue una sorpresa. A Scrape se le daban bien esos trabajos.

—Uno de mis mejores hombres —respondió Decla.

—Y, lo que es aún más sorprendente, ahora ese hijo de puta acaba en un segundo con tu escuadrón. Por favor, cuéntame los detalles tal y como los presenciaste.

—Yo estaba vigilando fuera. Eran cuatro contra uno y parecía una buena oportunidad para que perfeccionaran sus habilidades.

Leng sabía que aquel fracaso había puesto de mal humor a Decla.

—Es comprensible. Yo habría hecho lo mismo.

—Había dos ventanas laterales que daban al callejón.

La primera tenía rejas, pero la más lejana solo tenía postigos.

Tom la abrió y se colaron todos como si nada.

Estaba totalmente a oscuras, pero, antes de que cerraran las contraventanas, vi luz en la parte trasera de la casa y oí la risa de una mujer.

Leng arqueó las cejas.

—No era muy fuerte. Un minuto después oí gritos.

Al principio me pareció buena señal, pero al momento me di cuenta de que las voces, algunas gritando y otras suplicando, eran de nuestros chicos.

Pensé que eran imaginaciones mías, pero entonces se me ocurrió que quizá habíamos caído en una trampa.

A lo mejor el predicador había contratado a otra banda para protegerse.

Estuve a punto de entrar, pero recordé lo que dijiste sobre los resultados inesperados y mantuve un rato mi posición como vigía.

—Es lo correcto, sin duda.

Leng sabía que lo que más le molestaba era la pérdida de tres Milk Drinkers y que otro hubiera quedado medio ciego mientras ella vigilaba.

—No duró mucho. Al cabo de cinco minutos, el clérigo abrió la puerta trasera. Después echó un vistazo y llevó a Biscuit, Tom Handy y Longshank a hombros hasta un carro aparcado cerca de los establos.

—¿Un carro?

—Como los que se usan para recoger basura por la noche.

Leng negó con la cabeza.

—Minutos después se abrió la puerta principal y salió Woodstock, que cayó rodando en la acera. Llevaba uno de sus cuchillos clavado en el ojo. Pensé que podía ser una trampa, así que silbé a mis compañeros, trajimos un carro de reparto y nos lo llevamos enseguida.

—¿Dejasteis los otros cadáveres allí?

—Teníamos que salvar a Woodstock, y luego vimos que los cadáveres habían desaparecido.

Leng soltó un gruñido. Él mismo había curado al joven. Con el tiempo se recuperaría, pero sus días como lanzador de cuchillos habían terminado.

Reflexionó un momento. Woodstock había podido balbucear parte de lo que ocurrió dentro, pero también quería escuchar la versión de Decla.

—Así que la primera ventana lateral tenía rejas.

Ella asintió.

—Pero la segunda era una ventana normal cubierta con postigos de madera.

—Sí.

—Qué raro. Parece una trampa, en efecto. El tipo dice que ha sido misionero en África. A lo mejor recibió un entrenamiento más peligroso de lo que yo pensaba.

—Yo solo sé que, para ser predicador, es muy hábil con el cuchillo.

—¿Te gustaría que formara parte de tu banda? —preguntó Leng, tratando de animarla—. Repartiría folletos instructivos con una mano mientras da golpes de gracia con la otra.

A pesar de su tono desenfadado, estaba inquieto.

Había algo extraordinario en ese hombre.

Leng no dudaba de que fuera un clérigo enviado a trabajar en Five Points; era demasiado auténtico y extravagante como para ser un impostor.

Sin embargo, había algo intangible en él, algo inefable y peligroso.

Requeriría un enfoque totalmente distinto, pero Leng, que ya tenía bastantes cosas entre manos, no podía ocuparse de ello.

Observó con discreción a Decla, que ahora estaba mirando al vacío con el ceño fruncido mientras se pasaba los dedos por la nueva cicatriz en la palma de la mano. Su segunda al mando era como un purasangre. Poseía un talento extraordinario, pero había que manejarla con cuidado.

—¿Y si te lo asigno a ti? —preguntó—. Sería como un regalo especial, por así decirlo. Ahora ya sabes a lo que te enfrentas.

Decla alzó la mirada y una sonrisa hambrienta sustituyó poco a poco a su mirada abstraída.

—¿Tendría libertad total? —preguntó.

—Desde luego. Pero espera una semana o dos y tómate tu tiempo para formular un plan. Ese clérigo no va a ir a ninguna parte.

Leng se dio cuenta de que seguía acariciándose distraídamente la cicatriz.

—También estaría encantado de entregarte a la mujer que te hizo eso.

Las yemas de los dedos se quedaron quietas y algo brilló en sus ojos.

—¿La duquesa?

—Sí. Es muy hábil, pero creo que, si se la provoca, podría volverse imprudente o incluso impetuosa.

Sería estupendo que organizaras un mano a mano en algún lugar donde yo pudiera asistir como espectador.

Pero, ten cuidado, me disgustaría mucho tener que sustituirte a ti también.

—Estirando los brazos, se ajustó los puños de la camisa—.

Por cierto, no solo atraparon ayer a ese tal Pendergast en una propiedad que tengo en el norte, sino que ahora…

—Hizo una pausa para dar una palmadita al sobre que había sobre el secante—.

En vista del mensaje de Humblecut que acaba de llegar, tenemos a todos esos incordios pestilentes entre rejas.

—Excepto a la chica —repuso Decla en voz baja.

—Excepto a la chica.

Leng reflexionó un momento, cogió el sobre y lo abrió con un bisturí. Luego sacó una hoja de casi un metro de largo, doblada al menos seis veces y cubierta con finas tiras de texto que formaban párrafos.

—¡Santo cielo! —exclamó mientras echaba un vistazo—. El telegrafista debió de tardar horas en hacer esto.

Dejó el documento encima de la mesa y lo alisó con cuidado.

—Me voy, entonces —dijo Decla, que se levantó con elegancia, animada por la idea de acechar a Considine.

—Ten cuidado —le dijo Leng.

Pero hablaba en voz baja y con aire distraído. Ya estaba concentrado en el telegrama, que había comenzado a descifrar.