Capítulo 48
—¡Hijo de puta! —dijo D’Agosta mientras retrocedía.
Humblecut sonrió al ver su reacción. Luego, apuntando con la pistola, se levantó, dio un paso adelante, agarró la cabeza por el pelo y la colocó en posición vertical, de manera que los ojos saltones miraran fijamente a D’Agosta.
—Quizá ahora podamos volver a llevar nuestra conversación por unos cauces más civilizados —dijo Humblecut, que preparó el lápiz y el cuaderno—. ¿Empezamos?
Pero D’Agosta seguía mirando la cabeza decapitada de la señora Cookson.
—Dios mío —jadeó.
Luego se volvió hacia Humblecut, que sacó un reloj de bolsillo y lo miró.
—El tiempo pasa. ¿Está listo para responder a mis preguntas o voy a por el señor Cookson para que se sume al público?
D’Agosta se lo quedó mirando mientras trataba de recuperarse.
—¡Hijo de puta!
—Me está agotando la paciencia. Responderá a mis preguntas sin hacer usted ninguna, o la próxima cabeza que vea será la de Joe, que por ahora sigue en su sitio.
Era un loco y D’Agosta se lo tomó en serio.
—Por el amor de Dios, no le haga daño a Joe. Por favor. Responderé a sus preguntas.
Humblecut esbozó una amplia sonrisa.
—Tenga en cuenta que ya conozco las respuestas a algunas de ellas, así que, si descubro que miente, Joe morirá. Y bien —consultó su libreta—, ¿quién ganó el Campeonato Mundial del año 2000?
Levantó la vista con curiosidad.
D’Agosta intentó concentrarse. ¿De qué demonios iba todo aquello?
—¿Campeonato Mundial? ¿Se refiere al de béisbol?
—Sí. ¿Quién fue el ganador?
Era difícil pensar con aquellos ojos inertes mirándolo sin pestañear. D’Agosta respiró hondo varias veces.
—Los Yanks.
Humblecut consultó de nuevo la libreta.
—¿Se refiere a los Yankees?
—Exacto. Los New York Yankees.
Humblecut levantó el lápiz e hizo una marca, aparentemente satisfecho.
—¿Cuál es el mayor invento del siglo XX ?
Una vez más, D’Agosta se sintió abrumado por una mezcla de confusión y horror. ¿Por qué le hacía esas preguntas en lugar de averiguar dónde se escondía Pendergast, cuáles eran sus planes o algo por el estilo?
—No lo sé. ¿El ordenador, tal vez?
—¿Qué es eso?
—Un dispositivo —balbuceó D’Agosta—. Una máquina. Todo el mundo tiene uno. Son cerebros electrónicos que pueden hacer cosas increíbles.
—¿Por ejemplo?
—Ganar a cualquier humano al ajedrez. Almacenar enormes cantidades de información.
Hacer cálculos matemáticos difíciles. Puedes comunicarte con cualquier persona del mundo al instante y ver su rostro mientras hablas con ella.
Se utilizan para realizar operaciones bancarias, hacer amigos que parecen personas reales… —Levantó las manos—. Para todo.
A continuación, Humblecut tomó muchas notas y le hizo una sucesión de preguntas incisivas. D’Agosta tuvo que explicarle qué eran el teléfono, la radio, la televisión, internet, los coches, los aviones, las naves espaciales y la llegada del hombre a Luna.
El otro lo anotó todo y luego cambió de tema.
—¿Cuál fue el peor acontecimiento del siglo XX ?
—Dios… El 11-S, quizá. No, el Holocausto. La Segunda Guerra Mundial. La bomba atómica. Madre mía, no sé ni por dónde empezar.
—Pues repasémoslos todos.
Vacilante y confuso, D’Agosta le explicó el Holocausto, la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la bomba atómica y los atentados terroristas del 11-S.
Mientras hablaba, Humblecut lo interrumpía de vez en cuando con preguntas más breves y directas, sin dejar de tomar nota de todo.
¿Cuáles fueron los principios que motivaron la bomba?
¿Cuál era su potencia? ¿Quién la tenía? ¿Hubo otros genocidios además del Holocausto?
Las preguntas ahora indagaban en los rincones más oscuros y horribles del siglo XX , cosa que Humblecut parecía estar disfrutando.
—Bien —dijo por fin—. ¿Cuáles fueron los avances médicos más importantes del siglo XX ?
D’Agosta se devanó los sesos. Eran preguntas descabelladas.
—Veamos… La penicilina…, el trasplante de corazón…, el ADN…, la clonación…, la edición genética…
Humblecut levantó una mano.
—Es suficiente. Explíqueme cada uno de esos conceptos.
D’Agosta se esforzó por explicárselos mientras Humblecut indagaba en cada descubrimiento médico. ¿Qué era una vacuna? ¿Cómo funcionaba? ¿Qué eran los antibióticos? ¿Curaron la viruela? ¿Seguía habiendo enfermedades en el siglo XXI ? ¿Cuánto vivía la gente?
Sí, todavía había hambrunas y epidemias.
No había ciudades en la Luna. La cuestión de la vida después de la muerte no había sido respondida.
Nadie había demostrado ni refutado la existencia de Dios.
Se podía ir a cualquier parte del mundo en veinticuatro horas.
Los robots estaban explorando Marte. D’Agosta, casi seguro de que estaba en manos de un loco, respondió a cada pregunta con la mayor sinceridad posible.
Pasó una hora y luego otra hasta que las preguntas cesaron por fin.
—Gracias —dijo Humblecut, cuyo tono había recuperado la falsa amabilidad que mostró al inicio—. Creo que ha respondido a mis preguntas con sinceridad. —Dejó el lápiz y el cuaderno—. Dadas las circunstancias, creo que ahora podemos reunirlo con Joe.
Al oír eso, D’Agosta dio las gracias en silencio al dios que fuera el responsable de aquella pesadilla. Pero, cuando Humblecut se levantó para guardar la pistola, la sustituyó de repente por un garrote. Y, cuando golpeó a D’Agosta en el cráneo, el agradecimiento se vio interrumpido prematuramente.