El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 47
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Capítulo 47

D’Agosta podía oler los deliciosos panecillos de la señora Cookson en el horno, pero no encontraba al ama de llaves.

Tenía la costumbre de avisarla cuando iba a recoger a Joe al colegio, a pesar de que era algo tan habitual como las mareas en la cercana playa de Godwit.

Nunca se molestaba en buscar al señor Cookson.

Ese espantapájaros podía estar en cualquier parte de la casa o de los edificios anexos, así que, como siempre, salió por el pasillo principal de los sirvientes, cerró la puerta con llave, agachó la cabeza para protegerse del viento gélido y se dirigió a la escuela de Seal Harbor, situada a dos kilómetros y medio.

Al llegar, le preocupó que Joe no estuviese allí. Lo había dejado por la mañana, como de costumbre, y los profesores confirmaron que había estado en la escuela hasta que sonó el timbre final, pero ahora no se encontraba en las inmediaciones del edificio rojo.

D’Agosta se detuvo frente a la puerta de la escuela y miró a su alrededor.

Lo último que quería era causar un alboroto y llamar la atención.

Al escudriñar el paisaje invernal, no vio nada.

No se había encontrado con Joe por el camino.

¿Se habría ido con unos amigos nuevos, tal vez a montar en trineo, o se trataba de una pequeña rebelión en busca de independencia?

Joe ya se había quejado en alguna ocasión de que D’Agosta lo acompañara a la escuela, aduciendo que lo hacía quedar mal delante de los otros niños.

¿O había ocurrido algo peor?

D’Agosta decidió volver a casa para ver si Joe había aparecido, apretando más el paso por el camino helado que en el trayecto de ida. Pero, cuando entró por la puerta de servicio, no había ni rastro de Joe. La cocina estaba llena de humo y olía a pan quemado, y tuvo una gélida premonición.

—¡Señora Cookson! —gritó mientras recorría las dependencias traseras de la mansión—. ¡Joe! ¡Joe!

Solo le respondió su propio eco.

Fue corriendo a la habitación de Joe, que estaba tal y como la había dejado cuando se fueron al colegio esa mañana.

Las dependencias de los Cookson también estaban vacías.

Presa del pánico, volvió a salir y escudriñó el horizonte.

Después echó un vistazo rápido en el granero y la cochera, pero tampoco había nada. Simplemente habían desaparecido todos.

¿Era posible que Leng los hubiera encontrado?

Su formación como policía se reafirmó; todo era posible.

A continuación, registró la mansión de arriba abajo, desde la buhardilla hasta el sótano, por si Joe estaba cazando fantasmas otra vez, pero el edificio estaba vacío.

Buscó huellas recientes en la nieve, pero no encontró nada.

Volvió a la primera planta y, jadeando, pensó qué hacer a continuación. Maldito siglo XIX y su falta de comunicaciones. No había forma de contactar con Pendergast ni con nadie más, salvo a través del lento y truncado sistema telegráfico.

Cuando dio media vuelta para dirigirse de nuevo a la salida trasera, vio algo al otro lado de los grandes ventanales del salón. Un hombre que conducía una vieja carreta tapada con lonas se aproximaba a la mansión por el camino privado.

En todo el tiempo que llevaba en la isla, D’Agosta nunca había visto a un extraño acercarse a la casa.

La propia señora Cookson se encargaba de las compras, y el señor Cookson se ocupaba de ordeñar y cuidar del escaso ganado que había en la propiedad.

Sin embargo, aquella carreta desconocida estaba cada vez más cerca, y el conductor sujetaba las riendas con tanta naturalidad como si fuera a misa un domingo por la mañana.

Llevaba un sombrero de fieltro bien cepillado y una gabardina larga de cuero negro hecha a medida.

Debió de ver a D’Agosta mirándolo por la ventana, porque levantó la mano para saludar e hizo un gesto indicando que iba a llevar al caballo a la entrada de servicio.

Sin molestarse en devolver el saludo, D’Agosta salió del salón, comprobó que las puertas principales estuvieran cerradas con llave, sacó el revólver y volvió a la parte calefactada de la mansión.

No podía ser coincidencia. ¿O sí?

Cuando llegó a la entrada de servicio, vio que el hombre ya había atado el caballo a un poste y se acercaba a la puerta con un pequeño fardo de hule colgado del hombro.

Cruzaron miradas a través del cristal y el desconocido volvió a saludar con la mano.

D’Agosta quitó el pestillo, retrocedió un poco y le apuntó con su arma.

Si el hombre se dio cuenta, no pareció inmutarse, porque abrió la puerta, entró pisando fuerte para calentarse los pies y se quitó el sombrero.

—Supongo que usted es Harrison —dijo con un acento estadounidense neutro mientras volvía a ponerse el sombrero.

D’Agosta se cuidó de mostrar sorpresa.

—¿Quién es usted?

—Me llamo Humblecut.

—¿Qué quiere?

—Hablar con usted un momento.

D’Agosta mantuvo un semblante impasible, y estaba a punto de ordenarle que se diera la vuelta y se preparara para un cacheo cuando Humblecut habló de nuevo.

—Probablemente nos ahorraremos mucho tiempo si le digo que tenemos a Joe, y también a los empleados domésticos. Si coopera, será mejor para ellos… y para usted. —Cuando bajó la mano después de colocarse bien el sombrero, estaba empuñando una pistola—. Y podría empezar por entregarme su revólver.

D’Agosta se quedó mirando el arma, consternado por que aquel hombre lo hubiera cogido por sorpresa. Allí, en aquel lugar extraño, en aquella isla lejana, sus instintos de policía del siglo XXI eran de poca utilidad.

—Venga, no perdamos el tiempo. —Humblecut movió ligeramente la mano en la que sostenía el arma—. No les haré daño ni a usted ni a Joe, a menos que me obligue. No estoy aquí para eso.

—Por lo visto, se olvida de que le estoy apuntando con un arma —respondió D’Agosta.

—Si me mata, será lo mismo que matar a Joe. Y, además, yo también le dispararé. —Apuntando aún con la pistola, el hombre metió la mano en el bolsillo y sacó la baraja de cartas de Joe y se la tiró a los pies—. Si le importa algo ese niño, baje el revólver, señor Harrison.

D’Agosta dudó un instante, pero dejó el revólver en un banco cercano.

—Sabia decisión. Ahora sea tan amable de poner las manos contra la pared mientras compruebo si lleva otras armas. Espero que no le moleste mi desconfianza, pero me temo que es una necesidad en este negocio.

El hombre cacheó a D’Agosta con rapidez y destreza, y luego se guardó el revólver en el bolsillo.

—Ahora —dijo, haciendo otro gesto con la pistola— ¿podemos tener esa pequeña charla?

Manteniendo una distancia prudencial detrás de él, Humblecut le ordenó que cruzara el lavadero y la cocina y fuese al salón trasero.

Tras indicar a D’Agosta que se sentara en la esquina más alejada, cerró la puerta corredera que daba al pasillo del comedor y se sentó cerca de la entrada de la cocina.

La confianza con la que hizo todo esto denotaba que ya conocía el interior de la casa.

El hombre se quitó el sombrero y lo dejó en el suelo junto con el paquete. Luego se desabrochó los botones superiores del abrigo y sacó un lápiz y una libreta de cuero.

—¿Empezamos? —preguntó.

D’Agosta respiró hondo. Estaba claro que era un enviado de Leng. ¿Qué quería de él? A lo mejor podría sonsacárselo.

—Tengo una idea mejor —respondió—. ¿Por qué no se va a la mierda?

A esto le siguió un silencio de desaprobación.

—Entiendo que se sienta molesto por sus propios fracasos —dijo Humblecut—. Sin embargo, aún podemos comportarnos como caballeros.

—Siempre puedo darle unas amables indicaciones para que le resulte más fácil irse a la mierda.

Otro silencio.

—Muy bien —repuso Humblecut—. Si usted no actúa con educación, tampoco merece que lo traten así. Responderá a mis preguntas de una forma u otra. —Hizo una pausa y miró a D’Agosta de arriba abajo, como si estuviera pensando—. A lo mejor, un poco de público ayuda.

Entonces se acercó al fardo envuelto en tela encerada, lo desató y, con un movimiento que a D’Agosta le pareció espantoso por su similitud con el de un jugador de petanca apuntando al boliche en el parque de Flushing Meadows, hizo rodar la cabeza cercenada de la señora Cookson hasta el centro de la habitación.

D’Agosta observó cómo daba vueltas, con los ojos fijos y brillantes al reflejar la luz del sol en cada rotación, y dejaba un fino rastro de líquido hasta que, con un último rebote, se detuvo unos metros delante de él.