Capítulo 46
Decla estaba oculta a la sombra de las casas de piedra rojiza que bordeaban la calle Veinte, justo al este de Park, sin perder de vista el edificio de aspecto sencillo que se alzaba a mitad de la manzana con las ventanas cerradas para guarecerse del frío.
Parecía la residencia perfecta para un clérigo, una vivienda austera y fea en un barrio elegante situado a varios kilómetros del hedor de la Misión.
Biscuit aseguraba que era la casa del reverendo, y él era el mejor investigador que tenía.
Por alguna razón incomprensible, el reverendo Considine le había dado esquinazo dos veces.
No, eso no podía ser cierto; Biscuit debía de estar distraído.
En el tercer intento, siguió a Considine hasta aquella residencia y se quedó el tiempo suficiente para ver al clérigo quitarse la ropa de abrigo y ponerse cómodo en una habitación llena de libros antes de que las contraventanas se cerraran de nuevo.
Decla había llegado temprano y, como aún le quedaban unos minutos de espera, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un librito delgado cuya portada había garabateado deliberadamente para que fuese legible.
Luego lo inclinó hacia la luz de la farola de gas más cercana, pasó las páginas y empezó a leer:
Cuando el mundo arde,
fuego por dentro, pero girando,
mientras las feroces llamas se elevan
sobre el paisaje, aplastándolo…
Se echó a reír, sacó un trozo de lápiz, lamió la mina y escupió en la acera. Entonces tachó varias palabras y añadió otras para modificar los primeros versos del poema y, al hacerlo, mejorar considerablemente la mala poesía.
Al ver movimiento a lo lejos, reconoció la delgada figura de Longshank acercándose en la penumbra del atardecer y guardó el libro y el trozo de lápiz en el bolsillo.
Decla había pasado diez de sus primeros dieciséis años sola en el bajo Manhattan, mendigando comida, siguiendo a las pandillas en busca de protección y aprendiendo por necesidad las crueles artes callejeras de la supervivencia.
La había ayudado su intrepidez, que la visión de la sangre estimulaba en lugar de repeler.
Pero, entonces, un misionero —al menos así se hacía llamar— se topó con ella mientras predicaba la salvación en una esquina y le ofreció protección.
Naturalmente, ella se mostró recelosa, pero era un hombre paciente, amable y, sobre todo, erudito, y acabó bajando la guardia.
No solo aprendió a leer, sino también a apreciar a poetas fallecidos hacía mucho tiempo, como Andrew Marvell, Robert Herrick y John Keats.
Con el tiempo, las lecciones de aquel hombre empezaron a tener un coste para su intimidad, primero insinuado y luego consumado.
Decla sentía tal apego por la persona a la que veía como su mentor que al principio no se resistió.
Pero, a medida que sus atenciones se volvieron más frecuentes, su repulsión y su naturaleza violenta se rebelaron contra aquella traición.
Dejando atrás los restos ensangrentados del hombre y su vida, volvió a las calles de Five Points, movida por una crueldad fatalista que le permitió ascender con rapidez en las filas de la banda que había elegido, lo que con el tiempo llamó la atención de Enoch Leng.
Se habían convertido en una especie de socios y se enriquecían mutuamente de muchas maneras.
Aunque no confiaba en él, respetaba su inteligencia y el hecho de que su crueldad no se viera empañada por la hipocresía.
Él también mostraba una agradable falta de interés en su vida privada.
Y, sabiendo que era un hombre con muchos secretos, ella le devolvió el favor.
Al ver a Biscuit doblar la esquina de Park, salió de entre las sombras y echó a andar por la oscura calle hacia la casa adosada.
Los tres se reunieron en un pequeño camino de carruajes que discurría junto a la residencia.
Después llegó Tom Handy y, por último, Woodstock, que compensaba con creces su pie zambo con una asombrosa habilidad para lanzar cuchillos.
—¿Estás seguro de que es el reverendo? —le susurró a Biscuit, ladeando la cabeza hacia la casa.
Él asintió con su habitual apatía.
—Pues manos a la obra. Y estad atentos. Recordad lo que le pasó a Scrape.
Con cuatro lugartenientes a su disposición, decidió dejarles hacer el trabajo mientras ella se encargaba de vigilar. Cuatro contra uno, ese predicador listillo no tendría ninguna oportunidad. Además, sería un buen entrenamiento.
Tom Handy, el ladrón, desapareció por la parte delantera del edificio y volvió cinco minutos después.
—Es imposible.
—¿Qué quieres decir con que es imposible?
—Que no se puede hacer. No se parece a ninguna cerradura que haya intentado abrir.
Decla maldijo entre dientes.
—¿Y las ventanas?
—Son enrejadas.
—Menudos vigilantes nocturnos estáis hechos.
—Esa no —dijo Woodstock, señalando una ventana en la parte inferior de la fachada.
Decla se acercó con sigilo y, en efecto, no había rejas, tan solo unas contraventanas de madera bien cerradas.
—¿Crees que podrás con esto? —le preguntó a Tom a la vez que señalaba con sarcasmo el marco de la ventana.
Sonriendo, el joven sacó un trapo, un martillo de zapatero, un pequeño tarro de manteca y unas herramientas de aspecto extraño que él mismo había fabricado.
Lo colocó todo sobre el alféizar. En cinco minutos había roto el cristal, desbloqueado la cerradura, desenganchado y apartado las contraventanas, engrasado el marco y levantado la parte superior de la ventana hasta la mitad.
Decla esperó un minuto y luego miró dentro de la habitación.
Estaba a oscuras, pero desde fuera podía oír la risa de una mujer y un murmullo de voces.
Entraba suficiente luz como para iluminar la sotana negra de Considine y su característico sombrero de ala ancha, colgados de unos ganchos junto a la chimenea.
Luego se apartó de la ventana.
—¿Está bien así o llamo a la puerta y le pido a su excelencia que os invite a tomar el té?
Todos asintieron en la oscuridad. Los había animado, les había dado algo que demostrar.
—Muy bien, entonces. Parece que hay una chica con él. —Qué sorpresa, un clérigo hipócrita—. Hacedlo como es debido: rápido, limpio y silencioso. Yo vigilaré la calle y daré un silbido si veo algo.
Observó cómo los cuatro se deslizaban sigilosamente por la ventana y entraban en la casa. Luego volvió al cruce con la calle Veinte, sacó el cuchillo y esperó.
Woodstock fue el último en entrar, pero estaba acostumbrado; los demás no le prestaban especial atención, pero tampoco se atrevían a hacer bromas sobre su cojera.
Por costumbre y acuerdo tácito, los cuatro esperaron en la oscuridad para asegurarse de que su entrada no había despertado curiosidad y para que sus ojos y sus miembros se prepararan.
Sabían lo que Decla esperaba de ellos. Aunque no lo admitieran, todos le tenían miedo, con la posible salvedad de Longshank, y solo porque era demasiado estúpido.
Seguían oyendo voces. La puerta de la habitación oscura estaba entreabierta y más allá se extendía un pasillo sin ornamentación. Las voces provenían del fondo a la derecha y Woodstock supuso que era un dormitorio.
Biscuit, el líder en ausencia de Decla, miró a sus compañeros para asegurarse de que estaban listos.
Todos llevaban las armas desenvainadas, y Woodstock tenía preparados dos de sus cuchillos arrojadizos más pesados y otro de reserva.
En silencio, cruzaron la habitación, franquearon la puerta y salieron despacio al pasillo en fila india.
Woodstock no sabía qué esperar, pero el pasillo parecía tan desolado como una prisión.
Había un olor extraño en el aire; de humo, pero con un aroma dulce.
Allí fuera, las voces se oían con mucha más nitidez. Provenían de una habitación situada al fondo, de la cual también salía una luz que, según le pareció a Woodstock, debía de ser el resultado de muchas velas. Escuchó la conversación que estaba teniendo lugar al otro lado de la puerta.
—Vaya, reverendo, no creo que deba hacerlo. —Una risita mitad incómoda, mitad coqueta—. Teniendo en cuenta lo que hemos dicho, lo que hemos hecho…
—Y lo que aún nos queda por hacer, Anna. Recuerda llamarme Percy, por favor.
—Me parece pecaminoso hacerlo. Pero es que a mí todo me parece pecaminoso… Nos conocimos hace solo tres días y…
—Y eso me convierte en el hombre más afortunado del mundo. Imagínate si yo no hubiera estado en la estación de tren y tú no hubieras vuelto a la fábrica de lino de tu padre en Greenwich; quizá no nos habríamos conocido nunca.
—Y yo seguiría siendo una buena chica.
—No, Anna, no… Habrías sido, perdona que te lo diga, una chica ignorante, ajena a todas las sensaciones que Dios, en su bondad, nos concede si nos abrimos a ellas.
Los cuatro se habían acercado sigilosamente a la puerta mientras hablaban y ahora formaban un semicírculo a su alrededor: Biscuit, Longshank, Tom y Woodstock.
A través de la ranura, Woodstock solo podía vislumbrar parte de lo que parecía un dormitorio austero y sobrio, pero con un enorme candelabro de latón cuyas velas proyectaban una luz suave y parpadeante.
—¿Es de uno de sus sermones? —preguntó ella con otra risita nerviosa.
—No, aunque no hay razón para que no lo sea. Dios obra de maneras misteriosas, como lo está haciendo aquí con nosotros dos y con tu arte.
Biscuit los miró uno a uno para cerciorarse de que estaban preparados. Luego levantó tres dedos y bajó uno, contando en silencio.
—¿A qué se refiere? —preguntó la voz femenina.
—Te estoy enseñando a expresarte en un nuevo medio: pinturas al óleo en lugar de hilo.
En cuanto a mí, tengo un excelente ejemplo en John Donne.
Fue deán de la catedral de San Pablo de Londres y un clérigo excelente.
Pero también escribió varias elegías que harían sonrojar a los santos en la galería de los susurros de esa catedral, a pesar de que tienen la piel de mármol.
Una en particular, «Yendo a la cama», es especialmente apropiada: «Para enseñarte, primero me desnudo; entonces / ¿por qué necesitas más cobertura que la de un hombre… ?».
La cita se vio interrumpida por el crujir de la madera cuando Biscuit abrió la puerta de una patada y los cuatro irrumpieron en la habitación.
Sin embargo, la imagen que se les presentó hizo que incluso el imperturbable Biscuit se detuviera.
Una mujer de unos veinte años estaba sentada frente a un caballete de pintor, sosteniendo un pincel en una mano y una paleta en la otra.
Estaba del todo desnuda, con el cabello suelto y una camisa recogida de mala manera a los pies.
Un hombre un poco mayor —tal vez el modelo y sin duda el reverendo Considine— estaba recostado en un sofá cercano, también desnudo.
Aunque era delgado, su cuerpo parecía sorprendentemente fuerte, con una musculatura cincelada que la luz de las velas ayudaba a resaltar.
Woodstock asimiló todo esto en la fracción de segundo en la que todo permaneció inmóvil.
Porque entonces, de pronto, todo se llenó de sonido y movimiento.
La mujer gritó y dejó caer la paleta; el hombre saltó del sofá con una velocidad asombrosa, arrojó a Biscuit la colcha de seda sobre la que estaba tumbado, le clavó dos veces un cuchillo que apareció de la nada y volvió a apartar la colcha.
Biscuit se desplomó, con sangre brotándole del cuello.
Arrojando el caballete al paso de los intrusos que se abalanzaban sobre él, el hombre desnudo pareció desvanecerse entre las paredes.
Los tres restantes se detuvieron, paralizados por la conmoción y mirando frenéticamente a su alrededor, mientras Biscuit se retorcía en el suelo.
La mujer desnuda huyó por un pasillo lejano.
Y, de repente, Considine salió de lo que parecía una entrada oculta, ahora vestido con una túnica de seda ondulante.
Instintivamente, Woodstock se giró y lanzó un cuchillo, pero el hombre lo esquivó, lo arrancó de la pared y, con un extraño movimiento giratorio que casi parecía de ballet, degolló a Tom con un corte de oreja a oreja.
Woodstock retrocedió y levantó el otro cuchillo con intención de arrojarlo, pero Considine se acercó de un salto, lo agarró de la muñeca con una mano y con la otra se la retorció hasta romperle un hueso.
—¿Te importa que lo coja prestado? —susurró mientras le arrebataba el cuchillo, le daba la vuelta y se lo clavaba en el ojo con un sonido que parecía el estallido de una uva al romperse.
Woodstock retrocedió con un grito espantoso y cayó al suelo justo a tiempo para oír los gemidos de Longshank.
En medio de un dolor agonizante, Woodstock adoptó una posición fetal, agarrando con ambas manos el mango que le sobresalía del ojo, y se unió al griterío con la esperanza de que todo aquello fuera una pesadilla de la que pronto despertaría.