Capítulo 45
Pendergast esperó mientras el hombre del forúnculo lo cacheaba a conciencia.
—Tiene un cuchillo —dijo.
—Sigue registrándolo. El señor De Jong dice que es muy escurridizo.
Le encontraron un segundo cuchillo en la bota. El cacheo posterior no reveló nada más, aparte de lo que llevaba en la bolsa de lona, que también le quitaron.
—Mantenga las manos sobre la cabeza, donde yo pueda verlas —dijo el del forúnculo.
Pendergast obedeció.
—Ahora muévase —dijo, dándole un empujón.
El hombre del forúnculo caminaba detrás de él y su compañero se quedó a seis metros, cubriéndolo con su revólver.
Al salir al campo que rodeaba la granja, Pendergast pudo ver al segundo individuo que lo había capturado.
Era un hombre pequeño y fornido, con el cuello enorme y la cabeza en forma de bala, las piernas arqueadas y un bigote gigantesco.
Otros peones también armados habían salido de la casa, incluyendo a uno que claramente estaba al mando.
—Señor William —dijo el hombre del forúnculo—, lo hemos pillado acercándose a escondidas a la casa, tal y como usted dijo.
—Buen trabajo, Berty. Llevadlo a la bodega. Le diré al señor De Jong que hemos encontrado a su hombre.
El señor William se llevó los dedos a los labios y silbó dos veces.
Al cabo de un momento, Pendergast vio a más gente armada salir de sus escondites a lo largo de los límites de la propiedad.
Parecía que Leng no le había preparado una fiesta de bienvenida, sino varias.
Se preguntaba cuánto tiempo llevaban ocultos, tendiéndole una trampa y dándole una falsa sensación de confianza.
Debían de ser al menos doce o dieciocho horas. Increíble.
Cuando esas personas empezaron a acercarse, Pendergast volvió a recibir un empujón por detrás.
El sol se elevó aún más en el cielo, proyectando una luz brillante y fría sobre el paisaje helado.
Lo llevaron más allá de la casa y el granero, hasta una estructura en forma de cuña excavada en la ladera de una colina y con dos puertas metálicas en la parte delantera.
El hombre llamado Berty se ocupó del candado y otro abrió las puertas con un fuerte crujido.
Unos escalones de piedra descendían a una bodega con un largo pasillo y un techo abovedado donde flotaba un olor intenso a queso y moho.
Mientras caminaban, Pendergast pudo ver hileras e hileras de quesos curándose en estantes de madera y losas de mármol.
Al fondo, un arco bajo conducía a otros escalones y a una segunda puerta cerrada con llave.
Esta daba paso a un pequeño laboratorio, que parecía estar destinado principalmente al procesamiento y análisis de los cultivos necesarios para la elaboración del queso, junto con otros instrumentos más inusuales. Al fondo había otra puerta.
—Ya abro yo —dijo Berty—. Tú quédate atrás y cúbreme por si hay problemas.
Berty se dirigió a su compañero de trabajo de forma seca y hostil.
Eso, junto con su evidente falta de emoción, llevó a Pendergast a pensar que probablemente padecía un trastorno de personalidad antisocial.
Por supuesto, era lógico que Leng empleara a sociópatas para cuidar su granja: no solo serían del todo fiables si los manejaba de forma adecuada, sino que no mostrarían moralidad alguna ni sentimientos de compasión por las víctimas de Leng.
Ahora que la puerta estaba abierta, a la luz de un farol de queroseno, Pendergast vio una pequeña sala de piedra en la que había dos prisioneras.
Una era una niña de unos doce años, que se levantó sorprendida de un sillón cuando se abrió la puerta.
Era Binky, a quien reconoció de inmediato, ya que la había visto más de una vez durante su vigilancia inicial a la mansión de Constance en la Quinta Avenida.
La otra, una chica de dieciocho o diecinueve años, estaba sentada en una cama.
Pendergast no la había visto nunca, pero, por su parecido con Constance, supo al instante de quién se trataba.
Mary estaba viva. Después de todo, Leng no la había asesinado. Era algo sobre lo que Pendergast había especulado, pero de lo que nunca había estado seguro hasta ahora.
—Entre ahí —dijo Berty, dándole un empujón con el rifle.
Pendergast entró mientras Mary se levantaba con aprensión. Luego la puerta se cerró y al otro lado se oyó el sonido de un candado.
Las dos chicas se miraron.
—¿Quién eres? —preguntó Mary.
—Me llamo Pendergast. Soy amigo íntimo de… la persona que Binky conoce como su tía. La duquesa.
—¿Dónde está la tía? —preguntó Binky, que, al igual que Mary, mostraba cierto recelo hacia el desconocido.
—Me envía ella. Mi misión era encontrar a Binky y salvarla.
—Pues no la has salvado —dijo Mary con naturalidad—. Has acabado con nosotras en esta celda.
Pendergast se volvió hacia Mary y casi pudo ver el rostro de Constance mirándolo fijamente. Pero, mientras que los ojos de Constance siempre parecían irradiar rebeldía, los de color avellana de Mary parecían tristes y resignados.