El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 44
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Capítulo 44

Hacía casi dos horas que había salido el sol y Pendergast observaba con unos prismáticos desde la cima de una colina.

Después de pasar la noche en un prado situado a cierta distancia, donde se había asegurado de que Napoleón comiera y bebiera, dejó el caballo atado en una arboleda.

Luego subió la colina, arrastrándose los últimos metros.

La niebla se había levantado en los páramos y valles de las granjas circundantes.

El rastro de paja anudada, que en todo momento fue escaso, parecía haberse desvanecido.

Fuera cual fuese su origen, parecía probable que el carro de Leng se hubiera desviado del camino y se hubiese dirigido a una de las tres granjas que Pendergast podía divisar en el valle, todas ellas aisladas.

Las granjas y las dependencias se hallaban enterradas en hondonadas o rodeadas de árboles, y los sembrados circundantes se extendían ampliamente por las propiedades, separados por setos y cortavientos.

Era una zona lechera, y vio pequeños rebaños de vacas dirigiéndose a las áreas de pastoreo, en las cuales, a pesar de la estación, no había nieve ni demasiado sustento.

Se quedó quieto en su escondite y observó hasta que en la granja más lejana localizó lo que estaba buscando, un rebaño de ovejas que subía por una colina, guiado por un pastor con su perro.

Estaba seguro de que la leche de oveja se utilizaba para hacer queso.

Si la granja más lejana se especializaba no en la producción lechera en sí, sino en la elaboración de queso, contaría con las bodegas o las cuevas naturales que se utilizaban para la maduración de los quesos y que podían ser útiles para otros fines más nefastos.

Bajó sigilosamente la colina y regresó junto a Napoleón.

Después de acariciarlo y dedicarle unos elogios, le susurró un suave adiós al oído y le quitó la brida y la silla.

Colgó la brida de la rama de un árbol, apoyó la silla sobre una roca y lo soltó.

Sabía que un animal tan hermoso no tardaría en encontrar un buen hogar y que el afortunado viajero que se topara con la silla y la brida abandonadas estaría muy agradecido.

Entonces volvió al camino, donde apenas podía distinguir los frontones de la casa principal de la granja asomando por encima del valle que la resguardaba.

Un arroyo corría junto a la vieja y laberíntica estructura, envuelta en sombras, y Pendergast decidió que se acercaría siguiendo esas orillas boscosas.

Echó una última mirada a Napoleón, que lo observaba con las orejas erguidas junto al camino. Murmuró de nuevo un adiós, y entonces el caballo se dio la vuelta y se alejó al trote, sacudiendo la cabeza con renovada libertad y exhalando nubes de condensación mientras el sol salía por el horizonte.

Pendergast cruzó la carretera, saltó una valla de madera y atravesó un campo, moviéndose con rapidez por las zonas de terreno bajo.

Durante su larga observación desde lo alto de la colina había memorizado el lugar; no había detectado ningún movimiento, salvo en las inmediaciones del establo, y le resultó fácil llegar hasta el pequeño arroyo que burbujeaba a lo largo de un sendero de guijarros bordeado de hielo y árboles desnudos.

Avanzó río abajo, siguiendo el curso serpenteante del riachuelo y manteniéndose a cubierto.

Calculó que había algo más de un kilómetro hasta la granja, una distancia que podía recorrer en menos de quince minutos.

Llevar un control riguroso del tiempo y la distancia le permitió seguir su avance con tanta claridad como si estuviera viendo su ubicación en un GPS moderno.

A medida que el sol se elevaba por encima de las copas desnudas de los árboles, el arroyo se iluminó y él empezó a moverse con más cautela, manteniéndose en las zonas de vegetación más densa.

Solo le faltaba un meandro del arroyo para llegar a la granja y, arrastrándose entre los arbustos, pudo verla con claridad al otro lado de una amplia extensión de hierba enmarañada.

La casa mostraba signos notorios de vida: humo saliendo de las chimeneas, un hombre de aspecto extraño cargando leña y otro abriendo la puerta del granero adyacente.

El pastor estaba fuera con sus ovejas, de modo que, cuando hubo comprobado el resto, pudo planear su acercamiento final.

Pendergast oyó un ruido sigiloso detrás de él, entre los arbustos cercanos, y otro a su izquierda.

No se volvió, ni siquiera se movió; tan solo se tensó ligeramente.

Los ruidos se aproximaban por dos lados.

Aun así, no reaccionó hasta que sintió el frío acero de un cañón que le presionaba la nuca mientras un segundo individuo con los labios llenos de costras y un forúnculo en la cara aparecía a su izquierda apuntándole con un rifle.

—Señor Prendergrast —dijo una voz detrás de él, levante los brazos muy despacio.

—Me llamo Pendergast —respondió con frialdad mientras cumplía sus órdenes—. Al menos pronuncie bien mi nombre, por favor.