El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 43
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Capítulo 43

George Harrison, que a pesar de su nombre no poseía ningún talento musical, cerró la puerta de servicio de la «cabaña» de los Rockefeller, ayudó a Joe a quitarse el abrigo y luego se sacó el suyo.

Los colgó en unos ganchos mientras el niño iba a la cocina.

Todos los días, la señora Cookson tenía preparadas unas gachas con pasas para Joe cuando volvía del colegio.

Sin embargo, esa mañana se enteraron de que uno de los profesores estaba enfermo y las clases no se reanudarían hasta el día siguiente, que era sábado.

Según la señora Cookson, eso significaba que Joe tomaría sus gachas temprano, en cuanto hubiera terminado de estudiar.

Joe se estaba adaptando bien a la escuela, que contaba con dos aulas.

El primer día, su acento llamó la atención de un matón mayor que él, aunque, cuando Joe utilizó los puños para tumbar al chico, los demás alumnos empezaron a respetarlo.

Al principio, el profesor había diseñado un programa de recuperación para el niño, pero descubrió que sus aptitudes para la lectura y la escritura eran inesperadamente buenas y le encontró un hueco en el aula de los alumnos más adelantados.

D’Agosta supuso que era una de las ventajas de una escuela tan pequeña, donde las etiquetas como quinto o sexto curso tenían poca relevancia.

Le gustaba que Joe, aun siendo muy reservado, hubiera empezado a progresar en sus estudios y se llevara bien con sus compañeros de clase.

Lo único que le parecía un tanto inusual era la semana escolar de seis días; como los padres necesitaban ayuda extra para trabajar durante la temporada, había dieciséis semanas de vacaciones durante el verano en lugar de las doce habituales.

Dejó el periódico a un lado y suspiró. Debía reconocer que la vida en la isla era aburrida.

Cumplía con su deber sin incidentes y hacía las rondas diarias por las estancias comunes de la gélida mansión.

La señora Cookson era amable y estaba dispuesta a atender sus necesidades, pero su conversación y su visión del mundo eran limitadas.

Echaba mucho de menos a su esposa Laura y lo destrozaba que se hubieran separado estando enfadados.

Debía de estar asustada por su repentina desaparición.

El señor Cookson acabó siendo una sorpresa.

Al principio era taciturno y poco dado a charlar, pero eso cambió cuando D’Agosta le ofreció ayuda para pintar las diez pequeñas habitaciones del ala de los sirvientes.

El hombre hizo ademán de rechazar la oferta, pero estaba claro que no le gustaba subirse a las escaleras y salpicar pintura en los techos.

Mientras trabajaban juntos, a D’Agosta empezó a caerle bien aquel hombre arrugado y bigotudo que solo hablaba cuando tenía algo interesante que decir, a menudo con un ingenio tan seco que tardaba un poco en darse cuenta de que era precisamente eso, ingenio.

La isla parecía bastante segura. No había muchos forasteros y llamaban la atención de inmediato.

De vez en cuando llegaban artistas y escritores a pasar una o dos semanas en temporada baja y paseaban por las costas y los acantilados.

D’Agosta concluyó que, cuanto menos tiempo estuviese fuera de la mansión, mejor: lo habían aceptado como miembro del «grupo» del señor Rockefeller y le parecía bien.

Sus salidas consistían sobre todo en llevar y traer a Joe del colegio, y aprovechaba la oportunidad para prestar atención a cualquier cosa que estuviese fuera de lugar.

Nada lo hacía sospechar y, gracias a Dios, Joe sabía mantener la boca cerrada.

El niño entró entonces en el salón trasero, donde se encontraba D’Agosta.

Con una mano sujetaba la correa de cuero que unía sus libros de texto y con la otra su más preciada posesión, una pluma metálica.

Esa pluma, aunque se usaba igual que las demás en la escuela e incluso parecía bastante común, en realidad era muy especial.

Desde su llegada a la isla habían recibido dos paquetes de Pendergast, ambos enviados por el señor Rockefeller a la señora Cookson, pero con paquetes más pequeños en su interior a nombre de George Harrison.

El primero contenía artículos de primera necesidad, incluyendo dinero e instrucciones; estas últimas las quemó D’Agosta después de leerlas.

El segundo contenía un regalo para Joe. Pendergast, que descubrió que al niño le interesaba la astronomía antes de que lo sacaran a toda prisa de la mansión de la Quinta Avenida, le había regalado una pluma con mango de metal.

Al leer la nota de Pendergast, D’Agosta le explicó a Joe que la pluma era extremadamente rara, ya que había sido fabricada a partir de un trozo del meteorito Bendegó, el cual había impactado en Brasil casi cien años antes.

En el paquete, Pendergast también había incluido un folleto sobre meteoros y meteoritos, además de algunas fotografías.

Resultó ser el regalo perfecto. Joe lo atesoraba por encima de todas las cosas y mantenía su origen en secreto como si su vida dependiera de ello.

D’Agosta sonrió al ver al niño desabrochar la correa que sujetaba los libros.

Sin duda, la mitad de la diversión era ser el único que sabía lo valioso que era aquel objeto de aspecto corriente.

Se oyó un golpe en la planta baja e, inmediatamente, los ojos de Joe se encontraron con los de D’Agosta.

Un minuto después se abrió la puerta del sótano y oyeron salir al señor Cookson para realizar las tareas matutinas, no sin antes hablar un momento con su esposa.

D’Agosta vio que Joe se encogía de hombros y miraba a lo lejos.

El niño se aburría con facilidad, y no era de extrañar, estando atrapado en una isla helada.

El reloj-barómetro-termómetro que había en la repisa de la chimenea le indicó que eran las nueve y media. Tenían un día entero por delante, de improviso sin colegio.

—¿Sabes qué? —dijo D’Agosta—. Creo que es hora de ir a buscar a ese viejo fantasma. Ya estudiarás luego. ¿Qué te parece?

A Joe se le iluminaron los ojos y D’Agosta se agachó con aire conspirador.

—Solo echaremos un vistazo rápido…, por ahora. Si encontramos algo sospechoso, haremos los preparativos necesarios e investigaremos más a fondo mañana. Pero será mejor que nos pongamos los abrigos de invierno, porque en las partes cerradas de la casa hace tanto frío como en Siberia.

—¡Caramba!

Joe se bajó de la silla y siguió a D’Agosta a la cocina trasera para coger los abrigos y un farol de queroseno.

Casi una hora después, un congelado D’Agosta se sentó en el último escalón de la buhardilla y se ajustó más la bufanda.

No había pensado en lo difícil que sería «echar un vistazo rápido» a una mansión.

Aunque solía recorrer las habitaciones principales de la casa como parte de su tapadera, nunca se había adentrado en sus recovecos.

Le sorprendió la gran cantidad de trasteros, despensas, armarios y dormitorios cerrados que contenía la residencia, los cuales Joe había insistido en explorar.

Ahora ambos estaban cubiertos de polvo y telarañas.

Cuando hizo la propuesta, le pareció una buena manera de cumplir su promesa de entretener a Joe y, de paso, revisar a fondo la estructura.

Y ahora calculaba que, en los últimos sesenta minutos, había subido y bajado al menos dos docenas de tramos de escaleras.

Habían acabado en la gran buhardilla, llena de polvo, bolas de naftalina y trampas para ratas, muchas de las cuales ya albergaban animales congelados que aún no habían sido eliminados.

Las chimeneas de ladrillo se alzaban como centinelas a través de la penumbra para perforar los frontones que tenían sobre las cabezas.

Hasta ahora, sus exploraciones no habían revelado ningún indicio de fantasmas ni habían oído traqueteo de cadenas, pero Joe se lo estaba pasando de maravilla. D’Agosta estaba agotado.

—Bueno, si había algún fantasma —dijo—, seguro que lo hemos espantado. Es hora de dar por terminada la mañana.

—¿Y ahí atrás? —preguntó Joe, todavía entusiasmado y señalando los rincones más oscuros de la buhardilla, donde los aleros descendían en una serie de espacios reducidos.

—Ahí no hay fantasmas —respondió D’Agosta.

—¿Cómo lo sabes?

—Hace demasiado frío.

—Los fantasmas no sienten frío —dijo Joe con autoridad.

D’Agosta se encogió de hombros.

—Yo sí tengo frío.

Joe aceptó la explicación.

—¿Y la cochera?

—Mañana echaremos un vistazo allí —dijo D’Agosta—. Vamos. Ten cuidado con esas escaleras, son muy empinadas.

Y, tras levantarse, fue al tercer piso seguido de Joe, que primero cerró la puerta de la buhardilla y luego la que había al final de las escaleras.

Durante unos minutos, el silencio volvió a la buhardilla.

Entonces, con un breve y casi imperceptible rasguño, una caja de embalaje se movió en la oscuridad bajo un alero lejano, de donde emergió una silueta.

Edwin Humblecut se sentó en la parte delantera de la caja, se desempolvó la ropa y colocó el sombrero de fieltro a su lado.

Luego, acariciándose distraído el bigote, esperó.