El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 42
58%

Capítulo 42

Constance estaba segura de que los siguientes quince minutos serían los más importantes y peligrosos de su estancia en la mansión de Leng hasta el momento.

Con infinito cuidado, había aprendido los ritmos de la casa.

La característica más destacada de Leng, según había observado, era su estricto cumplimiento de la rutina de las comidas.

Cuando estaba en casa, normalmente tres o cuatro noches a la semana, cenaba con puntualidad y comía un menú limitado.

A las ocho en punto le servían le premier plat , por lo general lengua de búfalo ahumada, paté de agachadiza en gelatina o liebre guisada.

A esto le seguía, sin falta, una sopa de tortuga a las ocho y cuarto.

Luego, a las ocho y cuarenta y cinco, llegaba le plat principal , por lo general ternera o langosta, con una copa de clarete o borgoña blanco, que tenía ocupado al doctor durante media hora, hasta que le servían pasteles y café.

Como Leng era tan exigente con la puntualidad de las comidas, hasta el punto de que rayaba en la metatesiofobia, la preparación de la cena siempre era una tarea complicada.

El doctor avisaba antes de salir por la mañana si iba a cenar en casa, y los preparativos comenzaban alrededor del mediodía con la compra y la organización de los ingredientes.

El cocinero, con su segundo y dos ayudantes, empezaba a trabajar sobre las cinco.

La cocina y la despensa estaban en la planta principal, cuya pared trasera se encontraba en parte bajo tierra debido a la pendiente del terreno, mientras que el comedor privado de Leng estaba casi justo encima, en la primera planta.

Se utilizaba un montaplatos tanto para subir los distintos manjares, que luego servía el mayordomo, como para bajar los platos sucios.

Los preparativos alcanzaban su punto álgido alrededor de las ocho menos cuarto y disminuían a las ocho y media, cuando Leng abandonaba un rato el comedor y abría el apetito para el plato principal con una pipa de tabaco.

La cena llegaba a su apogeo entre las ocho y cuarenta y cinco y las diez.

Era entonces cuando Leng se retiraba a su salón privado y los últimos platos se enviaban a la sirvienta de la cocina.

Aquel concerto de cuisine inmutable, tan quirúrgico en su naturaleza exigente, era una bendición para Constance, sobre todo teniendo en cuenta los horarios por lo demás impredecibles de Leng.

Desde sus aposentos ocultos en el subsótano, dos pisos por debajo de la cocina y tres por debajo del comedor, coreografió su plan de acción.

Lo había cronometrado y ensayado, y había realizado una prueba para asegurarse de que funcionaría.

Ahora era el momento del acto principal.

A las 20.05, enfundada en un traje ajustado de color negro, subió desde sus aposentos hasta el sótano y, desde allí, a la planta principal.

Luego se situó detrás de un panel en el pasillo que unía la cocina y el lavadero.

Había ideado una forma de mantener las manos y los brazos libres utilizando una correa cruzada, colgada al cuello como una bufanda de cuero y con una bolsa a cada lado.

Una contenía el veneno que había logrado extraer y concentrar con sumo cuidado, además de un pequeño vaso de precipitados con ácido fluorhídrico que tenía la intención de lanzar a un posible atacante en caso de que la descubrieran.

La otra bolsa contenía un revólver Enfield Mk I con cañón basculante y un juego completo de cartuchos del calibre 476.

No era para fines defensivos, sino para usarlo contra sí misma como último recurso.

Escondida detrás del panel, sacó el reloj de bolsillo; eran las ocho y media en punto.

Y, con la misma precisión, el montaplatos descendió emitiendo un zumbido.

La criada abrió la puerta, retiró los platos sucios y se alejó trotando por el pasillo.

Al cabo de un momento, el segundo chef regresó con los platos de la cena y los envió al piso de arriba.

Constance sabía que el mayordomo estaba listo para servir el plato principal y luego retirarse con discreción.

Esa era su oportunidad. Esperó cien segundos exactos y luego avanzó por el pasillo, liberó el mecanismo que retenía el montaplatos en el piso de arriba y lo bajó manualmente. Al abrirlo vio que estaba vacío, como era de esperar; la cena ya estaba en la mesa.

Se metió en el pequeño hueco y cerró la puerta.

A continuación, abrió la trampilla del techo y utilizó el mecanismo de cuerdas y poleas para subir a pulso los cuatro metros y medio que separaban la planta principal del comedor.

El diseño del montaplatos era demasiado primitivo como para que contase con un sistema de bloqueo, así que lo cerró manualmente y se detuvo a escuchar.

El comedor estaba en silencio. Una vez más, miró el reloj de bolsillo; eran las 20. 35.

Un ligero olor a tabaco impregnaba el interior del montaplatos.

Constance abrió la puerta trasera y vio el comedor de Leng. La cena estaba servida, la vajilla y la cubertería brillaban, el mayordomo se había marchado y la comida estaba en su sitio, esperando el regreso de Leng en un minuto o dos, incluso menos.

Constance salió deprisa del montaplatos, se acercó a la silla de Leng y echó un vistazo a la comida: filet de bœuf et sa sauce bordelaise .

Eso le vendría muy bien.

Atenta al sonido de pasos en el pasillo, sacó un trozo de algodón de la bolsa y, al desenvolverlo, dejó al descubierto una pequeña ampolla con tapón de corcho.

Sin dudarlo, la abrió y vertió el líquido transparente en la salsera.

Mezcló el contenido con el dedo índice. Inconscientemente, se llevó el dedo a la lengua para probarlo, pero se detuvo con una sonrisa mordaz ante ese error casi fatal.

Después lo sumergió en un cuenco grande con agua y el recipiente de cobre ocultó cualquier tonalidad marrón que pudiera haber quedado.

Tras echar un último vistazo a su alrededor, volvió a meterse en el montaplatos, bajó a la planta principal y colocó de nuevo la trampilla del techo.

Una vez más, miró el reloj de bolsillo; eran las 20. 41.

El pasillo exterior estaba en silencio. Constance abrió el montaplatos, salió a gatas, cerró la puerta, volvió a subirlo al nivel que le correspondía y se dirigió a su puesto de observación al otro lado del pasillo.

Leng volvió al comedor y Constance pudo oír los débiles sonidos de la comida durante la siguiente media hora.

Finalmente, los platos sucios fueron cargados en el montaplatos y enviados abajo.

Observando por la mirilla, Constance vio que Leng se había terminado el filete y que el cuenco con la salsa bordelesa estaba como mínimo semivacío.

—El condenado ha cenado en abundancia —murmuró para sí misma mientras salía del rincón y franqueaba la puerta que conducía al sótano y más abajo.