El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 41
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Capítulo 41

Hacia las cuatro de la tarde, Pendergast se detuvo en la segunda bifurcación importante de la Boston Post Road y miró a su alrededor.

Era un lugar aún más solitario que el primero.

Allí, la Post Road continuaba hacia el nordeste, mientras que otra carretera se desviaba a la izquierda hacia White Plains, en dirección norte.

Estaba llena de baches y cubierta de maleza aplastada por las ruedas de los carros en el fango helado.

Después de pasar el King’s Bridge la noche anterior, la carretera se adentraba en una región montañosa de granjas y pueblos pequeños, y un kilómetro más adelante llegó a la primera bifurcación principal.

El camino de la izquierda seguía el trazado del ferrocarril, pasando junto a las grandes fincas situadas en los acantilados sobre el Hudson y serpenteando por pueblos como Dobbs Ferry, Tarrytown y Pocantico Hills.

La bifurcación de la derecha era la continuación de la Boston Post Road.

En ese momento, Pendergast se enfrentó a su primera decisión.

Detuvo el caballo y respiró el aire frío de la noche.

El cruce estaba en silencio. Se encontraba en un punto elevado y desde allí observó el campo, sorprendido de lo oscuro que era el mundo antes de la llegada de la luz eléctrica, lo estrellado que era el cielo nocturno y lo silencioso que era el paisaje.

A su izquierda podía ver la tenue iluminación de la línea ferroviaria del Hudson y unas cuantas luces que supuso que debían de ser el pueblo de Spuyten Duyvil.

A la derecha, la Post Road cruzaba Williamsbridge y Pelham y luego proseguía hacia el nordeste a lo largo del litoral del estrecho de Long Island y sus numerosos pueblos.

Lo más probable era que Leng hubiera llevado a Binky a una granja en funcionamiento, no a una mansión de nuevos ricos situada en unos terrenos cuidados, donde un carro sucio llamaría la atención y un rebaño de ovejas no sería bienvenido.

Pero se recordó a sí mismo que con Leng no podía dar nada por sentado, y pasó gran parte de la mañana y las primeras horas de la tarde examinando las rutas menos probables antes de regresar y elegir la bifurcación de la derecha.

Unos kilómetros más lo llevaron a la segunda bifurcación principal y a otra decisión.

Sentado a lomos de Napoleón y contemplando el largo y desolado camino que, envuelto en la niebla que se elevaba del suelo medio helado, se desviaba una vez más de la Post Road, notó una fuerte sensación de abandono.

Sabía por un estudio reciente de los mapas locales que aquella carretera conducía a las granjas lecheras y las pequeñas explotaciones agrícolas dispersas por la región de Van Cortlandt, colonizada en el inicio por granjeros holandeses en el siglo XVII y relativamente remota.

Cerró los ojos para tranquilizarse y valoró la situación.

Al cabo de unos segundos tuvo la certeza de que no era necesario seguir investigando posibles pistas falsas: aquella era la carretera que había tomado Leng.

Este se dirigía a un lugar que conocía bien y que llevaba mucho tiempo utilizando.

La carretera del norte conducía a una zona tranquila y aislada, lejos de los chismosos pueblos del estrecho de Long Island y las ostentosas mansiones a orillas del Hudson.

En algún lugar de la carretera estarían la próspera granja de Leng, él sin duda con otra apariencia, y su ganado, en particular ovejas.

Ovejas. Eso le pareció extraño. Sabía que el carro que se había llevado a Binky incluía ovejas.

Pero en el valle del río Hudson ya no se practicaba el comercio de lana, y el cordero, la carne de los pobres, no era un negocio rentable.

¿Por qué ovejas? Había muchas granjas lecheras en el valle de Van Cortlandt, pero estaban llenas de vacas.

Y, mientras intentaba penetrar en el Umwelt de Leng, de repente lo entendió; la granja a la que se dirigía el carro de heno no tenía nada que ver con la carne de cordero ni con la lana, sino con el queso.

Abrió los ojos, dio una bocanada de aire frío y exhaló, observando cómo su aliento tomaba forma y se convertía en oscuridad una vez más. El aire olía a hielo. Dio un golpecito a Napoleón y lo guio hacia el camino menos transitado.

Mientras cabalgaba, Pendergast se dio cuenta de que aquella podía ser la parte más difícil de su persecución: encontrar la granja correcta en el vasto paisaje nocturno. Pero también estaba seguro de que habría algún tipo de pista que lo guiaría en su camino.

Un kilómetro y medio más adelante, detuvo el caballo y desmontó.

Después encendió un pequeño farol y se agachó para examinar la superficie helada de la carretera.

Vio que el suelo se había llenado de baches durante el ciclo de congelación y descongelación del invierno; el calor relativo del día ablandaba la superficie embarrada de la carretera, que luego se volvía a congelar por la noche.

Sin embargo, la noche del domingo, el cielo estaba nublado; en la ciudad no habían bajado de cero grados, y supuso que allí también había sido así.

El carro de Leng tuvo que dejar huellas.

Por desgracia, vio que habían pasado demasiados carros y carruajes en ese tiempo, los cuales habían borrado cualquier información útil.

Pendergast volvió a montar, aflojó las riendas para dejar que Napoleón tomara la iniciativa y cerró de nuevo los ojos.

Mientras el caballo continuaba a un ritmo oscilante, Pendergast utilizó una serie de ejercicios mentales para desterrar pensamientos dispersos y dejar que su mente se convirtiera en un estanque de agua cristalina.

Poco a poco se formó en su cabeza la imagen de Binky en el carro de heno, como un reflejo en el agua.

La chica yacía con los pies encadenados, las manos atadas delante y una mordaza tapándole la boca.

También tenía los ojos vendados. Leng no quería correr ningún riesgo con una niña de la calle ingeniosa y enérgica que había aprendido el arte de la supervivencia en los peores barrios marginales de Nueva York.

En la imagen reflejada en su mente, a Pendergast le pareció que también estaba atada o sujeta de alguna otra forma al carro para evitar que se retorciera y se subiera a los laterales.

Pero, al observar la escena, se convenció de que Leng, por muy cuidadoso que fuera, había cometido un error. Binky llevaba las manos atadas delante, pero tenía los dedos libres.

Entonces Pendergast abrió los ojos y detuvo el caballo.

Cuando hubo desmontado, volvió a encender el farol y, llevando al animal por las riendas, caminó despacio por la carretera, con la cabeza gacha e iluminando el suelo.

La carretera subía y bajaba, y la noche se hacía más profunda a medida que avanzaba.

Había recorrido algo menos de medio kilómetro cuando encontró lo que buscaba, un trozo de paja húmeda que formaba un nudo tosco y poco apretado.

Volvió a montar a Napoleón y siguió adelante.

El tranquilo estanque cristalino desapareció de su mente y dejó dos imágenes.

Una era la de Binky anudando trozos de paja con sus dedos ágiles y dejándolos caer por el costado para que sirvieran como una especie de rastro de migas de pan.

Pero esa imagen se disolvió en otra muy diferente, la de Leng, empuñando las riendas, con un puñado de paja en el regazo y lanzando de vez en cuando exactamente lo mismo.