Capítulo 40
Pendergast dobló por la calle Ciento treinta y nueve y se dirigió a la Décima Avenida, situada más al este, donde Murphy lo esperaba con el carruaje y un caballo ensillado y embridado.
Pendergast subió al carruaje, corrió las cortinas y se quitó el disfraz en un abrir y cerrar de ojos.
Cambió el sombrero de copa aplastado y el abrigo raído por una gorra de tela, una bufanda, unos pantalones de cuero, unas botas altas, una bolsa de lona y un abrigo de lana de buena calidad.
—Es un buen castrado —dijo Murphy, que le ofreció las riendas en cuanto salió completamente transformado—. Se llama Napoleón.
El animal de pelaje castaño se quedó mirando a Pendergast con las orejas erguidas y este le acarició el cuello, dejó que lo oliera un momento y luego cogió las riendas. Deslizó la bota en el estribo y montó.
—Cuídese, señor —dijo Murphy.
—Lo haré, Murphy, y gracias. Parece un buen caballo.
Ambos se separaron y Pendergast puso rumbo al norte por la Décima Avenida, resuelto a cumplir su último y más importante objetivo, que era encontrar a Binky.
Había decidido reforzar su disfraz: un granjero que supuestamente volvía a casa tras pasar un día en la ciudad, pero que en realidad era un agente de Pinkerton mal caracterizado que perseguía a un fugitivo.
A las diez de la noche, con la luna esforzándose por salir entre el vapor helado, Pendergast llegó al King’s Bridge, donde la Boston Post Road cruzaba el arroyo Spuyten Duyvil, la masa de agua situada en el extremo norte de la isla de Manhattan y que la separaba del Bronx.
El King’s Bridge era el puente más antiguo que conectaba Manhattan con el continente, y al acercarse vio una luz tenue en la caseta de peaje.
Pendergast se detuvo, desmontó y ató el caballo al poste. El cobrador abrió una pequeña ventana y se asomó.
—Saludos, viajero —dijo con voz cansada.
Al acercarse, Pendergast observó la acogedora cabaña de madera, que contaba con una estufa de leña, una cafetera y una sartén con pan de maíz.
—Saludos —respondió Pendergast.
—Son diez centavos, por favor.
Pendergast sacó un dólar de plata y lo dejó en el alféizar.
—Buen hombre, permítame una pregunta: ¿a principios de esta semana estaba usted de servicio entre las dos y las tres de la madrugada?
—Sí, efectivamente —respondió el cobrador, animado por la pregunta y la moneda de plata—. ¿Y a usted qué le importa?
Pendergast adoptó un tono arrogante.
—Soy granjero y vuelvo de pasar el día en la ciudad.
Quería saber si mi hermano pasó por aquí a esa hora el lunes o quizá el domingo por la noche.
Es un tipo inusualmente alto, delgado y pálido que conduce un carro cargado de heno.
Llevaba la cara y el cuello envueltos en una bufanda oscura y el carro iba tirado por un caballo belga.
—¿Su hermano, dice?
—Sí.
Hubo una pausa y Pendergast colocó de manera ostentosa un segundo dólar Morgan encima del primero.
El cobrador lo miró de arriba abajo.
—¿De qué va todo esto?
—Me temo que no le incumbe —repuso en un tono que pretendía despertar sospechas.
—Sí que me incumbe si está buscando información. —El cobrador del peaje hizo una pausa—. Y, permítame decirle una cosa, señor: si usted es granjero, yo soy el presidente Garfield.
Al oír eso, Pendergast se detuvo un instante y luego esbozó una fría sonrisa.
—Veo que no es usted alguien a quien se pueda engañar fácilmente.
—No lo soy —dijo el hombre con un atisbo de orgullo.
Pendergast bajó la voz.
—Bueno, entonces seré sincero con usted. En confianza, por supuesto.
—Eso está mejor.
—Estoy persiguiendo a un fugitivo de la justicia.
El cobrador hizo un gesto afirmativo, ansioso por saber más.
—Digamos que soy un detective privado de una agencia que no es precisamente desconocida. No sé si me entiende.
—¿Los Pinkerton?
—¡Yo no he dicho eso! —Pendergast se inclinó hacia delante y bajó aún más la voz—. El hombre al que acabo de describir es un asesino y secuestrador. La última vez que fue visto, ese demonio estaba sacando de la ciudad a una joven atada en un carro de heno.
El hombre abrió mucho los ojos.
—¡No!
—Me temo que es cierto. Entonces ¿vio pasar al hombre que he descrito?
—Pues sí que lo vi, señor. Fue la madrugada del lunes. Y no solo eso, sino que en ese momento me pareció oír un ruido entre el heno. Parecía el maullido de un gato, pero supongo que también podía ser el llanto ahogado de un niño.
—¡Vaya! Le felicito por su capacidad de observación. ¿Cruzó alguna palabra con él? ¿Tiene pistas sobre adónde podía dirigirse?
—No dijo absolutamente nada. Se acercó a la ventanilla, pagó los diez centavos, sacudió las riendas y desapareció por el puente en un santiamén.
—¿Iba rápido, entonces?
—Sí.
—¿No sabe qué camino tomó al otro lado, donde se bifurca la carretera de peaje?
—No, señor.
—¿Lo había visto antes yendo o viniendo?
—No sabría decirle. Llevaba la cara tapada, como usted ha dicho, y también era una noche oscura.
—¿Había visto antes al caballo?
—Tampoco sabría decirle. Por aquí pasan muchos caballos belgas de carga; es una raza muy popular. Y el vehículo parecía un carro de mercado cualquiera.
—Me ha sido de gran ayuda —dijo, señalando los dos dólares—. Se los ha ganado.
—No soy de los que aceptan dinero por hacer el bien. Espero que atrape a ese hombre, señor. Me dio la impresión de que había algo malvado en él.
Pendergast cogió las monedas y las sustituyó por una de diez centavos.
—Es usted un hombre honesto y, además, un buen ciudadano. —Desató las riendas del poste—. Ahora bien, si alguien preguntara por mí o por este encuentro, ¿qué respondería?
—Que no tengo ni idea de qué me habla y que nunca vi al caballero en cuestión.
—Excelente. Gracias, peajero.
Pendergast apartó a Napoleón del poste y, con un movimiento ágil, se subió a la silla, presionó los flancos del caballo con los talones y, en un instante, estaban galopando por el puente y adentrándose en la oscuridad de la noche.