El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 39
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Capítulo 39

Aquel era el epicentro de las colecciones de Leng, los venenos y las toxinas.

Apenas había empezado a abastecer el valioso y peligroso almacén.

Constance sabía que, con el paso de los años, crecería hasta abarcar prácticamente todas las sustancias letales conocidas mientras buscaba el veneno definitivo capaz de llevar a la raza humana a su extinción.

Aquello era una experiencia desagradable para Constance: ahondar en su memoria, remontarse a la época en que era una joven que vivía en esta misma mansión y ejercía como asistente de Leng en diversos experimentos químicos y toxicológicos, con el fin de familiarizarse de nuevo con su distribución.

Buscaba una toxina concreta que fascinaba a Leng y que se encontraba en la seta mortal Amanita phalloides .

Las toxinas de esa impopular especie de seta eran termoestables; podían cocinarse y seguir siendo mortales.

Además, el hongo tenía un sabor agradable parecido al caldo de carne, lo cual permitía añadirlo en grandes cantidades a la comida sin que esta adquiriera un sabor amargo o extraño.

Pero lo que más atraía a Leng era que los efectos mortales del hongo aparecían días después, demasiado tarde para purgar el estómago con un emético.

Para cuando el malestar evidenciaba que algo iba muy mal, ya eras hombre muerto.

Uno podía ingerir una dosis letal y no darse cuenta hasta que, al cabo de dos semanas, el hígado comenzaba a fallar inexorablemente.

Por esa razón, la seta mortífera se había utilizado como veneno durante miles de años y había contribuido a la muerte, entre otros, del emperador romano Claudio, el papa Clemente VII y el emperador austriaco Carlos VI.

Cuando el veneno se manifestaba por fin, sus efectos eran de lo más desagradables. No se desarrolló ningún antídoto hasta el siglo XXI . Antes de eso, nada podía salvar a la víctima excepto un trasplante de hígado inmediato.

En el siglo XIX no existía cura.

Recordó que, en la década de 1890, Leng había trabajado en este laboratorio durante semanas, preparando una forma deshidratada y en polvo de la seta mortal y tratando de aislar e identificar su veneno.

Había descubierto que contenía no una, sino siete toxinas distintas, cada una de ellas bioquímicamente distinta y con efectos diferentes.

La emperatriz de esas toxinas, la alfa-amanitina, era la más mortífera y tenía la ventaja de ser la que más tardaba en manifestarse.

La ingestión de tan solo diez miligramos era mortal.

Constance había ayudado a Leng a aislar la toxina y había buscado en sus recuerdos el proceso exacto.

Quería preparar una dosis absolutamente mortal, y eso significaba concentrar el veneno mediante extracción bioquímica.

Aunque pasarían décadas hasta que Leng centrara su atención en estudiar sus propiedades, Constance sabía que, en 1881, guardaba en su almacén una reserva de Amanita phalloides en polvo.

Por fin, la llama de la vela parpadeó sobre la etiqueta que estaba buscando:

A MANITA P HALLOIDES

S ETA DE LA MUERTE

D ESHIDRATADA

No podía limitarse a coger el frasco de polvo blanco.

Leng frecuentaba el laboratorio y no quería dejar nada al azar, ni siquiera la remota posibilidad de que se diera cuenta de que el nivel de polvo había bajado en un solo frasco.

Sacó una botellita, un trozo de papel, un frasco vacío y un paquete de los bolsillos del vestido, y lo colocó todo en una estantería.

Enrolló el papel para formar un embudo y vertió con cuidado dos cucharadas de polvo de amanita en el frasco.

Luego traspasó el embudo al frasco de Leng, cogió el paquete —que contenía azúcar glas—, rellenó el frasco al nivel anterior y lo tapó y agitó para mezclar el azúcar.

Mientras guardaba los objetos en los bolsillos y devolvía el frasco a su sitio, oyó un leve ruido.

Al instante, apagó la vela e impidió que echara humo pellizcando la mecha con los dedos.

Entonces oyó otro sonido, una puerta que rozaba el umbral con un chirrido de bisagras, y luego apareció un destello de luz.

Era Leng, que, aun siendo muy regular en sus hábitos alimenticios, llevaba unos horarios de lo más impredecibles.

Y solo podía ser él y nadie más. Ni su banda ni sus sirvientes, ni siquiera el odiado Munck, tenían permiso para entrar en el laboratorio y los almacenes del sótano.

Constance creía que ninguno sabía siquiera de su existencia.

Con el tiempo, ella se había convertido en la única persona a la que Leng permitía ayudarlo.

Desterró de su mente otros recuerdos.

Cuando la luz entró en la sala, Constance se escondió detrás de unas estanterías y se pegó a la húmeda pared de piedra.

La luz continuó avanzando lenta y silenciosamente por el pasillo central.

Desde la oscuridad de su escondite, podía ver el rostro patricio de Leng, pálido y demacrado a la luz del farol, y sus ojos brillantes detrás de unas gafas de color violeta.

No llevaba sombrero y en su cabello rubio, peinado hacia atrás, brillaba el aceite de Macasar.

Al verlo, la atenazó un odio tan violento que temió que Leng pudiera detectar los furiosos latidos de su corazón, pero pasó como un espectro, concentrado en algún asunto nocturno.

No tardó en salir de allí y entrar en la sala contigua, que estaba llena de armas, en su mayoría embaladas para su transporte.

Constance aprovechó la oportunidad para salir de su escondite y adentrarse en el sótano, lejos de Leng.

Aislar la alfa-amanitina del polvo sería el siguiente paso.

Eso implicaría otro viaje al laboratorio y tomar prestados ciertos reactivos, junto con una bureta, una balanza analítica, vasos de precipitados y tubos.

Tendría que hacerlo en una noche y devolver el material antes del amanecer, dejándolo una vez más en su lugar exacto.