El ángel de la venganza (Inspector Pendergast 22) Capítulo 38
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Capítulo 38

La extraña figura se tambaleaba por la calle Ciento treinta y siete Oeste: un hombre con una melena negra, la nariz hinchada y surcada de venas, una levita raída, unas polainas cubiertas de polvo y un sombrero de copa medio aplastado como toque final.

Dejaba tras de sí un olor característico a whisky.

Se acercó a la esquina de Riverside Drive, pasó junto a la oscura mansión de estilo beaux arts que dominaba la manzana, dobló la esquina y continuó hacia el norte en un tarareo desafinado.

Después de cruzar la avenida trazando una diagonal, fue dando tumbos alegremente hasta Riverside Park, construido a partir de una estación ferroviaria solo unos años antes y aún sin terminar.

Allí vio a otros dos haraganes sentados en una pila de bloques de granito no muy lejos de las vías de la línea ferroviaria del Hudson.

—¡Buenas tardes, compañeros vagabundos! —exclamó mientras sacaba una botella y la agitaba como una bandera blanca antes de dar un buen trago. Los dos hombres, que lo habían estado observando con recelo, se relajaron.

—Únete a nosotros, amigo —dijo uno.

El vagabundo se sentó y ofreció la botella a los otros dos.

—¡Overholt añejo! —gritó—. Este whisky tiene menos solera de la que me gustaría. Quizá «Overholt jovencito» sería un nombre más apropiado. ¡Ja, ja, ja! Pero no importa. ¡Está bueno, muy bueno!

Uno la cogió, bebió un trago y la pasó. El recién llegado extendió la mano, con los dedos sobresaliendo de unos guantes sucios y cortados.

—Me llamo Stovepipe.

Los dos vagabundos se presentaron como Galloon y Howitzer.

—Servíos más refrigerio —dijo Stovepipe, que rechazó cortésmente la botella que se disponían a devolverle a regañadientes. Eso animó de manera considerable a los vagabundos, que bebieron unos tragos con entusiasmo.

—Gracias, amigo —dijo uno, limpiándose la boca—. Es un buen barniz para ataúdes.

Stovepipe soltó una carcajada ronca y le dio una palmada en la espalda.

—¡Sí, señor!

La botella volvió a circular y los dos vagabundos se sirvieron aún más generosamente que antes.

—No te había visto nunca por aquí —dijo Galloon.

—Acabo de llegar —respondió Stovepipe—. Busco trabajo.

—¿Qué tipo de trabajo?

—El mínimo posible.

El comentario provocó más risas y el recién llegado añadió:

—Mozo de cuadra cuando no quede más remedio. Acabo de llegar del viejo Boston. Ahora mismo ando un poco corto de pasta, y he oído que la ciudad está creciendo y hay mucho trabajo.

Galloon escupió.

—Para nosotros no.

Stovepipe hizo un gesto con la mano.

—¿Con toda la gente rica que hay por aquí? Fíjate en esa mansión. Deben de tener al menos un carruaje y cuatro caballos.

Galloon negó con la cabeza y bebió otro trago.

—Son unos tacaños.

—¿Habéis visto qué tipo de carruaje llevan? Lo pregunto por motivos profesionales, ya me entendéis.

—Ah, es un carruaje grande y barnizado de cuatro ruedas, como dijiste. Va y viene a todas horas del día y de la noche.

—¿Algo más?

—Un carro tirado por un caballo belga.

—¿Un carruaje y un belga de tiro? Vaya. ¿Dónde guardan los caballos?

—En los establos que hay justo detrás de la casa.

—¡Eso sí que es información útil! —Stovepipe se rascó la barbilla con aire pensativo—. ¿Qué tipo de carro es?

—Un carro agrícola con un solo caballo. Lo vi hace unos días saliendo alrededor de medianoche.

—¿Hace unos días? ¿Te refieres al lunes?

El vagabundo frunció el ceño.

—No estoy seguro —respondió, encogiéndose de hombros—. Pudo ser el lunes, sí, aunque también el domingo.

—¿Adónde se dirigía?

—Al norte.

—¿Quién lo conducía?

—Iba bien abrigado con una bufanda negra y un abrigo largo, pero creo que era el dueño de la casa. Es un tipo bastante alto. —Dudó—. ¿Por qué te interesa tanto? ¿Eres ladrón o algo así?

—¡No, por Dios! Me interesa porque no podrían encontrar un carretero mejor que un servidor. ¿Por qué iba a conducir el amo una vieja carreta agrícola si tuviera un carretero decente? Y si tuviera a un hombre como yo…

—No llamaría ahí ni aunque me fuera la vida en ello.

—¿Por qué lo dices?

—Hay unos tipos raros merodeando por allí, entrando y saliendo por la noche y haciendo todo tipo de cosas. Es una casa extraña con gente rara, y te recomiendo que endurezcas los nudillos en otras puertas.

—Bueno, tú has visto el lugar y yo no, pero, caramba, ¡es la mansión más grande de toda la zona! A más caballos, más dinero. Y, con establos propios, es probable que un hombre pueda dormir bastante sin que lo molesten demasiado.

Galloon negó con la cabeza.

—¿Qué llevaba?

—Creo que heno.

—¿Fuera de la ciudad? ¿Para embalaje?

Galloon se encogió de hombros.

—Estaba oscuro e iban rápido. Yo de ti dejaría de lado esa curiosidad, porque te puedes meter en un buen lío.

—Te agradezco el consejo, Galloon, y os dejo la botella como regalo de despedida. Ahora, buenas noches. Será mejor que me adecente antes de ir a llamar a las puertas.

El vagabundo se levantó y, mirando al suelo, fue hacia el norte por Riverside Drive. En poco tiempo, su vigilancia se vio recompensada con dos elementos: restos de heno húmedo y una bolita redonda, que reconoció como un excremento de oveja.