Capítulo 37
—¿Le apetece un poco más de mermelada de ciruela damascena, señor Cassaway?
—No, gracias, señora Plaice. Si no hubieran pasado ya las fiestas, pensaría que me está engordando como a un pavo de Navidad.
—¡Qué descaro! —dijo la señora Plaice entre risas mientras recogía los utensilios del té e iba la cocina.
Humblecut la observó alejarse. La señora Plaice cocinaba de fábula, pero él era muy estricto con su dieta.
La isla Mount Desert, adonde lo habían llevado sus lentas y metódicas investigaciones, era un lugar curioso.
Era más grande que Martha’s Vineyard, situada mucho más al sur, y había sufrido una transformación reciente.
Durante años, la isla había sido un refugio para artistas urbanitas de la Hudson River School que buscaban paisajes remotos y escarpados para plasmarlos en sus lienzos.
Pero, en la última década, esos aspirantes a Thoreau se habían visto desplazados por los más ricos entre los ricos, ansiosos por construir grandes casas de veraneo lejos de la ciudad.
Varios de los Carnegie, Astor y Rockefeller llegaron a la isla en yate y en barco de vapor para pasar veranos repletos de fiestas al aire libre, regatas y cróquet.
Eso era una buena noticia para los proveedores, carpinteros, albañiles y personal doméstico, pero no tanto para las pensiones baratas que frecuentaban los artistas y naturalistas.
Así pues, la escocesa Emmaline Plaice, que precisamente regentaba un establecimiento modesto, tuvo la buena fortuna de que llegara el señor Cassaway, un hombre de mediana edad, guapo, delgado, musculoso y de modales impecables que buscaba un lugar como el suyo donde poder documentarse para su historia de la costa de Nueva Inglaterra tras la revolución.
Y, lo que era aún mejor: por lo visto, la tranquilidad de la temporada invernal le resultaba inspiradora y agradecía ser su único huésped.
De hecho, cuando eligió su mejor cuarto, con vistas a la calle principal de Northeast Harbor, y lo reservó pagando un mes por adelantado, ella retiró de la ventana el pequeño cartel de HABITACIONES EN ALQUILER.
En su breve estancia en la isla, Humblecut ya había dado largos paseos por la costa rocosa y había recorrido en carruaje los tranquilos pueblos invernales, desafiando las terribles temperaturas bajo cero, para darse a conocer entre los lugareños.
También pasaba tiempo en la biblioteca y charlaba con los autoproclamados historiadores de la isla en la cafetería, donde mostraba su buena fe y dejaba claro que estaba allí para investigar por su cuenta y que no se metía en la vida de nadie.
Esta última cualidad ocultaba el hecho de que era experto en sonsacar rumores y chismes sin que los demás se dieran cuenta.
Aquella mañana, un pescador de langostas le había contado que un hombre se había instalado en la finca Rockefeller como guardia de seguridad y que iba acompañado de su hijo pequeño.
Otro encuentro con un pintor de casas lo informó de que un niño de doce años había empezado a asistir a la escuela de Seal Harbor, lo cual era digno de mención, ya que el hijo del pintor se había burlado del niño por su peculiar acento, con resultados desafortunados.
—Creo que voy a dar un paseo, señora Plaice —le dijo a la casera cuando regresó—. Así abro el apetito para la cena.
—¿Cómo? ¿Después del té? —preguntó ella con cara de preocupación—. Estos días oscurece muy temprano.
—Solo iré hasta Foster Farm Road.
—¿De verdad? No hay nada que ver por allí, salvo esas mansiones enormes y sucias. No hay mucha historia por esos lares. Algunas están a medio construir.
—Lo que nosotros consideramos contemporáneo, las generaciones futuras lo llamarán historia.
La mujer frunció el ceño como si intentara analizar esa afirmación.
—Las generaciones futuras no van a salir por esa puerta a morirse de frío.
Él sonrió.
—¿Por casualidad ha oído hablar alguna vez de la historiografía?
—La verdad es que no. —La señora Plaice abrió la puerta del armario—. Tenga, la bufanda de mi difunto marido. Es de cachemira blanca, muy suave.
—Prefiero la otra, si no le importa.
—¿Qué? ¿La negra? Pero es una bufanda de mujer. ¡Es mía!
—En ese caso, me aseguraré de llevarla bien cerca del corazón.
—¡Es usted un descarado! —exclamó entre carcajadas y luego hizo una pausa—. ¿Cómo era esa palabra?
—Historiografía. Es el estudio de cómo cambia la historia escrita con el paso del tiempo. Supongo que podríamos llamarla historia de la historia. En cualquier caso, algún día mi libro de historia se estudiará de esa manera…, si tengo suerte.
—Historia de la historia. No lo había oído nunca. Es como…, como caminar hacia atrás en un tren en movimiento. ¿Qué sentido tiene?
—Esa es una pregunta que ni siquiera los historiadores pueden responder.
Al oír eso, la casera se echó a reír.
—¡Siempre me da algo en que pensar! Recuerde que la cena es a las seis y media. Tenemos cordero asado.
—En ese caso, volveré con un apetito voraz.
Se envolvió bien el cuello con la bufanda, se la metió dentro del abrigo, abrió la puerta y, vestido de negro de pies a cabeza, salió a la menguante luz.